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SOCIEDAD
Con lumbre pero sin legumbres
Amarilis C. Rey, Cuba Verdad
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Tener
un sitio en la casa donde preparar los alimentos,
y que sea espacioso, limpio y confortable es,
para los cubanos pobres, un sueño sin realizar.
Por este motivo, muchos se esperanzaron cuando
en el año 2000 el gobierno anunció
una inversión de 100 millones de dólares
para emprender la gasificación masiva en
Santiago de Cuba y Ciudad de La Habana. Tras la
disposición gubernamental, los hogares
de esas provincias cocinarían con gas,
una opción hasta ese momento reservada
para enfermos, o para quienes lo adquirieron antes
del triunfo revolucionario, en el siglo pasado.
Para Carmen, de 53 años, residente en
la capital, era la oportunidad perfecta para dejar
atrás el fogón de kerosén
heredado de sus padres, el cual debía precalentar
con un poco de alcohol para que funcionara.
Como éste ha sido el fogón por
excelencia en la mayoría de los hogares,
el gobierno estableció como requisito para
el cambio de kerosén a gas, la legalización
de las propiedades de las viviendas. Pero aún
así, el plan no fue cumplimentado en su
totalidad.
Noches de vigilia haciendo fila para obtener
un turno en las oficinas de la entidad; días
enteros en pos de documentos que la burocracia
retenía; dolores de cabeza y presión
arterial descompensada prolongaron las penurias
durante 18 días, sin que Carmen pudiera
obtener su título de propiedad. Junto a
ella cientos de personas que, con el mismo fin,
navegaban en un mar de abogados, certificados,
sellos y sobornos.
Por fin, la venta de los fogones de gas, junto
a los cilindros que contienen el combustible,
conocidos como calabacitas, se hizo realidad.
No habría ya que precalentar el fogón
de luz brillante. No más tizne. Pero las
dificultades que se avecinaban para comprar el
gas normado empalidecerían a las sufridas
con el kerosén.
La sabiduría de los refranes populares
no se equivoca. La alegría del gas en casa
del pobre duró poco. Unos meses después,
por obra y gracia del gobierno, y como parte de
un programa de ahorro energético, Carmen
tiene que pensar ahora en cómo pagar dos
ollas eléctricas y una hornilla que vendrán
a sustituir el gas, ahora en reserva para casos
de urgencia.
Los trabajadores sociales, contingentes de jóvenes
de varias regiones del país, son los encargados
de distribuir entre los núcleos familiares
estos artefactos eléctricos, que se pagan
a crédito o al contado. El problema ahora
consiste en cómo llenar las ollas.
La aparición de estas ollas ha sido proporcional
a la desaparición del arroz en venta libre,
y a los altos precios de los frijoles que ofertan
los mercados paralelos.
Una mañana de mediados de mes, cuando
la canasta familiar básica ya se había
agotado, y luego de una infructuosa búsqueda
de arroz y algún frijol para llevar algo
a la mesa, Carmen me comentó: "¡Esto
es el colmo de vivir en Cuba! Tener dos fogones,
dos ollas eléctricas, y nada que cocinar".
Pagar altos precios por las legumbres y cereales
(una libra de frijoles oscila entre nueve y doce
pesos y una libra de arroz, cuando se encuentra,
cuatro pesos) es la única posibilidad que
le queda a un pueblo saturado de marchas y consignas.
La electricidad para cocinar es buena. Pero las
expectativas e inseguridades son muchas. ¿Aguantarán
los cables viejos, esas "tendederas"
eléctricas que abundan por la ciudad, cuando
todos conecten los equipos? Es uno de los temores
que muchos experimentan.
Por lo pronto, los más precavidos han
puesto a buen recaudo sus fogones de kerosén,
pues afirman que agregándole una abertura
más a un pequeño tubo que llevan
dentro, el fogón puede funcionar con petróleo,
combustible que se puede conseguir con cierta
facilidad, ya que es el más usado, sobre
todo en los vehículos de motor.
Todo parece indicar que la experiencia de las
constantes batallas libradas por los cubanos cada
día, sobre todo contra los apagones, los
convierte en seres escépticos ante el proclamado
triunfo energético.
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