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POLITICA
Dictadores por categoría
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Según
plantean los politólogos, así como
se pueden clasificar las cosas, los animales,
las plantas y hasta las mismas piedras, los dictadores
se clasifican en varias categorías, sobre
todo, los que asolaron al mundo a lo largo del
siglo pasado e impidieron el normal desarrollo
del país que les tocó vivir. Los
hubo -o los hay- que pertenecen a la categoría
uno. Son los que tienen muchas más víctimas,
ya sea porque se aferraron demasiado tiempo al
poder o porque la mano con la que gobernaron era
demasiado dura.
Los intelectuales de izquierda, por muy intelectuales
que sean, dan la impresión de que no entienden
nada de dictaduras. Apoyan las totalitarias y
atacan las de derecha liberal, que para el caso,
es lo mismo.
Clasificar a los dictadores de acuerdo al número
exacto de víctimas que posee cada uno de
ellos no es tarea fácil ni siquiera para
los historiadores de la actualidad. Unos han matado
tres, cuatro individuos, siempre que se pruebe
y otros han mandado al otro mundo a miles, aunque
no se pruebe.
O sea, que los dictadores se catalogan de primera,
segunda, tercera y hasta de quinta categoría.
Hitler, Mao y Pol Pot, los tres con más
de un millón de víctimas al año
durante su estancia en el poder, caben en la primera
categoría. De eso nadie tiene duda.
Para que se tenga una idea de lo que han representado
los dictadores en nuestro planeta, solamente en
el siglo XX pueden contarse centenares de ellos.
En Europa unos treinta. En América Latina
se ha perdido la cifra. Se dice que Augusto Pinochet,
ese viejito que ya no le hace daño a nadie,
pero con el que se han ensañado de mala
manera mientras que a otros ni los miran, tiene
sobre sus espaldas cinco mil víctimas.
No importa que haya hecho florecer la economía
chilena y que por último tuviera el coraje
de convocar a un plebiscito y abandonar su cargo
al verse perdido.
Con el de mi país ocurre todo lo contrario.
El número de víctimas llega a veinte
mil, según buenos contables, la economía
cubana está peor que la de Machado en los
años treinta y de plebiscito, nada. Ni
se acuerda la máxima dirigencia de la Isla
de que un grupo de cubanos con agallas, a nombre
de un partido que no aceptaron legalizar sabe
Dios por qué, lo pidió públicamente
un 6 de noviembre de 1988.
Los dictadores saben más que las cucarachas.
Saben hasta donde el jején puso el huevo.
Saben, y esto es importante, que el odio más
encarnizado es aquél que se produce entre
hermanos. El cristianismo da fe de lo que digo.
Es por eso que la labor más importante
de un dictador es partir en dos a su pueblo: los
que están a su favor y los que llaman enemigos
de la Patria.
Pero los dictadores, no olvidemos esto, no nacen
sabiendo. Las modalidades de sus antecesores les
sirven de inspiración. Gerardo Machado,
otro de los nuestros que se aferró al poder
como el macao, tuvo mano dura con los movimientos
de oposición, precisamente los que propiciaron
su caída en 1933. Fue quien inventó
la porra, lo que hoy llamamos los cubanos actos
de repudio, sistema muy socorrido para amedrentar
a opositores y periodistas independientes.
En Cuba la oposición interna actual ha
corrido la misma suerte de aquélla de los
años treinta y cincuenta, aunque con algunas
variantes, claro está, puesto que los tiempos
cambian, y con el tiempo los dictadores perfeccionan
su trabajo. La astucia está a la orden
del día. A unos opositores se les permite
tener un fuerte activismo, precisamente para que
se piense que lo hace en contubernio con el régimen
y otros van de cabeza a un calabozo, porque jugaron
demasiado con el mono, en vez de hacerlo sólo
con la cadena.
Con la prensa independiente cubana, esa parte
fundamental de la oposición que día
tras día sirve de vocera a la fisura por
donde penetra la sociedad civil en ciernes, ocurre
igual. Unos son molestados por la policía
política y otros no, unos escriben cómodamente
sentados en sus casas y otros lo hacen desde una
celda mugrienta. Los que no son molestados -ése
es el objetivo- a ciertas mentes calenturientas,
que no ven más allá de los pájaros,
les resultan preocupantes, dudosos, sospechosos
y por qué no, aceptados por la nomenclatura
del poder, ¡quien sabe! -así pensarán-
por qué ocultas razones!
Es por eso que los dictadores, señores,
saben más que las cucarachas. Tienen que
llegar como tipos duros a su misma sepultura,
cuando desaparecen como cualquier mortal. No importa
que la Historia los condene, si de todas formas,
ya nadie les podrá quitar lo bailao.
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