PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 26, 2006
 

POLITICA
Dictadores por categoría

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Según plantean los politólogos, así como se pueden clasificar las cosas, los animales, las plantas y hasta las mismas piedras, los dictadores se clasifican en varias categorías, sobre todo, los que asolaron al mundo a lo largo del siglo pasado e impidieron el normal desarrollo del país que les tocó vivir. Los hubo -o los hay- que pertenecen a la categoría uno. Son los que tienen muchas más víctimas, ya sea porque se aferraron demasiado tiempo al poder o porque la mano con la que gobernaron era demasiado dura.

Los intelectuales de izquierda, por muy intelectuales que sean, dan la impresión de que no entienden nada de dictaduras. Apoyan las totalitarias y atacan las de derecha liberal, que para el caso, es lo mismo.

Clasificar a los dictadores de acuerdo al número exacto de víctimas que posee cada uno de ellos no es tarea fácil ni siquiera para los historiadores de la actualidad. Unos han matado tres, cuatro individuos, siempre que se pruebe y otros han mandado al otro mundo a miles, aunque no se pruebe.

O sea, que los dictadores se catalogan de primera, segunda, tercera y hasta de quinta categoría. Hitler, Mao y Pol Pot, los tres con más de un millón de víctimas al año durante su estancia en el poder, caben en la primera categoría. De eso nadie tiene duda.

Para que se tenga una idea de lo que han representado los dictadores en nuestro planeta, solamente en el siglo XX pueden contarse centenares de ellos. En Europa unos treinta. En América Latina se ha perdido la cifra. Se dice que Augusto Pinochet, ese viejito que ya no le hace daño a nadie, pero con el que se han ensañado de mala manera mientras que a otros ni los miran, tiene sobre sus espaldas cinco mil víctimas. No importa que haya hecho florecer la economía chilena y que por último tuviera el coraje de convocar a un plebiscito y abandonar su cargo al verse perdido.

Con el de mi país ocurre todo lo contrario. El número de víctimas llega a veinte mil, según buenos contables, la economía cubana está peor que la de Machado en los años treinta y de plebiscito, nada. Ni se acuerda la máxima dirigencia de la Isla de que un grupo de cubanos con agallas, a nombre de un partido que no aceptaron legalizar sabe Dios por qué, lo pidió públicamente un 6 de noviembre de 1988.

Los dictadores saben más que las cucarachas. Saben hasta donde el jején puso el huevo. Saben, y esto es importante, que el odio más encarnizado es aquél que se produce entre hermanos. El cristianismo da fe de lo que digo.

Es por eso que la labor más importante de un dictador es partir en dos a su pueblo: los que están a su favor y los que llaman enemigos de la Patria.

Pero los dictadores, no olvidemos esto, no nacen sabiendo. Las modalidades de sus antecesores les sirven de inspiración. Gerardo Machado, otro de los nuestros que se aferró al poder como el macao, tuvo mano dura con los movimientos de oposición, precisamente los que propiciaron su caída en 1933. Fue quien inventó la porra, lo que hoy llamamos los cubanos actos de repudio, sistema muy socorrido para amedrentar a opositores y periodistas independientes.

En Cuba la oposición interna actual ha corrido la misma suerte de aquélla de los años treinta y cincuenta, aunque con algunas variantes, claro está, puesto que los tiempos cambian, y con el tiempo los dictadores perfeccionan su trabajo. La astucia está a la orden del día. A unos opositores se les permite tener un fuerte activismo, precisamente para que se piense que lo hace en contubernio con el régimen y otros van de cabeza a un calabozo, porque jugaron demasiado con el mono, en vez de hacerlo sólo con la cadena.

Con la prensa independiente cubana, esa parte fundamental de la oposición que día tras día sirve de vocera a la fisura por donde penetra la sociedad civil en ciernes, ocurre igual. Unos son molestados por la policía política y otros no, unos escriben cómodamente sentados en sus casas y otros lo hacen desde una celda mugrienta. Los que no son molestados -ése es el objetivo- a ciertas mentes calenturientas, que no ven más allá de los pájaros, les resultan preocupantes, dudosos, sospechosos y por qué no, aceptados por la nomenclatura del poder, ¡quien sabe! -así pensarán- por qué ocultas razones!

Es por eso que los dictadores, señores, saben más que las cucarachas. Tienen que llegar como tipos duros a su misma sepultura, cuando desaparecen como cualquier mortal. No importa que la Historia los condene, si de todas formas, ya nadie les podrá quitar lo bailao.


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