PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 21, 2006
 

ECONOMIA INFORMAL
Modesto "El tomatero"

Ibrahim Dionisio Rodríguez, Jagua Press

CAIBARIÉN, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - A pesar de su poco peso corporal y la prótesis que reemplaza su pierna derecha, Modesto mueve, optimista, el inmenso triciclo, oxidado en algunas partes, cargado de tomates.

"El tomatero", como lo conocen sus coterráneos, atraviesa la etapa más difícil de sus cuarenta años de vida. Modesto sufrió de muy joven un accidente automovilístico que provocó la amputación de su pierna. Con el estilo propio de su pregón y la reconocida calidad de la mercancía que vende, "El tomatero" se ha hecho de una numerosa clientela que lo espera jaba en mano en los portales de sus viviendas.

¿Quién en la Villa Blanca no le ha comprado tomates a Modesto para complementar sus comidas?

Finalizando Semana Santa, Modesto me comentó que apenas pudo asistir a los oficios religiosos que se celebraron en Caibarién. "Hay que luchar, hermano. En este lóbrego país nunca se termina, porque cuando no te falta el pantalón te faltan los zapatos", comentó al tiempo que parqueaba su inmenso aparato a la puerta de mi casa.

Al tomatero le preocupa su vida futura, pues ser un merolico lo atormenta. "Soy un impedido físico y tiene que llegar el día de la mejoría económica para vivir como un pensionado decente. Soy blanco fácil para los inspectores. Tengo una prótesis y me demoro pedaleando, por lo que he sido atrapado en dos ocasiones. Me han decomisado la mercancía y la multa ha sobrepasado la cantidad de dinero que gano en treinta días. Esta gente no cree en viejos, ciegos ni inválidos".

El triciclero andante, como también lo apodan, ha contribuido a la variedad del menú en la mesa de muchos que, con un poco de arroz blanco, huevo y tomates, han resuelto. Nadie le pregunta a Modesto de dónde saca su mercancía, pero lo que sí conocen todos es su calidad y los buenos precios para los bolsillos de los más pobres.

Vendedores ambulantes como Modesto pululan por Caibarién tratando, con sus intrépidos esfuerzos, de mitigar la carencia de lo más imprescindible.

Al borde de la locura
Miguel Iturria Savón

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - El castrismo parece vivir en una tragedia permanente que desencadena batallas de fantoches. No quiere ni puede salir de la guerra. Una guerra contra un enemigo hipotético que sirve de pretexto para maniatar a su propio pueblo.

A ese pueblo no le ha quedado más remedio que actuar como un animal que acecha al tiempo. Un tiempo de escepticismo, silencio y complicidad, que lo induce a huir hacia sí mismo, hacia sus problemas y esperanzas; lo cual, en cierta forma, favorece el fanatismo cuartelario del gobernante, quien se comporta como un centro que vive de los extremos, y pretende escapar de cualquier censura. Venga de donde venga el ataque -real o ficticio-, lo toma como un reto y lanza el rebaño en su defensa.

Pero el régimen se devora a sí mismo. Nada puede hacer para detener la indiferencia en un país donde nadie es ni se siente dueño de nada, salvo el supuesto Redentor. Detrás de cada desfile se repite el baile de la duda. El choteo danza con los aplausos. Una generación sin proyectos puede ser utilizada, pero la frivolidad pone en peligro a cualquier sistema de dogmas. Hay oradores devenidos raperos de circunstancias. Los agresores de la palabra no describen la realidad de su entorno. Como los improvisadores del ritmo, la reinventan desde el absurdo y la locura. Es el caso del Gran Orate de las Décadas.

El castrismo es un fin en sí mismo. Tiene sus propios fontaneros o militantes de labores inconfesables. Posee un lenguaje que descalifica al contrario y lo obliga al silencio. Dispone de una fórmula de gobierno, su estética, su idea sobre el estilo de vida, de enseñanza. Controla y defiende sus postulados sobre los necios que renunciaron a crecer y se comportan como niños dependientes.

Pero, ¿qué queda de un régimen que maneja a su antojo los símbolos revolucionarios en el tablero de la revolución? Quedan sus protagonistas envejecidos, una colección de consignas para reforzar la imagen del sistema y un aparato burocrático que asegura la oscilación del péndulo desde un centro de poder que impide el cambio y exporta el guevarismo o foquismo cubano para crear las condiciones revolucionas en otras latitudes de América, África y Asia.

Recordemos, sin embargo, que en el siglo XX todas las ideologías fueron derrotadas. La gente aprendió a no tomar en serio a los dogmas, a desenmascararlos como quimeras, pues la realidad siempre es más fuerte que la ideología y que cualquier sistema de imágenes.

La miseria de no aceptar al contrario ha pasado de moda. Los testigos del pasado no quieren saber de fascismos, estalinismos, maoísmos ni otros ismos cercanos y perniciosos.

En nuestro caso, los testigos del pasado saben que se trata de otra vuelta del péndulo. Del mismo molino de las décadas de patriotismo con vientos similares: los vientos reciclados del nacionalismo. Un nacionalismo manipulador, pues nadie pone en peligro nuestra identidad, salvo el Gurú que distorsiona nuestra historia; esa historia hecha, desecha y rehecha una y otra vez.

Retomar los ya tradicionales desfiles, consignas, insultos y aplausos de los coristas ante las circunstancias más nimias, es sólo una columna de humo contra un ejército de fantasmas. No hay nada nuevo ni importante en el cuadrante del castrismo. Ha sonado la medianoche. El show mediático ha perdido su originalidad inicial -si es que la tuvo-. A esta altura los rituales sólo sirven para perpetuar la agonía de un sistema que bordea la locura.


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