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ECONOMIA
INFORMAL
Modesto "El tomatero"
Ibrahim Dionisio Rodríguez, Jagua Press
CAIBARIÉN, Cuba - Abril (www.cubanet.org)
- A pesar de su poco peso corporal y la prótesis
que reemplaza su pierna derecha, Modesto mueve,
optimista, el inmenso triciclo, oxidado en algunas
partes, cargado de tomates.
"El tomatero", como lo conocen sus
coterráneos, atraviesa la etapa más
difícil de sus cuarenta años de
vida. Modesto sufrió de muy joven un accidente
automovilístico que provocó la amputación
de su pierna. Con el estilo propio de su pregón
y la reconocida calidad de la mercancía
que vende, "El tomatero" se ha hecho
de una numerosa clientela que lo espera jaba en
mano en los portales de sus viviendas.
¿Quién en la Villa Blanca no le
ha comprado tomates a Modesto para complementar
sus comidas?
Finalizando Semana Santa, Modesto me comentó
que apenas pudo asistir a los oficios religiosos
que se celebraron en Caibarién. "Hay
que luchar, hermano. En este lóbrego país
nunca se termina, porque cuando no te falta el
pantalón te faltan los zapatos", comentó
al tiempo que parqueaba su inmenso aparato a la
puerta de mi casa.
Al tomatero le preocupa su vida futura, pues
ser un merolico lo atormenta. "Soy un impedido
físico y tiene que llegar el día
de la mejoría económica para vivir
como un pensionado decente. Soy blanco fácil
para los inspectores. Tengo una prótesis
y me demoro pedaleando, por lo que he sido atrapado
en dos ocasiones. Me han decomisado la mercancía
y la multa ha sobrepasado la cantidad de dinero
que gano en treinta días. Esta gente no
cree en viejos, ciegos ni inválidos".
El triciclero andante, como también lo
apodan, ha contribuido a la variedad del menú
en la mesa de muchos que, con un poco de arroz
blanco, huevo y tomates, han resuelto. Nadie le
pregunta a Modesto de dónde saca su mercancía,
pero lo que sí conocen todos es su calidad
y los buenos precios para los bolsillos de los
más pobres.
Vendedores ambulantes como Modesto pululan por
Caibarién tratando, con sus intrépidos
esfuerzos, de mitigar la carencia de lo más
imprescindible.
Al borde de la locura
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - El
castrismo parece vivir en una tragedia permanente
que desencadena batallas de fantoches. No quiere
ni puede salir de la guerra. Una guerra contra
un enemigo hipotético que sirve de pretexto
para maniatar a su propio pueblo.
A ese pueblo no le ha quedado más remedio
que actuar como un animal que acecha al tiempo.
Un tiempo de escepticismo, silencio y complicidad,
que lo induce a huir hacia sí mismo, hacia
sus problemas y esperanzas; lo cual, en cierta
forma, favorece el fanatismo cuartelario del gobernante,
quien se comporta como un centro que vive de los
extremos, y pretende escapar de cualquier censura.
Venga de donde venga el ataque -real o ficticio-,
lo toma como un reto y lanza el rebaño
en su defensa.
Pero el régimen se devora a sí
mismo. Nada puede hacer para detener la indiferencia
en un país donde nadie es ni se siente
dueño de nada, salvo el supuesto Redentor.
Detrás de cada desfile se repite el baile
de la duda. El choteo danza con los aplausos.
Una generación sin proyectos puede ser
utilizada, pero la frivolidad pone en peligro
a cualquier sistema de dogmas. Hay oradores devenidos
raperos de circunstancias. Los agresores de la
palabra no describen la realidad de su entorno.
Como los improvisadores del ritmo, la reinventan
desde el absurdo y la locura. Es el caso del Gran
Orate de las Décadas.
El castrismo es un fin en sí mismo. Tiene
sus propios fontaneros o militantes de labores
inconfesables. Posee un lenguaje que descalifica
al contrario y lo obliga al silencio. Dispone
de una fórmula de gobierno, su estética,
su idea sobre el estilo de vida, de enseñanza.
Controla y defiende sus postulados sobre los necios
que renunciaron a crecer y se comportan como niños
dependientes.
Pero, ¿qué queda de un régimen
que maneja a su antojo los símbolos revolucionarios
en el tablero de la revolución? Quedan
sus protagonistas envejecidos, una colección
de consignas para reforzar la imagen del sistema
y un aparato burocrático que asegura la
oscilación del péndulo desde un
centro de poder que impide el cambio y exporta
el guevarismo o foquismo cubano para crear las
condiciones revolucionas en otras latitudes de
América, África y Asia.
Recordemos, sin embargo, que en el siglo XX todas
las ideologías fueron derrotadas. La gente
aprendió a no tomar en serio a los dogmas,
a desenmascararlos como quimeras, pues la realidad
siempre es más fuerte que la ideología
y que cualquier sistema de imágenes.
La miseria de no aceptar al contrario ha pasado
de moda. Los testigos del pasado no quieren saber
de fascismos, estalinismos, maoísmos ni
otros ismos cercanos y perniciosos.
En nuestro caso, los testigos del pasado saben
que se trata de otra vuelta del péndulo.
Del mismo molino de las décadas de patriotismo
con vientos similares: los vientos reciclados
del nacionalismo. Un nacionalismo manipulador,
pues nadie pone en peligro nuestra identidad,
salvo el Gurú que distorsiona nuestra historia;
esa historia hecha, desecha y rehecha una y otra
vez.
Retomar los ya tradicionales desfiles, consignas,
insultos y aplausos de los coristas ante las circunstancias
más nimias, es sólo una columna
de humo contra un ejército de fantasmas.
No hay nada nuevo ni importante en el cuadrante
del castrismo. Ha sonado la medianoche. El show
mediático ha perdido su originalidad inicial
-si es que la tuvo-. A esta altura los rituales
sólo sirven para perpetuar la agonía
de un sistema que bordea la locura.
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