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HISTORIA
Crónicas de un verdugo (IX)
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Por
esta vez aceptó venir a mi casa. Ya varias
personas sospechan de mis visitas constantes a
su centro de trabajo, de las conversaciones en
el patio, de la grabadora pequeña que utilizo
para grabar las conversaciones. Aquí, en
este país, existe una gran paranoia, una
especie de síndrome del espía, todo
el mundo sospecha de todo el mundo y hay más
de un aprendiz de policía, que ve en todo
aquél que lleva una grabadora o una cámara
fotográfica o una libreta de notas en la
mano una especie de agente 007, sin negar la existencia
de los reales y concretos vigilantes voluntarios
o pagados.
Todos sospechan de todos. Si ven a un opositor
que se atreve a desafiar al régimen, automáticamente
le endilgan el calificativo de agente de la Seguridad.
Si ven a un tipo con cierto bienestar económico,
que viaja al extranjero, es un espía. Si
algún funcionario del Estado hace mal las
cosas por ineficaz, por inepto, es agente de la
CIA y está saboteando su trabajo.
Vivimos un mundo dividido entre los que trabajan
para la Seguridad del Estado y los agentes de
la CIA. No hay neutrales, así que si usted
se reúne con frecuencia en un mismo sitio
a entrevistar a un antiguo oficial del Ejército,
grabadora en mano, sospechosamente refugiados
en el patio de su centro de trabajo, pues ya sabe,
le pueden endilgar cualquiera de los dos denominadores,
puede terminar ubicado en uno de los dos bandos.
Así las cosas, terminamos en la sala de
mi casa. Cómodamente arrellanados en sendos
butacones, saboreando un delicioso café
-no del que viene por la cuota, por supuesto-
bajo el fresco de un ventilador que mitiga un
poco el calor de este invierno cubano.
"El Músico era un sádico.
El tipo se alzó en el 58, llegó
a la Sierra vestido casi como un charro mexicano,
con una guitarra cubierta de nácar y un
fusil Springfield de la época de la nana.
Era arrestado, pero le caía mal a los demás
compañeros por su crueldad y su falta de
medida para todo. Obtuvo los grados de capitán
por su valor en el llano, y al triunfo fue a parar
a Camagüey. Allí tuvo problemas con
el comandante Huber Matos, no porque disintiera
de él y de su actitud, fue por envidia
y por un asunto de faldas en que Huber lo amonestó
severamente. Cuando fue detenido el comandante,
Angel usó eso a su favor.
"Su afición por el alcohol y los
abusos que cometió contra los soldados
le trajeron dificultades con el mando. Lo enviaron
al Escambray, de ahí fue a parar degradado
a teniente a la capital, a la policía.
Pero en la policía tuvo de nuevo problemas.
Creo que hubo un muerto o algo así, no
sé con certeza. Lo mandaron castigado de
jefe de un campamento de las UMAP. El cargo le
vino como anillo al dedo. Ya le decían
el Músico porque cantaba corridos mexicanos,
pero el apodo le fue ratificado por la crueldad
con que trataba a los confinados de la UMAP. Una
de sus 'bromas favoritas' consistía en
obligar a los confinados a improvisar corridos.
Si el hombre no podía hacerlo o se resistía,
lo sumergía en las letrinas hasta que le
obligaba a cantar.
"Otro de sus divertimentos era el baño
turco. Ponía a los castigados por cualquier
razón -que bien podía ser desafinar
en una canción que te obligaba a cantar
en el lugar y en el momento más inesperado-,
bajo el chorro a presión de una ducha.
El chorro de agua al principio no molestaba, pero
según pasaban los minutos se iba convirtiendo
en un martirio. Parecía que la cabeza te
estallaba, se volvía insoportable. Los
castigados perdían el conocimiento. Bueno,
nuestro amigo agregaba a esto la obligación
de cantar mientras tu cabeza parecía reventar
en mil pedazos. Cuando ordenaron cerrar los campamentos,
el Músico se sintió defraudado,
traicionado. No entendía la razón
de la orden y protestó enérgicamente,
lo que le costó una sanción, y fue
a parar a la Ciénaga de Zapata. Nos volvimos
a encontrar en Marianao".
¿Y qué pasó en Marianao?
"Bueno, no era en Marianao, eso lo dijo
él por su borrachera. Ya no sabe ni lo
que dice. Era una unidad en el Laguito".
¿Qué tipo de unidad?
No contesta. Pide un poco más de café
y enciende el mocho de tabaco. Se pone de pie
y revisa unos libros que tengo sobre la mesita
de centro.
"En el Laguito sí se sintió
a gusto, estaba en su elemento, ésa fue
su consagración. Formaba hasta coros con
los detenidos, y cambió de la música
mexicana al folclor afrocubano. Lo que pasa es
que era un tipo tan repugnante, borracho, abusador,
no sólo con los detenidos, sino también
con los subordinados, que por detrás le
pusieron el apodo del Diablo, y se rodeó
de enemigos por todas partes. Al final lo sustituyeron,
y fue degradado de nuevo por sus borracheras.
Ahora ahí lo tienes, hecho un guiñapo
humano. Vive solo, nadie le visita, en el barrio
lo detestan. Así terminó el gran
Músico, el Diablo, y yo no estoy mucho
mejor, ¿verdad?"
Crónicas
de un verdugo (I)
Crónicas
de un verdugo (II)
Crónicas
de un verdugo (III)
Crónicas
de un verdugo (IV)
Crónicas
de un verdugo (V)
Crónicas
de un verdugo (VI)
Crónicas
de un verdugo (VII)
Crónicas
de un verdugo (VIII)
Crónicas
de un verdugo (IX)
Crónicas
de un verdugo (X y final)
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