PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 21, 2006
 

HISTORIA
Crónicas de un verdugo (IX)

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Por esta vez aceptó venir a mi casa. Ya varias personas sospechan de mis visitas constantes a su centro de trabajo, de las conversaciones en el patio, de la grabadora pequeña que utilizo para grabar las conversaciones. Aquí, en este país, existe una gran paranoia, una especie de síndrome del espía, todo el mundo sospecha de todo el mundo y hay más de un aprendiz de policía, que ve en todo aquél que lleva una grabadora o una cámara fotográfica o una libreta de notas en la mano una especie de agente 007, sin negar la existencia de los reales y concretos vigilantes voluntarios o pagados.

Todos sospechan de todos. Si ven a un opositor que se atreve a desafiar al régimen, automáticamente le endilgan el calificativo de agente de la Seguridad. Si ven a un tipo con cierto bienestar económico, que viaja al extranjero, es un espía. Si algún funcionario del Estado hace mal las cosas por ineficaz, por inepto, es agente de la CIA y está saboteando su trabajo.

Vivimos un mundo dividido entre los que trabajan para la Seguridad del Estado y los agentes de la CIA. No hay neutrales, así que si usted se reúne con frecuencia en un mismo sitio a entrevistar a un antiguo oficial del Ejército, grabadora en mano, sospechosamente refugiados en el patio de su centro de trabajo, pues ya sabe, le pueden endilgar cualquiera de los dos denominadores, puede terminar ubicado en uno de los dos bandos. Así las cosas, terminamos en la sala de mi casa. Cómodamente arrellanados en sendos butacones, saboreando un delicioso café -no del que viene por la cuota, por supuesto- bajo el fresco de un ventilador que mitiga un poco el calor de este invierno cubano.

"El Músico era un sádico. El tipo se alzó en el 58, llegó a la Sierra vestido casi como un charro mexicano, con una guitarra cubierta de nácar y un fusil Springfield de la época de la nana. Era arrestado, pero le caía mal a los demás compañeros por su crueldad y su falta de medida para todo. Obtuvo los grados de capitán por su valor en el llano, y al triunfo fue a parar a Camagüey. Allí tuvo problemas con el comandante Huber Matos, no porque disintiera de él y de su actitud, fue por envidia y por un asunto de faldas en que Huber lo amonestó severamente. Cuando fue detenido el comandante, Angel usó eso a su favor.

"Su afición por el alcohol y los abusos que cometió contra los soldados le trajeron dificultades con el mando. Lo enviaron al Escambray, de ahí fue a parar degradado a teniente a la capital, a la policía. Pero en la policía tuvo de nuevo problemas. Creo que hubo un muerto o algo así, no sé con certeza. Lo mandaron castigado de jefe de un campamento de las UMAP. El cargo le vino como anillo al dedo. Ya le decían el Músico porque cantaba corridos mexicanos, pero el apodo le fue ratificado por la crueldad con que trataba a los confinados de la UMAP. Una de sus 'bromas favoritas' consistía en obligar a los confinados a improvisar corridos. Si el hombre no podía hacerlo o se resistía, lo sumergía en las letrinas hasta que le obligaba a cantar.

"Otro de sus divertimentos era el baño turco. Ponía a los castigados por cualquier razón -que bien podía ser desafinar en una canción que te obligaba a cantar en el lugar y en el momento más inesperado-, bajo el chorro a presión de una ducha. El chorro de agua al principio no molestaba, pero según pasaban los minutos se iba convirtiendo en un martirio. Parecía que la cabeza te estallaba, se volvía insoportable. Los castigados perdían el conocimiento. Bueno, nuestro amigo agregaba a esto la obligación de cantar mientras tu cabeza parecía reventar en mil pedazos. Cuando ordenaron cerrar los campamentos, el Músico se sintió defraudado, traicionado. No entendía la razón de la orden y protestó enérgicamente, lo que le costó una sanción, y fue a parar a la Ciénaga de Zapata. Nos volvimos a encontrar en Marianao".

¿Y qué pasó en Marianao?

"Bueno, no era en Marianao, eso lo dijo él por su borrachera. Ya no sabe ni lo que dice. Era una unidad en el Laguito".

¿Qué tipo de unidad?

No contesta. Pide un poco más de café y enciende el mocho de tabaco. Se pone de pie y revisa unos libros que tengo sobre la mesita de centro.

"En el Laguito sí se sintió a gusto, estaba en su elemento, ésa fue su consagración. Formaba hasta coros con los detenidos, y cambió de la música mexicana al folclor afrocubano. Lo que pasa es que era un tipo tan repugnante, borracho, abusador, no sólo con los detenidos, sino también con los subordinados, que por detrás le pusieron el apodo del Diablo, y se rodeó de enemigos por todas partes. Al final lo sustituyeron, y fue degradado de nuevo por sus borracheras. Ahora ahí lo tienes, hecho un guiñapo humano. Vive solo, nadie le visita, en el barrio lo detestan. Así terminó el gran Músico, el Diablo, y yo no estoy mucho mejor, ¿verdad?"

Crónicas de un verdugo (I)

Crónicas de un verdugo (II)

Crónicas de un verdugo (III)

Crónicas de un verdugo (IV)

Crónicas de un verdugo (V)

Crónicas de un verdugo (VI)

Crónicas de un verdugo (VII)

Crónicas de un verdugo (VIII)

Crónicas de un verdugo (IX)

Crónicas de un verdugo (X y final)


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