PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 20, 2006
 

HISTORIA
Crónicas de un verdugo (VIII)

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - "Te voy a presentar a un amigo de los años. Ese sí es el diablo, y si no, se le parece bastante. Le decían el Músico", me dijo la última tarde en que conversamos, bajo el techo de fibrocemento del patio, rodeados de matas de plátano de los llamados burros, esa especie que según el "Gran Agricultor" iba a solucionar el problema del hambre en el país en los años 90.

Nos pusimos de acuerdo. Pasé a recogerlo y luego de un interminable viaje en el "camello" llegamos a nuestro destino. El antiguo Reparto Eléctrico, donde antes vivían los trabajadores de la Compañía de Electricidad en casas hermosas con jardín al frente, rodeadas de árboles. Hoy es un conglomerado de megalitos grises, repetidos hasta el infinito. Polvo, calles sucias y llenas de baches. Caminamos largas cuadras hasta llegar a un edificio con el número 40 en uno de sus costados. "Es aquí", dijo mi acompañante. Subimos las empinadas escaleras hasta el cuarto piso, y tocamos a la puerta.

Nos abrió un individuo gordo, en bermudas, camiseta y chancletas. A pesar de lo temprano de la mañana -serían más o menos las 9 y 30- el tipo olía a alcohol de la peor clase.

"Entren".

Se abrazaron. Luego, el hombre intentó repetir el saludo conmigo, pero logré impedir el estrujón. El apartamento era pequeño, una típica habitación de microbrigadas. Dos sillones y una mesa eran los únicos muebles. En la pared, un cuadro enorme de Fidel Castro. A su lado, Che Guevara, meditabundo, contempla la lejanía.

"Mira, Raúl, él es Angel Cruz, el capitán Angel Cruz, el rey de la llanura camagüeyana. El Músico".

El gordo entrecierra los ojos inyectados de sangre. Pequeños ojos de cerdo rodeados de pestañas rubias. Se golpea el vientre con los dedos regordetes de uñas largas y sucias. Me mira con desconfianza.

"El compañero trabaja conmigo, es de confianza".

Mete la mano en un maletín que trae consigo y extrae una botella de ron. Los ojillos de cerdo se iluminan, y entreabre la boca en un inconsciente gesto de placer. Nos sentamos en los sillones desvencijados. El gordo va a un cuarto y trae una silla de hierro. Sirve en unos vasos plásticos. De un golpe se bebe todo el contenido.

"Eso lo aprendí de los rusos, no hay nada comparable", dice, y bebe otro y luego otro, así de un golpe, sin coger aire. Su rostro se ilumina, la camiseta fue en mejores tiempos blanco, y enfrente tuvo unos fusiles cruzados o algo así. Ahora es gris y está cubierto de costurones y agujeros. De pronto se pone alegre y comienza a hacer chistes picantes, uno tras otro, sin dejar que mi acompañante ponga una. Me impaciento, no vine hasta aquí para escuchar chistes de Pepito.

El alcohol sigue corriendo y la botella se agota. El trae otra de la cocina. "Chispa 'e Tren Añejo".

De la botella brota un espeso olor a queroseno. Se sirve sus habituales tragos rusos. Espero que de un momento a otro caiga redondo en el suelo, pero eso no ocurre. Mi acompañante sabe lo que hace, e introduce poco a poco el tema que me interesa. Va llevando la conversación de la situación actual a la remembranza.

"Eran otros tiempos, compadre. Entonces no permitíamos esas cosas", dice, y me palmea con fuerza las rodillas. Mi acompañante habla de Camagüey, de las UMAP, y dice con tono altisonante:

"Aquí tienes al capitán Angel Cruz, un tipo duro de verdad. El sí te puede contar cómo era aquello. Con él sí no había cuentos de camino. Fue jefe de campamento, del mejor campamento de las UMAP".

El gordo ríe halagado, y comienzan a intercambiar elogios, a mencionar méritos, a contar anécdotas de la guerrilla en la Sierra, a hacer cuentos del Che, de Fidel, del Vaquerito, y continúan los tragos y salen a relucir más botellas de "Chispa 'e Tren Añejo".

Pienso que no van a terminar nunca de hablar, y comienzo a hablar de interrogatorios ficticios en que participo como oficial de la Seguridad. Hablo de los presos, de lo difíciles que se ponen. Mi acompañante mira extrañado, pero capta la seña, se da cuenta de que estoy tirando de la lengua del gordo para llevarlo a donde yo quiero, y entonces dice:

"Cuéntale, capitán, cómo era tu submarino".

El hombre ríe a carcajadas. "Oigame, compadre, eso no lo aguantaba nadie. Lo aprendí en una película de japoneses. Ponía a una de esas sabandijas a cantar en inglés cualquier canción de ésas de los Beatles, a uno de ésos que estaban allí por diversionismo ideológico. Lo mandaba a buscar para que cantara mientras yo interrogaba a los nuevos detenidos. Los tipos nuevos gritaban asustados, se orinaban de miedo cuando llegaban a la cabina de audio, como le decíamos al lugar de los interrogatorios. Venían con la cabeza tapada por una capucha, y les dábamos un pase de golpes para ablandarlos. El local tenía mucho eco, y los gritos ensordecían. Entonces es que llamábamos a uno de los más viejos, de los detenidos por diversionismo y le pedíamos que nos cantaran una canción de los Beatles. Si se negaba, le aplicábamos el submarino amarillo. Si cantaba se lo aplicábamos igual. ¿Por qué? Porque el objetivo era ablandar al nuevo ingreso, hacerle ver que no tenía salida, y además era muy divertido. ¿Cómo era eso del submarino? Ya te dije, lo aprendí de los japoneses".

Se dio otra serie de tragos rusos y quedó un rato en silencio con rostro plácido. Sin duda recordaba los "buenos tiempos".

"Es fácil, se amarra al individuo a una silla. Mientras alguien le sostiene la cabeza se le introduce un embudo en la boca y se le comienza a echar agua. Primero poco a poco, después cada vez más cantidad. Oyeme, compadre, con eso todo el mundo canta".

No puedo evitar sentir horror ante este tipo. Mi acompañante me observa, noto que vigila detenidamente mis reacciones.

"Oyeme, cantaban de lo lindo, todo un concierto. ¿Verdad o mentira? ¿Era así o no era así, compadre?"

Mi acompañante asiente y bebe un trago directo de la botella. Hace una arqueada. Les pregunto si eso era en la UMAP. Se miran entre sí un segundo, el gordo ríe divertido.

"¡Estos tipos de ahora! Compañero, eso era en Marianao, en…"

¿En dónde?

Mi acompañante le tapa la boca al Músico. Este le hace una seña cómplice, y ambos comienzan a reír. Es una risa de borrachos, de connivencia. Es una risa que me revuelve el estómago.

De pronto, el tipo se descuelga de la silla, queda en una posición incómoda, de medio lado. La botella vacía rueda por el suelo percudido de la habitación. Es como si lo hubieran desconectado de pronto. Un hilo de baba le corre por la comisura de los labios.

"Vamos", dice mi acompañante. "El Músico está liquidado. Acabas de conocer al diablo".

Crónicas de un verdugo (I)

Crónicas de un verdugo (II)

Crónicas de un verdugo (III)

Crónicas de un verdugo (IV)

Crónicas de un verdugo (V)

Crónicas de un verdugo (VI)

Crónicas de un verdugo (VII)

Crónicas de un verdugo (VIII)

Crónicas de un verdugo (IX)

Crónicas de un verdugo (X y final)


Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet.
CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente
.

IMPRIMIR



PERIODISTAS EN PRISION

PRENSAS
Independiente
Internacional
Gubernamental
IDIOMAS
Inglés
Francés
Español
SOCIEDAD CIVIL
Cooperativas Agrícolas
Movimiento Sindical
Bibliotecas
DEL LECTOR
Cartas
Opinión
BUSQUEDAS
Archivos
Documentos
Enlaces
CULTURA
Artes Plásticas
El Niño del Pífano
Octavillas sobre La Habana
Fotos de Cuba
CUBANET
Semanario
Quiénes Somos
Informe Anual
Correo Eléctronico

DONACIONES

In Association with Amazon.com
Busque:


CUBANET
145 Madeira Ave, Suite 207
Coral Gables, FL 33134
(305) 774-1887

CONTACTOS
Periodistas
Editores
Webmaster