PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 19, 2006
 

HISTORIA
El néctar dorado de Dionisio

Richard Roselló

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Según algunos historiadores,[1] la entrada de la cerveza a la isla se produjo entre 1725 y 1750, gracias al contrabando que las poblaciones más orientales, incluida Santiago de Cuba, sostenían con la vecina Jamaica.

Pero no fue hasta la toma de La Habana por los ingleses, en 1762, que se importó legalmente. Sesenta años más tarde, con la instauración del libre comercio, los puertos cubanos comenzaron a recibir miles de contenedores. El principal suministrador era, por supuesto, Inglaterra.

A partir de entonces, los cubanos sumaron al tradicional gusto por el vino, herencia de la "madre patria", la adicción a la nueva bebida, a tal punto que durante el siglo XIX llegaron a registrarse más de 130 marcas, muchas de las cuales se vendían en las llamadas pulperías, cafés, bodegas e incluso en farmacias.

Entre las cervezas inglesas de mayor aceptación en esta isla caribeña se encontraba la Ale (suave, clara, estomacal, y preferida por las damas, según afirma un Diario de La Habana de 1832). Los tomadores podían solicitar, además, la muy renombrada Bull Dog Head (Cabeza de Perro), o una Jeffrey's Edimburg Ale, una Sparkling Ale, una Bass Dawson... Las dos últimas se vendieron bajo el asombroso lema de cerveza propia para familias.

También a los británicos debemos que hasta hoy muchos cubanos llamen Laguer al espumoso líquido, con independencia de su origen o marca; tal era el nombre (Tennet Lager) de una cerveza también clara y de gran demanda hacia 1850.

Ofertas de otras nacionalidades intentaron en vano alzarse con la supremacía de sus marcas favoritas. Entre las alemanas tuvimos la Westfalia, Laguer Bier Frankfurt; de Bélgica, La Campana; Noruega tuvo la Pabst; Holanda la Bavarian Beer. De Estados Unidos llegaron Budweisser, Milwaukee, Rochester... Pilsen y Dreher venían de Austria. España nos envió La Estrella y la Santander, así como otras de procedencia francesa y portuguesa.

Por increíble que parezca, nuestros antepasados otorgaron a la cerveza, o al menos a algunas de sus fórmulas, propiedades medicinales. Bajo este concepto, en las farmacias se anunciaban diversas marcas, en especial las alemanas. Muy promovidas fueron la Salvator Bier (1882), la Mainzer Röh Bier (1895) y la León (1897). Llegaron hasta el punto de recomendarlas para niños y las amas de leche o las madres durante el período de lactancia.

Hacia 1888 los impuestos sobre los artículos importados se elevaron tanto que algunos comerciantes empezaron a tomar en serio la posibilidad de fabricar cerveza dentro del país. Sin embargo, todavía cinco años atrás aquel empeño constituía una verdadera utopía. En 1841, Juan Manuel Asbert y Calixto García habían obtenido licencia para producirla sustituyendo cebada europea por jugo de caña de azúcar. Ni la bebida ni la pequeña industria montada en la capitalina San Rafael, esquina a Águila, cumplieron con los requisitos requeridos. Durante varias décadas, las empresas cubanas se contentaron con embotellar la cerveza proveniente de puertos extranjeros.

En 1883 apareció en Cárdenas, Matanzas una fábrica en la que se elaboraba cerveza y otras bebidas. Esta industria sobrevivió durante muy corto tiempo. Así llegamos a 1892, a la cervecería emplazada en la habanera calzada de Puentes Grandes (donde ha permanecido hasta la fecha) conocida como La Tropical. En ella se elaboraba cerveza típicamente cubana, aunque de baja calidad. Durante los años siguientes la fábrica fue ampliada y la bebida perfeccionada. Intervinieron en ello dos maestros cerveceros, quienes viajaron a la isla, en 1896, desde Francia y Alemania: Carlos Ludwing y Máximo Eckelman. Ellos le otorgaron el bouquet que le faltaba al producto.

Que la Tropical resultó ser una excelente cerveza lo atestiguan los premios obtenidos: Gran Prix en 1906, Gran Premio en París, en 1912. Junto a ella, la Tivoli -una competidora nacional, confeccionada a partir de 1901 en una fábrica de la Calzada de Palatino- cosechaba también diversos lauros.

¿Cómo arribaba a la isla y se distribuía la cerveza? Los envases predominantes en el comercio cubano del siglo XVIII fueron los barriles y cuñetes. Durante la nueva centuria la oferta se diversifica y la cerveza comienza a introducirse por galones, arrobas, botellas, litros... A lo largo del siglo XIX las cervezas importadas se distribuyeron esencialmente en las cajas de botellas y medias botellas de vidrio. No obstante, también se emplearon envases de cerámica y loza, aparecidos en excavaciones arqueológicas de sitios vinculados a actividades comerciales e incluso en antiquísimas casonas de La Habana intramuros.


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