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CULTURA
El enemigo Borges
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Abril, (www.cubaner.org) -
Jorge Luis Borges, una de las grandes figuras
literarias del siglo XX, considerado el Homero
de las letras argentinas fue, hasta su muerte,
ocurrida en Ginebra en 1986, un hombre que sintió
en su corazón el laberinto sin salida de
la revolución cubana.
Aquellos cubanos de la Isla amantes de su obra
tuvieron que leer sus libros a escondidas durante
treinta años, ejemplares que entraban al
país de forma clandestina porque nada de
Borges podían utilizar las editoriales,
todas administradas por el Estado.
En 1988, Casa de las Américas publicó
por primera vez una compilación de poemas,
ensayos y relatos del escritor argentino, titulada
Páginas Escogidas, a cargo del poeta y
ensayista Roberto Fernández Retamar, presidente
de dicha institución y autor del prólogo.
Las circunstancias que rodearon y ocasionaron
la publicación de este primer libro de
Borges y saliera al mercado socialista cubano
son sumamente interesantes.
El propio Retamar narra que en Cuba no se publicaba
nada del autor de El libro de arena, puesto que
"el poeta no había ocultado -todo
lo contrario- su hostilidad hacia la Revolución
Cubana". Los fieles lectores de Jorge Luis
Borges seguramente se preguntaron muchas veces
si ésa era una razón válida
para que la obra de uno de los escritores más
famosos del mundo se prohibiera a un pueblo que
se esforzaba por ser culto.
Fue sincero el prologuista al afirmar que una
edición de Borges fue largamente deseada
y esperada por los lectores cubanos. Al parecer,
aquel mes de septiembre de 1985, Fernández
Retamar recibió permiso del mando superior
del gobierno cubano para visitar Argentina y llegar
hasta la misma casa del poeta octogenario, unos
meses antes de su muerte. El motivo de la visita
era hacerle saber que Casa de las Américas
se disponía a editar una obra suya, ya
que al fin el gobierno lo aprobaba.
En su diálogo con Borges, Retamar no le
ocultó que había escrito cosas duras
sobre él, aunque no más duras que
las que escribió el argentino sobre Darío
o Lugones.
En aquella breve conversación, una tarde
fría de Buenos Aires, Retamar fue sincero
al expresarle al poeta que, a pesar de no aceptar
el régimen político del país,
eso no impedía que tuviera en Cuba millares
de lectores y admiradores.
Era cierto. A pesar de que Borges jamás
había estado de acuerdo con lo que ocurría
en Cuba, contaba con millares de admiradores.
Por esa razón, dijo Retamar en su prólogo,
insistió en verlo y porque, además,
era un viejo deseo -desde su más temprana
juventud- divulgar su obra, algo que no pudo hacer
durante largos años por disciplina como
funcionario público.
Por último le ofreció, a cambio
de los dólares que no podía enviar
Cuba como derechos de autor, cuadros o libros
antiguos. Me pregunto si los libros antiguos serían
extraídos de la Biblioteca Nacional, propiedad
del pueblo, para convertirlos en regalos personales.
El prólogo de Retamar, escrito un año
después de su entrevista con Jorge Luis
Borges, destaca que además del talento
inmenso que poseía el autor de El Aleph,
y muchos otros inspirados en la metafísica,
vio en él a un hombre bueno, modesto, parco
en su vivir, lo que resultó para Retamar,
un recuerdo luminoso.
Me pregunto por qué es capaz un régimen
totalitario de censurar a un intelectual con esas
características tan valederas, cuando a
través de la historia siempre ha perdurado
la razón, la libertad y la palabra en el
arte.
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