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HISTORIA
Los Curros del manglar
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - En
el siglo del vapor, allá por el mil ochocientos,
había un personaje del folclor callejero,
distinguido por su lenguaje y peculiar vestimenta.
Eran negros y mulatos oriundos del puerto de
Sevilla, Andalucía y adquirieron, por su
relación con la prostitución en
Cuba el nombre de Curros o Chulos. Esta figura
popular, que ha sido confundida con los ñáñigos
africanos, vivía en un ambiente exclusivo.
Ellos vestían de sandalia, pañuelo,
cuchillo, ancho pantalón y turbante, camisa
muy ancha en especial en las mangas, también
argollas en las orejas, sombrero de paja de copa
tendido al frente, sortijas de oro, cadenas y
brazaletes, los vinculaban al hampa habanera,
a los arrabales de la ciudad y pueblos suburbanos
de barrio orillero del litoral de la bahía,
donde abundaban los manglares y se aglomeraba
la pesadilla de los habitantes de la villa de
La Habana.
Al Curro, así le llamaban todos, se le
veía correr y gritar por la calles, casi
siempre en un malediciente alarde de su yo. Decían
que eran carpinteros, artesanos. Lo cierto es
que pasaban su tiempo de tienda en tienda, en
casa de la comadre o compadre, o andando de aquí
para allá gastando parola con el zapatero
de la esquina, cuando no echando piropos a la
tabaquera del frente, mientras la Curra trabajaba
para los dos.
Su diversión eran los toros. Cuando no,
lo hallabas encerrado tras la reja, en el teatro
de sus grandes hazañas, donde nadie miente.
Pues en una reñida recibe la herida cuya
cicatriz va del cuello a la mandíbula inferior.
Y aquí el Curro se gana su etiqueta de
varonil.
Sus excentricidades eran diversas. Tanto que
jugaba bolos como nadie, según hacían
creer a quien no los conocían. Pero si
en casa de la Curra se rasguea una guitarra y
se canta al compás de una sambumbia, la
gente viene, y el Curro es el centro del festín.
Si pertenecía a las filas de la milicia
habanera el Curro siempre estaba enfermo cuando
le tocaba el servicio. Aunque no se crea por eso
que era flojo ni cobarde.
Llega un día de alboroto o de motines,
de ésos que se enlazan en la noche. Entonces
es el primero que se presenta, arroja el fusil,
mete mano a un palo y hace gran estrago. Pero
son más las gentes que asusta y atropella
que las que mata.
El Curro era hombre utilísimo y necesario
como policía integrando el batallón
de pardos y morenos de veladores de cuadras. Desde
luego, si un día le dan la mano llamándole
ciudadano y generoso, ese día era el de
las elecciones. Pues ese día era capaz
de arrastrar con orgullo, después de acaudillarlas,
a las turbas populares que acudían a la
iglesia. Y si no ganaba la mesa con sus puños
o pulmones, al menos su voz sobresalía
sobre las demás particularmente sobre los
del bando contrario y como resultado se ocasionaban
riñas y desafíos saliendo como un
rayo por el camino más corto y terminando
por refrescar las fauces con un par de vasos de
aguardiente.
En la tarde, mientras la aristocracia, la escotillada
sociedad estira las piernas, el Chulo muy filósofo,
muy amigo de las cosas materiales, se encamina
desde el barrio de Belén a las afuera del
extramuros de la ciudad. Después de cambiar
harina por sal, escapa de un tirón por
la puerta vieja del Arsenal de La Habana en compañía
de su salada Curra, moza de rumbo que de día
envuelve cigarros en la fabrica de Santo Domingo
y en la noche baila el zapateo dejando caer sus
tacones.
Con su pañuelo de avellana en manos, ambos
toman el camino de la playa hacia los remates
del barrio de San José, donde descansan.
Luego de visitar el mesón, salen por el
paseo y embriagados continúan camino.
Apenas oscurecido, se dejan sentir en casa de
la Curra guitarras y castañedas, chocan
rones y seguidillas que alegran a los demás
dentro de la casa y al barrio entero. Cantan,
retozan, bailan y se divierten. De repente, la
puerta se abre, el Chulo aparece. Con mucho garbo
pide prestado a un amigo uno de los cigarros que
vende sin licencia. Tose, todos callan, se apartan
para dejarlo pasar. En medio de la gente, arroja
la capa con mucho estilo y rompe en un zapateo
que hechiza, hasta que se le excita el alma en
el cuerpo y le bailan los ojos en su órbita
de orgullo y satisfacción.
Rendido, al fin se deja caer en una silla donde
pide descansar; el refresco aparece y la manzanilla
circula en medio de las coplas y los tragos que
se repiten cuando los ojos se encandilan de rojo...
En media noche, el ético y raquítico
velón de lata está agonizando, la
fiesta se acaba y el Chulo duerme la mona hasta
la noche siguiente, que despierta en su acostumbrado
itinerario.
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