PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 6 , 2006
 

HISTORIA
Los Curros del manglar

Richard Roselló

LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - En el siglo del vapor, allá por el mil ochocientos, había un personaje del folclor callejero, distinguido por su lenguaje y peculiar vestimenta.

Eran negros y mulatos oriundos del puerto de Sevilla, Andalucía y adquirieron, por su relación con la prostitución en Cuba el nombre de Curros o Chulos. Esta figura popular, que ha sido confundida con los ñáñigos africanos, vivía en un ambiente exclusivo.

Ellos vestían de sandalia, pañuelo, cuchillo, ancho pantalón y turbante, camisa muy ancha en especial en las mangas, también argollas en las orejas, sombrero de paja de copa tendido al frente, sortijas de oro, cadenas y brazaletes, los vinculaban al hampa habanera, a los arrabales de la ciudad y pueblos suburbanos de barrio orillero del litoral de la bahía, donde abundaban los manglares y se aglomeraba la pesadilla de los habitantes de la villa de La Habana.

Al Curro, así le llamaban todos, se le veía correr y gritar por la calles, casi siempre en un malediciente alarde de su yo. Decían que eran carpinteros, artesanos. Lo cierto es que pasaban su tiempo de tienda en tienda, en casa de la comadre o compadre, o andando de aquí para allá gastando parola con el zapatero de la esquina, cuando no echando piropos a la tabaquera del frente, mientras la Curra trabajaba para los dos.

Su diversión eran los toros. Cuando no, lo hallabas encerrado tras la reja, en el teatro de sus grandes hazañas, donde nadie miente. Pues en una reñida recibe la herida cuya cicatriz va del cuello a la mandíbula inferior. Y aquí el Curro se gana su etiqueta de varonil.

Sus excentricidades eran diversas. Tanto que jugaba bolos como nadie, según hacían creer a quien no los conocían. Pero si en casa de la Curra se rasguea una guitarra y se canta al compás de una sambumbia, la gente viene, y el Curro es el centro del festín.

Si pertenecía a las filas de la milicia habanera el Curro siempre estaba enfermo cuando le tocaba el servicio. Aunque no se crea por eso que era flojo ni cobarde.

Llega un día de alboroto o de motines, de ésos que se enlazan en la noche. Entonces es el primero que se presenta, arroja el fusil, mete mano a un palo y hace gran estrago. Pero son más las gentes que asusta y atropella que las que mata.

El Curro era hombre utilísimo y necesario como policía integrando el batallón de pardos y morenos de veladores de cuadras. Desde luego, si un día le dan la mano llamándole ciudadano y generoso, ese día era el de las elecciones. Pues ese día era capaz de arrastrar con orgullo, después de acaudillarlas, a las turbas populares que acudían a la iglesia. Y si no ganaba la mesa con sus puños o pulmones, al menos su voz sobresalía sobre las demás particularmente sobre los del bando contrario y como resultado se ocasionaban riñas y desafíos saliendo como un rayo por el camino más corto y terminando por refrescar las fauces con un par de vasos de aguardiente.

En la tarde, mientras la aristocracia, la escotillada sociedad estira las piernas, el Chulo muy filósofo, muy amigo de las cosas materiales, se encamina desde el barrio de Belén a las afuera del extramuros de la ciudad. Después de cambiar harina por sal, escapa de un tirón por la puerta vieja del Arsenal de La Habana en compañía de su salada Curra, moza de rumbo que de día envuelve cigarros en la fabrica de Santo Domingo y en la noche baila el zapateo dejando caer sus tacones.

Con su pañuelo de avellana en manos, ambos toman el camino de la playa hacia los remates del barrio de San José, donde descansan. Luego de visitar el mesón, salen por el paseo y embriagados continúan camino.

Apenas oscurecido, se dejan sentir en casa de la Curra guitarras y castañedas, chocan rones y seguidillas que alegran a los demás dentro de la casa y al barrio entero. Cantan, retozan, bailan y se divierten. De repente, la puerta se abre, el Chulo aparece. Con mucho garbo pide prestado a un amigo uno de los cigarros que vende sin licencia. Tose, todos callan, se apartan para dejarlo pasar. En medio de la gente, arroja la capa con mucho estilo y rompe en un zapateo que hechiza, hasta que se le excita el alma en el cuerpo y le bailan los ojos en su órbita de orgullo y satisfacción.

Rendido, al fin se deja caer en una silla donde pide descansar; el refresco aparece y la manzanilla circula en medio de las coplas y los tragos que se repiten cuando los ojos se encandilan de rojo...

En media noche, el ético y raquítico velón de lata está agonizando, la fiesta se acaba y el Chulo duerme la mona hasta la noche siguiente, que despierta en su acostumbrado itinerario.

 


Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet.
CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente
.

IMPRIMIR



PERIODISTAS EN PRISION

PRENSAS
Independiente
Internacional
Gubernamental
IDIOMAS
Inglés
Francés
Español
SOCIEDAD CIVIL
Cooperativas Agrícolas
Movimiento Sindical
Bibliotecas
DEL LECTOR
Cartas
Opinión
BUSQUEDAS
Archivos
Documentos
Enlaces
CULTURA
Artes Plásticas
El Niño del Pífano
Octavillas sobre La Habana
Fotos de Cuba
CUBANET
Semanario
Quiénes Somos
Informe Anual
Correo Eléctronico

DONACIONES

In Association with Amazon.com
Busque:


CUBANET
145 Madeira Ave, Suite 207
Coral Gables, FL 33134
(305) 774-1887

CONTACTOS
Periodistas
Editores
Webmaster