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POLITICA
Nada nuevo bajo el sol
José Antonio Fornaris, Cuba-Verdad
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Tengo la fuerte impresión de que Fidel
Castro iba a anunciar su retiro del poder el pasado
13 de agosto. Para celebrar su cumpleaños
estaban invitadas a Cuba cientos de personalidades
extranjeras. El show le hubiera costado varios
millones de dólares a la escuálida
economía cubana.
De esa forma, el comandante se hubiera retirado
como un gran triunfador. Al mismo tiempo, la claque
estaría preparada para solicitarle, en
actos "patrióticos" preparados
a lo largo y ancho del país, que continuara
al frente de los destinos de Cuba. Pero él,
en gesto de absoluto desprendimiento, diría
que la continuidad de la revolución estaba
garantizada, y que ya era hora de irse a disfrutar
de la compañía de sus nietos. Por
supuesto, todo estaría acordado previamente
al nivel de los generales, porque Cuba sigue siendo
un estado guerrillero.
Pero los acontecimientos se precipitaron. Un
Fidel Castro fuera de sus casillas en Argentina
por una pregunta formulada por un periodista,
en relación con la doctora Hilda Molina,
dejaba bien claro ante la palestra internacional
que el caudillo ya no estaba apto para acaudillar.
No obstante, dos o tres días después
pronunció el discurso en conmemoración
del aniversario 53 del asalto al Cuartel Moncada.
Los discursos de Castro, a través de los
años, han sido calificados por la prensa
oficialista como históricos, emotivos y
trascendentales. Pero ese discurso sí fue
realmente histórico en el sentido que no
ofendió a nadie, no agredió, y no
le echó la culpa a nadie por los problemas
de Cuba y el resto del mundo. Todo lo contrario.
En forma excepcional elogió al secretario
del Partido Comunista de la provincia Granma.
Sus elogios personales siempre han sido para gente
de otras latitudes. Y en ese mismo discurso le
dijo a los vecinos del norte que no se preocuparan,
porque él no iba a estar en el poder hasta
que cumpliera los cien años. Parecía
la pre-despedida.
La agresiva promoción de Raúl Castro,
a través de los medios, y las no pocas
alusiones a la muerte del comandante pronunciadas
por varios jerarcas del régimen, estaban
bien dentro del contexto de la decidida sustitución.
Ahora, a un mes de la Proclama anunciando que
entregaba todos sus cargos de manera transitoria,
da la impresión de que lo estuvieran desmontando
pieza a pieza. Prácticamente ya no se le
menciona para nada, aunque su sombra sigue presente.
Si Castro muere en estos días, paradójicamente,
ese hombre para quien el poder absoluto era su
razón de ser, moriría sin cargos
gubernamentales, y su deceso crearía una
singular situación de protocolo, pues no
se sabría muy bien si las honras fúnebres
serían para un jefe de Estado o para un
exjefe de Estado.
A unos meses de la muerte de Stalin, sus más
cercanos colaboradores lo estaban culpando de
todos los males y problemas de la Unión
Soviética. Que nadie se extrañe
si en Cuba ocurre algo similar, porque no hay
nada nuevo bajo el sol, y ciertamente, sus posibles
defensores tendrán pocos argumentos que
esgrimir. Su larga estadía como gobernante
es una experiencia por la que nunca debió
pasar el pueblo cubano. Ha sido, en términos
generales, algo muy malo.
Si algún día se llegara a descubrir
que Fidel Castro iba en el Titanic, que no le
quepa duda a nadie: el barco no se hundió
porque aquella noche helada chocó contra
un iceberg.
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