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SOCIEDAD
Espectáculo matutino en La habana
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
En un taxi clandestino, un Ford del 48, fui a
La Habana en días pasados. Me bajé
en Paseo del Prado y Teniente Rey. A duras penas
caminé hasta Zulueta, la calle que está
más arriba, porque cada mañana,
con excepción de sábados y domingos,
cientos de personas se concentran a la entrada
del Tribunal Provincial Popular capitalino, citadas
para presentarse a juicio como acusados, testigos
o para ver a sus familiares presos que son traídos
por los custodios. Como tanto público no
cabe en el portal del edificio, ocupan parte de
la calle y la acera.
Se trata de un espectáculo popular digno
de comentarse. A disposición (y completamente
gratis) de cuanto extranjero transita por ese
barrio, uno de los más frecuentados por
el turista que quiere conocer La Habana.
Tantas veces he contemplado esta muchedumbre
a la entrada del Tribunal que no me había
detenido nunca a pensar en la importancia de este
espectáculo. Por algo hay más de
cien mil presos en Cuba y cerca de 240 instalaciones
carcelarias.
Tuve la suerte de conversar con un señor
de ochenta años que vendía el periódico
a sobre precio, de forma clandestina, entre los
que formaban una larga cola para entrar al edificio.
Al preguntarle si siempre había tanto público,
me respondió sin pensarlo que ese día
había mucho menos que otras veces.
Traté de recordar si por los años
cincuenta se contempló alguna vez un espectáculo
igual, y fue el mismo vendedor de periódicos,
nacido y criado en la Habana Vieja, quien me sacó
de dudas al decirme que ni en la dictadura de
Machado ni en la de Batista se celebraban tantos
juicios a diario. Este Tribunal Provincial Popular
hace honor a su nombre, porque a él acuden
los menos beneficiados económicamente.
Se trata de un espectáculo verdaderamente
popular.
Haciéndome la sueca le pregunto a la portera
del edificio cuántos juicios se celebraban
al día, puesto que yo iba a esperar a una
amiga que sería testigo del último.
- Imagínese -me respondió-, es
muy difícil de saber. El edificio tiene
seis salas y cada una celebra juicios hasta las
once de la noche.
Es para salir huyendo, dije para mis adentros.
Por último, le pregunto a una anciana,
pobremente vestida y en chancletas, si venía
por primera vez al Tribunal Provincial. Me respondió,
llorosa, que sus cinco nietos estaban presos y
que todos los juicios de los muchachos ella los
había presenciado. Me intereso por saber
la causa y en un tono casi familiar, me responde:
- Ay, mi hijita, siempre por lo mismo: vendiendo
cosas, tratando de vivir. Esto no es fácil.
En otro taxi clandestino, un Chevrolet del 52,
regreso a mi casa. Sin quitarme los zapatos busco
corriendo el libro de Lao Tsé y encuentro
una cita: "Cuantas más leyes y prohibiciones
hay, más pobre y mísero será
el pueblo".
Lástima que este sabio, a quien tanto
admiro y leo con frecuencia, no haya escrito sobre
el juicio final, no el divino, sino el que hacen
los pueblos cuando les llega la oportunidad de
enjuiciar a quienes inventaron contra ellos tantas
prohibiciones.
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