PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 31, 2006

SOCIEDAD
Espectáculo matutino en La habana

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - En un taxi clandestino, un Ford del 48, fui a La Habana en días pasados. Me bajé en Paseo del Prado y Teniente Rey. A duras penas caminé hasta Zulueta, la calle que está más arriba, porque cada mañana, con excepción de sábados y domingos, cientos de personas se concentran a la entrada del Tribunal Provincial Popular capitalino, citadas para presentarse a juicio como acusados, testigos o para ver a sus familiares presos que son traídos por los custodios. Como tanto público no cabe en el portal del edificio, ocupan parte de la calle y la acera.

Se trata de un espectáculo popular digno de comentarse. A disposición (y completamente gratis) de cuanto extranjero transita por ese barrio, uno de los más frecuentados por el turista que quiere conocer La Habana.

Tantas veces he contemplado esta muchedumbre a la entrada del Tribunal que no me había detenido nunca a pensar en la importancia de este espectáculo. Por algo hay más de cien mil presos en Cuba y cerca de 240 instalaciones carcelarias.

Tuve la suerte de conversar con un señor de ochenta años que vendía el periódico a sobre precio, de forma clandestina, entre los que formaban una larga cola para entrar al edificio. Al preguntarle si siempre había tanto público, me respondió sin pensarlo que ese día había mucho menos que otras veces.

Traté de recordar si por los años cincuenta se contempló alguna vez un espectáculo igual, y fue el mismo vendedor de periódicos, nacido y criado en la Habana Vieja, quien me sacó de dudas al decirme que ni en la dictadura de Machado ni en la de Batista se celebraban tantos juicios a diario. Este Tribunal Provincial Popular hace honor a su nombre, porque a él acuden los menos beneficiados económicamente. Se trata de un espectáculo verdaderamente popular.

Haciéndome la sueca le pregunto a la portera del edificio cuántos juicios se celebraban al día, puesto que yo iba a esperar a una amiga que sería testigo del último.

- Imagínese -me respondió-, es muy difícil de saber. El edificio tiene seis salas y cada una celebra juicios hasta las once de la noche.

Es para salir huyendo, dije para mis adentros. Por último, le pregunto a una anciana, pobremente vestida y en chancletas, si venía por primera vez al Tribunal Provincial. Me respondió, llorosa, que sus cinco nietos estaban presos y que todos los juicios de los muchachos ella los había presenciado. Me intereso por saber la causa y en un tono casi familiar, me responde:

- Ay, mi hijita, siempre por lo mismo: vendiendo cosas, tratando de vivir. Esto no es fácil.

En otro taxi clandestino, un Chevrolet del 52, regreso a mi casa. Sin quitarme los zapatos busco corriendo el libro de Lao Tsé y encuentro una cita: "Cuantas más leyes y prohibiciones hay, más pobre y mísero será el pueblo".

Lástima que este sabio, a quien tanto admiro y leo con frecuencia, no haya escrito sobre el juicio final, no el divino, sino el que hacen los pueblos cuando les llega la oportunidad de enjuiciar a quienes inventaron contra ellos tantas prohibiciones.


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