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CORRUPCION
La casa de Leónides
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Para evitar que su hijo querido cruzara el mar
en una balsa, Leónides entregó su
casa en Guanabo al gobierno. Fue una transacción
típica de gangsters. No queda constancia
legal de lo que se hizo o por qué. Sólo
así, el hijo recibió el permiso
de salida del país y Leónides respiró
tranquilo.
El hijo de Leónides vive tranquilo y en
libertad en los Estados Unidos. No puedo asegurar
que haya bailado y celebrado la eventual desaparición
de Fidel Castro, o que no lo haya hecho. Dicen
que desde allá se ocupa solícitamente
de su padre. Conozco y hago el relato de la parte
de esta historia que escuché en Lawton.
Las leyes vigentes en Cuba son crueles, inhumanas
y degradantes, pero por encima de todo, son simplemente
injustas. No son leyes concebidas por legislador
alguno en contacto con la base, con algún
elector, o con el bien común. Se dictan
por la necesidad de un estado bandido y de su
élite de poder omnímodo.
Creo que fue el Dios de Bronce de la literatura
norteamericana, Ernest Hemingway, quien escribió:
"La muerte es el final común de toda
historia llevada demasiado lejos". Me parece
que Hemingway estaba en lo cierto y que verdaderamente
alguna muerte será el final común
de la historia parcial de Leónides, su
hijo y la casa veraniega de Guanabo.
También lo será para otras muchas
historias inconclusas con un denominador común
de rapiña e injusticia. Casas, mujeres
hermosas, automóviles, viajes, obras de
arte, etc., cada uno de estos u otros bienes materiales
han dado inicio en Cuba a historias inconclusas
de pérdidas y despojo como la de Leónides.
Después de entregar su casa de Guanabo,
Leónides luchó por la supervivencia
como pudo. Trabajó como campañista
en la lucha contra mosquitos y vectores. Lo hizo
hasta que el espolón calcáneo que
padece se lo permitió. Hoy vende cosas
y sobrevive en Lawton. Pero este hombre bueno
que ama el mar, sufre cada día por su casa
perdida de Guanabo, aunque no se arrepiente de
su decisión de aquel momento. Cuando se
trata de un hijo, no hay sacrificio grande.
Conozco el caso del infeliz propietario de un
automóvil único en La Habana. Bueno,
no tan único. Un militarote tenía
otro igual y aspiraba a que el suyo fuera el único
automóvil de ese tipo circulando por la
ciudad. Lo consiguió en el mismo estilo
de la casa de Leónides. Lo adquirió
y lo convirtió en chatarra. Tuvo el placer
de que su auto fuera el único de su tipo
en La Habana.
También el caso de un actor emigrado.
El galán conquistó a la querida
del finado ex ministro del Interior José
Abrantes Fernández. El actor emigró,
luego de pagar con creces su osado romance: "Santos
Luzardo tiene que ser mío", parece
ser la moraleja de esta historia.
No sé si el actor, el hijo de Leónides
o el propietario del auto estaban entre los danzantes
de Miami que celebraban la muerte de Fidel Castro.
Aquí en La Habana fue verdaderamente difícil
encontrar un destello de alegría o de dolor
en las miradas de tantos rostros hieráticos
que observé y escruté con curiosidad
profesional y no malsana.
En La Habana, los ojos brillaban enfebrecidos.
Pero no era alegría. Se trataba de su hija
predilecta, el fruto de sus amores difíciles
con el dolor de cada día. En los ojos que
veo, brilla la esperanza. Maltrecha y silenciada,
pero viva y creciendo, más grande y más
cerca cada día.
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