PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 30, 2006

HISTORIA
La primera soviética que conocí

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Elena Soloviova se llamaba, o tal vez se llama -ahora podría tener cerca de cien años- aquella soviética que jamás he podido olvidar y que fuimos a esperar al aeropuerto de La Habana, en abril de 1961 algunos de los que trabajábamos en la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO.

Para recibirla nos pusimos nuestras mejores ropas. Raquel Guillén, mi jefa inmediata e hija del Poeta Nacional, que siempre vestía como si fuera la Primera Dama del país, lo mismo un lunes que un viernes sólo para sentarse en su buró, estaba más elegante, perfumada y mejor pintada y peinada que nunca.

Los hombres llevaban saco y corbata, los zapatos bien lustrados y las medias en combinación con el color del traje. El chofer lavó el auto la noche antes y hasta perfume echó en los asientos de terciopelo para que la soviética se sintiera bien agasajada.

Como demoraba en llegar el avión, temimos estrujarnos, y que el ramo de gladiolos que le llevábamos a la soviética se pusiera mustio. Raquel fue varias veces al baño a arreglarse el peinado y el chofer no dejaba de pasarle el paño al auto para que no perdiera el brillo. Esperábamos a una persona importante enviada por el Soviet Supremo a Cuba, con el fin de asesorar la exposición de trajes regionales de la URSS, que se inauguró dos meses después en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional.

Cuando al fin aterrizó el Aeroflot nos embargó la sensación de que no lucíamos dignos de tan esperada comitiva. De pie ante la escalerilla del avión no lográbamos saber quién era la señora Soloviova entre los que comenzaban a bajar. La imaginábamos la mujer más distinguida, de elegancia perfecta, puesto que era la directora del Instituto de Modas de Moscú.

Cuando alguien nos presentó a la soviética, todos seguramente recibimos la misma extraña e inesperada impresión y el mismo jarro de agua fría en la cabeza.

Elena Soloviova era una mujer de aspecto campesino, corpulenta, sin una gota de pintura en el rostro y de cabellos descuidados. Su vestido era una verdadera pesadilla. El fondo era de un color azul añil claro, y su estampado se componía de grandes flores coloradas rodeadas de hojas verde esmeralda, con un diseño muy ajustado al cuerpo, de moda en Cuba por los primeros años de la década del cincuenta, y unos zapatos de corte bajo llamados ballerinas, de la misma época.

Cuando nos sonrió, descubrimos que le faltaban algunos dientes. Entonces no nos quedó otro remedio que pensar que Elena Soloviova era una comunista que ponía sus ideas muy por encima de las frivolidades del buen vestir, y hasta de la mejor sonrisa, y nosotros un atajo de trasnochados pequeños burgueses incapaces de apreciar su sencillez, exenta de artificios.

A mí, sinceramente, lo que más me consternó fueron los largos vellos castaño claro que tenía la soviética en sus axilas y piernas, y sobre todo, ¡Dios mío!, aquel extraño y fuerte olor que emanaba de su cuerpo, tan parecido a cebolla cocinada en manteca rancia, que casi nos ahogaba en el auto mientras nos dirigíamos hacia la Avenida Kohly, en Nuevo Vedado, donde la esperaba un exquisito buffet, con margaritas sobre el mantel.

No sé si la señora Soloviova aprendió a vestir con buen gusto alguna vez. Sólo sé que el día de la inauguración de la exposición, en aquel salón soberbio del Capitolio, de una belleza impresionante, todas las miradas iban en dirección al vestido escotado de la soviética, con unos inmensos pavos reales de colas abiertas que se bamboleaban sobre un fondo amarillo. Y sin afeitarse.


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