|
HISTORIA
La primera soviética que conocí
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Elena Soloviova se llamaba, o tal vez se llama
-ahora podría tener cerca de cien años-
aquella soviética que jamás he podido
olvidar y que fuimos a esperar al aeropuerto de
La Habana, en abril de 1961 algunos de los que
trabajábamos en la Comisión Nacional
Cubana de la UNESCO.
Para recibirla nos pusimos nuestras mejores ropas.
Raquel Guillén, mi jefa inmediata e hija
del Poeta Nacional, que siempre vestía
como si fuera la Primera Dama del país,
lo mismo un lunes que un viernes sólo para
sentarse en su buró, estaba más
elegante, perfumada y mejor pintada y peinada
que nunca.
Los hombres llevaban saco y corbata, los zapatos
bien lustrados y las medias en combinación
con el color del traje. El chofer lavó
el auto la noche antes y hasta perfume echó
en los asientos de terciopelo para que la soviética
se sintiera bien agasajada.
Como demoraba en llegar el avión, temimos
estrujarnos, y que el ramo de gladiolos que le
llevábamos a la soviética se pusiera
mustio. Raquel fue varias veces al baño
a arreglarse el peinado y el chofer no dejaba
de pasarle el paño al auto para que no
perdiera el brillo. Esperábamos a una persona
importante enviada por el Soviet Supremo a Cuba,
con el fin de asesorar la exposición de
trajes regionales de la URSS, que se inauguró
dos meses después en el Salón de
los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional.
Cuando al fin aterrizó el Aeroflot nos
embargó la sensación de que no lucíamos
dignos de tan esperada comitiva. De pie ante la
escalerilla del avión no lográbamos
saber quién era la señora Soloviova
entre los que comenzaban a bajar. La imaginábamos
la mujer más distinguida, de elegancia
perfecta, puesto que era la directora del Instituto
de Modas de Moscú.
Cuando alguien nos presentó a la soviética,
todos seguramente recibimos la misma extraña
e inesperada impresión y el mismo jarro
de agua fría en la cabeza.
Elena Soloviova era una mujer de aspecto campesino,
corpulenta, sin una gota de pintura en el rostro
y de cabellos descuidados. Su vestido era una
verdadera pesadilla. El fondo era de un color
azul añil claro, y su estampado se componía
de grandes flores coloradas rodeadas de hojas
verde esmeralda, con un diseño muy ajustado
al cuerpo, de moda en Cuba por los primeros años
de la década del cincuenta, y unos zapatos
de corte bajo llamados ballerinas, de la misma
época.
Cuando nos sonrió, descubrimos que le
faltaban algunos dientes. Entonces no nos quedó
otro remedio que pensar que Elena Soloviova era
una comunista que ponía sus ideas muy por
encima de las frivolidades del buen vestir, y
hasta de la mejor sonrisa, y nosotros un atajo
de trasnochados pequeños burgueses incapaces
de apreciar su sencillez, exenta de artificios.
A mí, sinceramente, lo que más
me consternó fueron los largos vellos castaño
claro que tenía la soviética en
sus axilas y piernas, y sobre todo, ¡Dios
mío!, aquel extraño y fuerte olor
que emanaba de su cuerpo, tan parecido a cebolla
cocinada en manteca rancia, que casi nos ahogaba
en el auto mientras nos dirigíamos hacia
la Avenida Kohly, en Nuevo Vedado, donde la esperaba
un exquisito buffet, con margaritas sobre el mantel.
No sé si la señora Soloviova aprendió
a vestir con buen gusto alguna vez. Sólo
sé que el día de la inauguración
de la exposición, en aquel salón
soberbio del Capitolio, de una belleza impresionante,
todas las miradas iban en dirección al
vestido escotado de la soviética, con unos
inmensos pavos reales de colas abiertas que se
bamboleaban sobre un fondo amarillo. Y sin afeitarse.
|