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SOCIEDAD
Maggy y las mascotas
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
A Maggy la conocí en la tienda de las mascotas
de la calle Galiano, en Centro Habana. La propietaria
de la tienda es una mulata gorda de mediana edad
que parece salida de una estampa de Landaluce.
Se trata de la única tienda de ese género
particular en La Habana y, presumiblemente, en
el país. Tiene poco en común con
otras de ese tipo propiedad del dueño de
todo, es decir: el estado.
El lugar es quizás el más acogedor
de la ciudad. Siempre está lleno de un
tipo muy especial de eventuales clientes. Se trata
de niños que llegan del barrio y de otras
localidades. Mientras unos se detienen en las
aves, otros lo hacen en los roedores, en los reptiles
o en los mamíferos, que son los más
solicitados.
Como dijera el Dios de Bronce de la Literatura
norteamericana, se trata de "Un lugar limpio
y bien iluminado", purificado con la presencia
de seres muy importantes: niños en contacto
directo con mascotas para todos los gustos y expectativas.
A Maggy la conocí en la jaula de los cachorros.
Se trata de una sección que contaba esa
mañana de domingo con cachorritos pequeñitos
de Labrador, Pastor Siberiano, Cocker Spaniel,
Doberman y Pastor Alemán, entre otros.
Maggy "conversaba" con un cachorro
de Labrador dorado. Ambos tenían sus naricitas
pegadas a través del alambre de la jaula.
El Labrador sacaba la lengua para pasarla por
la nariz de Maggy y Maggy hacía exactamente
lo mismo con el Labrador. ¿Qué pensaría
la mamá de Maggy de todo este asunto? No
lo sé, y es mejor no averiguar.
Con ánimo de provocar, pregunté
a la dueña de la tienda cuánto costaba
exactamente el Labrador dorado. Antes que la mujer
se dispusiera a contestarme, con la calma y el
amor, propios de las mulatas gordas y cuarentonas
de Centro Habana, Maggy lo hizo:
- Mi papá viene hoy a traerle dinero a
mi abuela para la casa y a comprarme a Rocky.
- ¿Se llama Rocky? No sabía que
tuviera nombre. Y cómo
Maggy me interrumpió y aproveché
para preguntarle su nombre. Me dijo que se llamaba
Maggy y que tenía ocho años. Que
cumpliría nueve antes que se reiniciaran
las clases en septiembre y que por tanto, podía
decir que ya tenía nueve años.
Maggy es una gordita trigueña y achinada,
simpática y locuaz. Tenía un peinado
medieval un poco largo, le caían greñas
sobre los ojos. Me dijo que su papá era
músico y tocaba violín. Estaba para
"afuera", habló con él
por teléfono y le prometió que en
cuanto llegara comprarían el cachorro de
Labrador, que costaba la astronómica suma
de 30 cuc.
Cuando le comenté que su mamá estaría
contenta por su llegada, se le ensombreció
la carita. Dijo que cuando su papá llegaba
para dar dinero a "la casa", la mamá
permanecía en su cuarto. La abuela le daba
café y refresco, y ellos salían
a pasear. En ocasiones iban a la playa con compañeras
de su papá.
Por supuesto que me dirigí a la dueña
del establecimiento, porque quería saber.
Le pregunté si no le molestaban tantos
niños haciendo preguntas a la vez y comprando
poco. Sonrió y me dijo que no. Siempre
alguno compra algo. Si no lo hace hoy lo hará
mañana, yo no estoy apurada. "Los
niños le dan aché a esto",
concluyó.
Me marché del lugar con un estado de ánimo
mejor que cuando entré, lo hice con Maggy.
Caminamos por Galiano en dirección a la
calle Zanja. Me explicó que en septiembre
comenzará sus clases en el Conservatorio.
Cuando le pregunté si estudiaría
violín como su papá, me aclaró
que no estudiaría violín como su
papá ni piano como su mamá. Aunque
para empezar, tendrá que estudiar piano.
Todo el que empieza tiene que hacerlo, aclaró.
Maggy me dijo que estudiaría violonchelo.
Cuando empiece el instrumento su papá le
traerá uno bueno, "de afuera".
Nos despedimos a la altura de la calle Dragones.
Maggy salió saltando y corriendo en dirección
a su casa y yo conseguí sentirme mejor
persona. Lo hicieron posible una niña gordita
y vivaz de ocho, perdón, nueve años
y una maravillosa y mágica tienda de mascotas
en Galiano, en Centro Habana.
jgonzafeb@yahoo.com
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