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CORRUPCION
Burocracia y corrupción
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
En el making elaborado por la revista Perspectiva
en su número 9 de 2006, Cuba aparece en
el lugar 20 entre 23 naciones del continente.
El índice de libertad económica
de Heritage Foundation, uno de los utilizados
en la confección del ranking, utiliza diez
indicadores: Política comercial, presión
fiscal, intervención estatal, política
monetaria, inversión extranjera, banca
y finanzas, precios y salarios, derechos de propiedad,
regulaciones y mercado informal.
En este análisis voy a referirme a algunos
de ellos. Dedicaré, por su importancia
para comprender la situación real de Cuba,
un breve espacio a otros índices utilizados
para ponderar el desempeño por países:
Indice de percepción de la corrupción
e Indice de eficacia gubernamental.
Cuba vive desde hace 47 años bajo un régimen
totalitario. En Cuba todo pertenece al Estado.
Nadie es dueño de nada. Usted recibe su
vivienda en usufructo, el campesino la tierra
en usufructo, el auto que se entrega -como un
gran favor- a algunas personas cercanas al gobierno,
y en otras épocas a obreros muy destacados,
se le vende a ese ciudadano, pero el Estado se
abroga el derecho de disponer de esa propiedad
a su antojo. Usted no puede comprar o vender un
auto. El derecho sagrado a la propiedad es un
sueño.
En el país no existe una verdadera política
de precios. Los precios de los artículos
se fijan a capricho de la burocracia estatal,
sin seguir para nada criterios mercantiles o estudios
de ninguna clase. Pueden ser variados de la noche
a la mañana por interés de la nomenclatura
o por intereses vinculados a la política.
Un ejemplo de ello fue cuando se decidió
subir el precio de los productos que se venden
en las tiendas en divisas para castigar al dólar
y a los llamados nuevos ricos, hace aproximadamente
un año, triplicándose y hasta quintuplicándose
arbitrariamente.
La primera norma de justicia en las relaciones
laborales es el salario. En Cuba, como en todo
sistema totalitario, el Estado se apropia de la
mayor parte del fruto del trabajo, con la justificación
de asegurar una mejor distribución y garantizar
la seguridad social. Cuestión que queda
a un nivel de abstracción imposible de
ponderar.
La existencia de un empleador único dificulta
los mecanismos naturales de la economía,
y niega el derecho a escoger entre varios empleadores,
formas de pago y condiciones laborales. Es común
escuchar en Cuba, en forma de broma: "Yo
hago como que trabajo y el Estado hace como que
me paga".
La deleznable práctica de contratación
empleada por las empresas mixtas convierte al
trabajador en esclavo de esas empresas, donde
no dispone de los más elementales derechos.
La parte contratante paga el salario al Estado
en moneda convertible, y éste paga el salario
a los trabajadores de esas empresas en moneda
nacional, a un por ciento que no cubre ni la décima
parte de lo que los inversionistas extranjeros
pagan. Un verdadero negocio.
La mayoría de los cubanos tienen dos empleos.
Uno, el que tiene el Estado, y otro en el sector
informal, donde se completan los ingresos necesarios
para subsistir. Para muchos, es en esa jornada
en el sector informal donde obtienen la mayor
parte de los ingresos.
La transparencia es una virtud primordial en
cualquier organismo social. Cuando no hay transparencia,
cualquier instancia que sea necesita la represión,
para mantener la gobernabilidad necesaria y conservar
ciertos niveles de funcionalidad.
La falta de transparencia genera barreras, crea
desconfianza y empobrece el pensamiento y la creatividad.
En Cuba impera el secreto, la falta de información
sobre la gestión de los gobernantes y de
los empresarios. Irradia a todos los sectores
del organismo social, generando defensas y paralizando
la creatividad.
La burocracia se cuida de guardar bien su gestión
de las miradas indiscretas. Esa es la fuente de
su poder, el secretismo más absoluto. Según
Parkinson, "el número de funcionarios
crece a razón inversa al trabajo a realizar,
derrochando recursos". La burocracia castrista,
totalmente subordinada al poder central, ha crecido
proporcionalmente al crecimiento de las crisis
y al fracaso de los distintos proyectos económicos
experimentados durante 47 años de revolución,
desde el estalinista, el desarrollismo guevarista-maoísta,
el CAME o la más pura utopía fidelista.
Una sociedad muy regulada como la nuestra, muy
intervenida con normas y reglamentos, es caldo
de cultivo de la ineficiencia y de la corrupción.
Aduaneros, policías, funcionarios de diferentes
niveles, mal remunerados, dotados de cierto poder,
caen con facilidad en conductas corruptas.
La corrupción es un mal que está
presente en el mundo entero. A diario se publican
noticias sobre hechos y actividades de corrupción
en diversos países.
¿Qué es la corrupción? Para
poder analizarla es preciso identificarla primero.
Según Alain Etchegoyen, de la Universidad
de Bruselas, "en la transformación
de un intercambio no mercantil en un intercambio
mercantil, y se localiza siempre en relación
con un poder cualquiera". De modo que cada
vez que alguien aprovecha su posición empresarial
o política o social para negociar influencias,
privilegios, para mercantilizar relaciones para
enriquecerse o para lograr determinados privilegios
o prebendas, estamos en presencia de la corrupción.
Según el profesor Luis Caramés,
"la benevolencia de la burocracia y la corruptibilidad
del sistema están relacionadas con el grado
de intervencionismo público en la sociedad".
Para muchos estudiosos del fenómeno de
la corrupción en Cuba, es fruto de la enfermedad
del socialismo decadente. Esto no deja de ser
verdad, pero en Cuba revolucionaria siempre ha
existido la corrupción, empezando por la
política, donde se corrompen los objetivos
y verdaderos fines del poder, sus métodos
y su ejercicio legítimo en bien de los
ciudadanos. Es una corruptibilidad nacida de la
misma esencia intervencionista del sistema.
La raíz de la corrupción en la
isla está dada en la injusticia de los
mecanismos económicos, en la estrangulación
del mercado lícito que abre las puertas
al mercado ilícito. Está en la insuficiencia
de los salarios de los trabajadores, en la deficitaria
oferta de productos básicos y otros que
no están al alcance de la mayoría
de la población, la falta de transparencia
económica y política, en la existencia
de figuras delictivas que en cualquier otro sistema
jurídico no lo son. La raíz de la
corrupción es además de carácter
ético, y en eso juegan un papel fundamental
la familia, la escuela y la sociedad civil.
Una afirmación hecha recientemente por
el propio máximo líder en uno de
sus interminables intervenciones televisivas habla
por sí sola: "En Cuba los que mejor
viven son los que menos trabajan".
Los daños de la corrupción son
incalculables y sólo pueden cuantificarse
a la luz de los años. Como bien señala
Dagoberto Valdés, director del Centro Cívico
y Religioso de Pinar del Río y de la revista
Vitral, "el primer paso contra la corrupción
es identificarle en su esencia", comprender
su causa, conocer su intríngulis, y continúa
Dagoberto: "La transparencia es el arma más
eficaz y preventiva contra la corrupción.
Hacer visibles, públicas y comprobables
todas las cuentas, finanzas y negocios de las
empresas estatales, instituciones públicas
y de gobierno". Esto es completamente cierto,
pero para eso habrá que cambiar el actual
sistema político, habrá que reconstruir
la república democrática. Sólo
en democracia podremos comenzar a ganar esta batalla.
Se necesita paciencia histórica y una gran
perseverancia y fe en los valores humanos.
La formación de valores y principios morales
capacita a las personas para enfrentar la prevaricación.
Recuperar la dimensión espiritual del hombre,
abandonada por un proyecto que la olvidó
y desestimó, que puso en primer lugar el
materialismo y echó a un lado la subjetividad
humana.
El reto es curar el alma, como bien dice Dagoberto
Valdés en uno de los editoriales de Vitral:
"...rescatar y curar el alma dañada
por el materialismo y por el ateísmo filosófico
o práctico. Curar con eticidad y espiritualidad.
Curar y cultivar el alma de las personas".
Pero, sobre todo, poner fin al régimen
que niega la libertad, al sistema que ha sido
causa del desastre nacional.
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