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CULTURA
Eligiendo qué canta el Benny
Luís Cino
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) -
Este año hubiera cumplido 87 agostos. Una
inoportuna cirrosis hepática le arrebató
a los cubanos las barbaridades que hacia con el
ritmo. Le dejó a otro la encomienda difícil
de escribir en canciones las penas de amor de
sus compatriotas.
Era 1963. Decían que el son se estaba
yendo de Cuba. La Reina Celia, llorando por su
tierra, ya había mudado su trono. El Bárbaro,
cual si el mundo no se cayera a pedazos, seguía
timoneando su banda gigante con su bastón
y tiraba otro pasillo. Bailando tan bueno como
Castellanos. Presuntuoso, con todas las razones
del universo, nos ponía a nosotros a elegir
qué cantaba él.
Sigo eligiendo los boleros. Son una buena razón
para saberse vivo, con las penas que implica vivir
para, incluso, sentir nostalgia por lo que no
se vivió. Después de todo, el amor
y sus dolores no han cambiado tanto en estos tiempos.
Para muchos jóvenes de hoy el Benny será
poco más que una película y un puñado
de canciones de su banda sonora. Igual ocurrió
a otros hace unos años con Los Zafiros.
Para ellos, el cuarteto siempre será Locura
Azul y sus canciones, pero no las nostalgias de
las noches habaneras que ya no son.
Con unas cuantas canas, pero no las suficientes
para haberlo disfrutado alguna vez en el Alí
Bar, tengo el privilegio de, además de
elegir que cante siempre los boleros como sólo
él sabe hacerlo, escoger el Benny que me
gusta recordar.
Puede ser el de un viejo material de la televisión
cubana con fallas técnicas. Los atriles
de la Banda Gigante anunciaban Jupiña.
Benny, con sombrero alón y bastón,
saco largo y batahola, como para crear el mundo,
abría los brazos a los metales, mientras
el piano iniciaba el tumbao. Bailando sabroso
pasaba por Vertientes, Camagüey, Florida
y Morón. Mezcla de guajiro, chuchero y
genio. Sin partituras. Libre.
Fue el que puso los sonidos de mi niñez
en la boca de una victrola. Llegaban a mi casa
desde el bar de la esquina. Una Santa Bárbara
que entonces se me antojaba inmensa, rodeada de
balas y manzanas californianas, escuchaba atenta
las confesiones amargas, con olor a cerveza, de
cornudos y soldados rebeldes que iniciaban la
cuesta de la desilusión.
Acaso la voz de Benny me llega a través
del radio del Chevrolet de 1956, blanco y verde,
de mi tío Raúl, que me enseñó
a nadar.
Puede que salga por las bocinas del veterano
tocadiscos RCA de mis abuelos, mientras se cocinaba
el arroz con pollo o los espaguetis. Un Día
de las Madres o un domingo cualquiera. No estoy
seguro. Sólo sé que aún mi
familia era una sola y era feliz.
Me da gusto evocar así a Benny. Elijo
yo que canta él. Siempre serán boleros.
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