PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 14, 2006

SOCIEDAD
Tabaco

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubanet.org) - Aunque se llama Leopoldo, todos lo conocen por Tabaco. Desde muy joven tiene la costumbre de encender el tabaco, fumarlo un poco, y ya apagado, mantenerlo en la boca horas y horas. Dice que es mejor que estar echando humo como un diablo, llenándose los pulmones de alquitrán, lo mismo que suelta el tubo de escape de un camión.

Tabaco vive en un solar desde que nació hace más de 80 años. No está muy seguro si le dijeron que abrió los ojos por primera vez cuando se puso de moda La Chambelona, la conga de los liberales. O cuando el campeón mundial de ajedrez, Emmanuel Lasker, perdió su título ante Capablanca.

De todas formas, está seguro de que tiene más de ochenta y una historia que se las trae. Ha tenido mujeres como un trastornado, más de quince hijos y más de un millón de amigos.

En el barrio Atarés, del municipio Cerro, en Ciudad de La Habana, donde vive desde que aprendió a caminar, lo quieren todos sus vecinos, porque este anciano que asegura puede todavía con su alma, le hace un favor a cualquiera y aconseja a todo el que toca a su puerta.

Vive agradecido de la vida, y sobre todo de dos hijos que residen en Estados Unidos, quienes lo ayudan a mantener siempre en la casa algo de comer.

"Sin ellos me moriría de hambre", dice, mientras se ríe de oreja a oreja, como el hombre feliz que dice ser.

Le pregunto por aquéllos que lo rodean y mira el techo, pensando. Se quita el tabaco de los labios y me responde:

"Mis vecinos están sufriendo mucho, callados, aguantando. El período especial, que se alarga más que una tripa de puerco, está acabando con la gente. A mí me fastidia el corazón ver que los niños se alimentan tan mal. Yo creo que cualquier negro cubano de aquellos trágicos años de la esclavitud se alimentaba mejor que los cubanos de hoy. Sinceramente. Hoy Cuba está peor, mucho peor. No importa que la prensa escriba lo contrario de nuestro presente, un presente que está ante los ojos de todos. La gente vive muy mal y el que vive algo mejor que el resto de la gente es porque la familia de afuera lo ayuda".

Con su mirada penetrante me mira como si quisiera descubrir mis pensamientos. Le da una chupada al mocho de tabaco que tiene entre los dedos y me pregunta si no soy del "aparato", que es como el pueblo llama a los agentes de la Seguridad del Estado.

"¿Tiene miedo?", le pregunto sonriendo.

"Nada de eso. Yo hablo hasta por los codos. Mucho más cuando aprieto el tabaco con la boca. Le digo la verdad a cualquiera. En mi opinión, estamos mal porque la gente tiene miedo. Oiga, que si se tiraran para la calle cien, doscientas, quinientas personas, reclamando lo que tienen que reclamar: comida, vivienda, transporte, derecho a comprar en las tiendas como Dios manda, sobre todo si se trata de personas que trabajan, que doblan el lomo, otro gallo cantaría".

"¿Qué quiere decir con otro gallo cantaría?"

"¿Que qué quiero decir? ¡No me diga que usted no lo sabe! Pues colorín colorao, que el cuento está acabao".

Tabaco se levanta. Insiste en colar café. Sobre el televisor tiene su radio-grabadora, en una esquina del cuarto un refrigerador moderno, de los que no hacen hielo, una licuadora y un exprimidor de naranjas. Regalos de sus hijos que viven en Tampa.

Se acerca con las tazas y le celebro las bonitas pantuflas que le mandaron la semana pasada. Cuando se sienta de nuevo, después de vaciar su taza, me dice:

"Aunque usted no lo crea, soy el negro que mejor vive en Atarés. Porque como caliente todos los días. No por mi jubilación, claro que no. Esa la uso para las boberías. Para otra cosa no sirve".

Me despido de Tabaco y salgo a la calle. El espectáculo que voy dejando atrás es conmovedor e impresionante: personas en plena calle sin hacer nada, niños jugando con palos y piedras porque no tienen juguetes.

Según la prensa nacional, Atarés tiene una población de 12,352 habitantes. El 50% de sus viviendas son solares, todos en mal estado. En ellos viven más de cinco mil personas, la mayoría ancianos y niños.

Atarés no es la única prueba del fracaso socialista. Es, sin dudas, un barrio más. Uno de los tantos donde el cubano, sobre todo el cubano negro, vive peor que antes.


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