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ECONOMIA
INFORMAL
Inseguridad para los cuentapropistas
Amée Cabrera
LA HABANA, Cuba Agosto - (www.cubanet.org)
- Cada día se convierte en un laberinto
para los trabajadores particulares. Tienen que
pagar altos impuestos al estado y sortear a los
inspectores y policías que decomisan mercancías,
imponen multas, y en el peor de los casos llegan
a un arreglo con los vendedores, que no tienen
apoyo de ningún tipo.
Esta situación la padecen los vendedores
de flores, carniceros de agromercados, comerciantes
de frutas y hortalizas, y los pocos que mantienen
cafeterías y pequeños restaurantes.
Todos son jóvenes. Ninguno quiso dar su
nombre por temor a represalias. A la pregunta
de por qué no buscan un puesto de trabajo
en alguna instancia gubernamental, donde pueden
afiliarse a un sindicado, responden que la mayoría
ha realizado estudios medio-superiores y universitarios,
que pueden optar por una plaza acorde a lo que
estudiaron, pero se quejan de las malas condiciones
en los centros laborales y de los salarios muy
bajos. Tampoco les interesa estar afiliados a
los sindicatos, ya que éstos no defienden
al trabajador y sólo tratan de estar en
buenas con la administración
Un cuentapropista de agradable aspecto y fácil
conversación, universitario, expresa que
la enfermedad de su padre por más de una
década lo llevó a la determinación
de trabajar bajo estas condiciones de inestabilidad
e ilegalidad, porque los vendedores de flores
no tienen el reconocimiento estatal desde el mes
de noviembre de 2005, y por esa razón muchos
han decidido dejar de vender, y otros se arriesgan,
como él, a seguir en el negocio, sin saber
lo que puede suceder mañana.
Asegura que son tantos los inspectores que transitan
a diario por el sitio donde vende las flores,
que pasa toda la jornada atento a quién
será el próximo y qué irá
a hacer en contra de su tranquilidad. Al inspector
que le quiere poner una multa porque hay una hoja
o un pétalo en el suelo, no le interesa
si la calle está llena de papeles porque
el barrendero hace dos días que no pasa.
Otro momento de tensión es cuando finaliza
la jornada laboral y teme le decomisen el dinero
de las ventas del día. Una de las floristas
que más vendía permanece con unas
cuantas flores en la puerta del edificio donde
reside. Los cubos con flores están más
o menos vacíos para que no pesen tanto
si hay que quitarlos de pronto.
El otro entrevistado labora en una tarima de
cárnicos, en la cual se oferta carne de
cerdo. Hasta hace poco trabajó para el
gobierno y reconoce que tenía estímulos
salariales, aunque las condiciones laborales eran
muy malas, y enfermó y fue dado de baja.
Hace dos años está en esta actividad
y opina que cada vez el negocio está peor.
Por una parte, compra la carne casi al precio
que debe venderla, y por esta razón las
ganancias son pocas. Pone como ejemplo que el
lomo o la pierna, de 21 pesos la libra tiene que
venderlo a 25; al igual que la costilla, que compra
a 18 y la vende a 25. Esto lo ayuda al menos a
recuperar la inversión.
Los que fueron hace una década privilegiados
por lo que recaudaban en sus cafeterías
y paladares siguen ofreciendo un servicio de primera,
porque ellos se diferencian de los establecimientos
estatales por la amabilidad, higiene, variedad
en la calidad y cantidad de sus ofertas. Siempre
tienen cambio a la hora del pago. Venden un poco
más caro, pero satisfacen el gusto de los
consumidores.
Una cafetería rústica no es más
que una ventana de una casa humilde que da a la
acera de una calle de cualquier municipio habanero.
A un lado tiene tablillas que anuncian las ofertas
con sus precios, un pequeño cesto afuera
para echar papeles u otros desperdicios. Los vasos
brillan y serán llenados con jugos y batidos
de frutas bien fríos. Algunas personas
esperan por otros alimentos a partir del momento
en que los piden. Para estos pequeños empresarios
no es fácil pagar impuestos y vérselas
con los inspectores, quienes les imponen multas
por cualquier menudencia.
Famosas paladares, pizzerías y cafeterías
que surgieron durante el período
especial, tuvieron que cerrar por esos motivos.
Las que aún quedan se mantienen a base
del sacrificio de sus dueños. Ellos no
se libran del pago de altos impuestos y de las
impertinencias de los inspectores que no se contentan
con merendar y almorzar gratis, solos o acompañados.
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