PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 4, 2006

CULTURA
Aquel punto negro de Neruda

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba – Agosto (www.cubanet.org) - En julio de 1940 el poeta Pablo Neruda se moría de ganas por viajar a Cuba. Así dejó dicho en una carta enviada desde México, donde era cónsul, a Juan Marinello, líder de los comunistas cubanos.

Sin embargo, dos años más tarde fue el católico José María Chacón y Calvo quien oficialmente invitó al poeta chileno a visitar La Habana, en los momentos precisos en que Fulgencio Batista era nombrado general de Ejército y el Morro y el litoral habanero permanecían a oscuras debido a la amenaza de bombardeo naval por parte de los alemanes.

Durante su estancia en Cuba el autor de Crepusculario ofreció numerosas conferencias en la Academia Nacional de Artes y Letras y según escribieron sus amigos hasta tuvo oportunidad de recoger caracoles y conchas cubanas para su colección privada.

Neruda hizo dos visitas más a La Habana: en 1949 y 1950. La última fue en diciembre de 1960, invitado por Casa de las Américas para que leyera su libro Canción de gesta, posiblemente su libro de más baja calidad literaria, donde califica a nuestro José Martí como una almendra pura y al gobernante cubano le trae una buena copa de vino chileno.

Fue el primer poeta que ante un millón de personas, en la Plaza de la Revolución, leyó su Canto a Fidel, a pesar de que dos poetas cubanos, Francisco Riverón Hernández y Carilda Oliver Labra, silenciados entonces, habían escrito desde la etapa insurreccional.

Pero Neruda, como tantos otros escritores de fama internacional, no regresó más a la Mayor de las Antillas. No sabemos si al morir, en 1973, también se moría de deseos de visitarla de nuevo

De tal manera se divorció el poeta chileno del gobierno cubano, sus instituciones, y funcionarios de la cultura, que lo dejó escrito en sus memorias publicadas Confieso que he vivido. Como unos años antes nada quería saber de Juan Ramón Jiménez. Hasta el día último de su vida no perdonó a Nicolás Guillén, a Roberto Fernández Retamar y a la mayoría de los miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba que en 1966 le dirigieron una carta pública cuestionándole su trabajo como experimentado diplomático y militante comunista.

Nicolás Guillén tampoco perdonó al Premio Nobel. Con sarcasmo llamaba a sus memorias Confieso que he bebido y en broma él mismo se decía “el malo Guillén”, como lo inmortalizó el chileno.

Hace muchos años que trato de comprender a los comunistas y no lo logro. Sobre todo a ésos que compran casas de campo en distintos lugares del mundo, como Neruda, García Márquez y otras hierbas y viven como grandes burgueses, o esos políticos que por ser precisamente comunistas se aferran al poder de la gran y dulce vida como el macao a la concha y se dicen enemigos de la buena vida de los demás.

En sus memorias Neruda escribió: “Un punto negro, un pequeño punto negro dentro de un proceso, no tiene importancia en el contexto de una causa grande”. Se refería a la carta que le enviaron los intelectuales cubanos reprochándole haber aceptado una visa para viajar a Nueva York y Washington, puesto que, según el contenido de la misiva, fue utilizado, algo que no permitió el francés surrealista de izquierda Jean Paul Sastre.

¿Acaso se sintió ofendido el diplomático y viejo comunista cuando fue acusado por los nuevos comunistas cubanos de dejarse utilizar?

Digo y repito que no entiendo a estos políticos que se hacen llamar marxistas-leninistas, mientras construyen sociedades para disfrute de una nueva clase: la suya. Pienso como Vargas Llosa: me quedo mejor con la peor de las democracias, que con la mejor de las dictaduras.

Ni con las luces del tiempo logro comprender quién tuvo la razón ante aquel punto pequeño y negro, si el poeta comunista o los comunistas que escribieron una carta contra el poeta. Son demasiados los puntos negros de esta causa grande que sus principales protagonistas llaman Revolución en vez de dictadura.

Por eso es mejor no entender a estos nuevos señores. Son excesivamente complicados a la hora de perder los estribos de tanta demagogia que padecen. Es mejor esperar pacientemente a que desaparezcan de la faz de la tierra, para que todos podamos respirar con libertad.


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