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CULTURA
Aquel punto negro de Neruda
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba Agosto (www.cubanet.org)
- En julio de 1940 el poeta Pablo Neruda se moría
de ganas por viajar a Cuba. Así dejó
dicho en una carta enviada desde México,
donde era cónsul, a Juan Marinello, líder
de los comunistas cubanos.
Sin embargo, dos años más tarde
fue el católico José María
Chacón y Calvo quien oficialmente invitó
al poeta chileno a visitar La Habana, en los momentos
precisos en que Fulgencio Batista era nombrado
general de Ejército y el Morro y el litoral
habanero permanecían a oscuras debido a
la amenaza de bombardeo naval por parte de los
alemanes.
Durante su estancia en Cuba el autor de Crepusculario
ofreció numerosas conferencias en la Academia
Nacional de Artes y Letras y según escribieron
sus amigos hasta tuvo oportunidad de recoger caracoles
y conchas cubanas para su colección privada.
Neruda hizo dos visitas más a La Habana:
en 1949 y 1950. La última fue en diciembre
de 1960, invitado por Casa de las Américas
para que leyera su libro Canción de gesta,
posiblemente su libro de más baja calidad
literaria, donde califica a nuestro José
Martí como una almendra pura y al gobernante
cubano le trae una buena copa de vino chileno.
Fue el primer poeta que ante un millón
de personas, en la Plaza de la Revolución,
leyó su Canto a Fidel, a pesar de que dos
poetas cubanos, Francisco Riverón Hernández
y Carilda Oliver Labra, silenciados entonces,
habían escrito desde la etapa insurreccional.
Pero Neruda, como tantos otros escritores de
fama internacional, no regresó más
a la Mayor de las Antillas. No sabemos si al morir,
en 1973, también se moría de deseos
de visitarla de nuevo
De tal manera se divorció el poeta chileno
del gobierno cubano, sus instituciones, y funcionarios
de la cultura, que lo dejó escrito en sus
memorias publicadas Confieso que he vivido. Como
unos años antes nada quería saber
de Juan Ramón Jiménez. Hasta el
día último de su vida no perdonó
a Nicolás Guillén, a Roberto Fernández
Retamar y a la mayoría de los miembros
de la Unión de Escritores y Artistas de
Cuba que en 1966 le dirigieron una carta pública
cuestionándole su trabajo como experimentado
diplomático y militante comunista.
Nicolás Guillén tampoco perdonó
al Premio Nobel. Con sarcasmo llamaba a sus memorias
Confieso que he bebido y en broma él mismo
se decía el malo Guillén,
como lo inmortalizó el chileno.
Hace muchos años que trato de comprender
a los comunistas y no lo logro. Sobre todo a ésos
que compran casas de campo en distintos lugares
del mundo, como Neruda, García Márquez
y otras hierbas y viven como grandes burgueses,
o esos políticos que por ser precisamente
comunistas se aferran al poder de la gran y dulce
vida como el macao a la concha y se dicen enemigos
de la buena vida de los demás.
En sus memorias Neruda escribió: Un
punto negro, un pequeño punto negro dentro
de un proceso, no tiene importancia en el contexto
de una causa grande. Se refería a
la carta que le enviaron los intelectuales cubanos
reprochándole haber aceptado una visa para
viajar a Nueva York y Washington, puesto que,
según el contenido de la misiva, fue utilizado,
algo que no permitió el francés
surrealista de izquierda Jean Paul Sastre.
¿Acaso se sintió ofendido el diplomático
y viejo comunista cuando fue acusado por los nuevos
comunistas cubanos de dejarse utilizar?
Digo y repito que no entiendo a estos políticos
que se hacen llamar marxistas-leninistas, mientras
construyen sociedades para disfrute de una nueva
clase: la suya. Pienso como Vargas Llosa: me quedo
mejor con la peor de las democracias, que con
la mejor de las dictaduras.
Ni con las luces del tiempo logro comprender
quién tuvo la razón ante aquel punto
pequeño y negro, si el poeta comunista
o los comunistas que escribieron una carta contra
el poeta. Son demasiados los puntos negros de
esta causa grande que sus principales protagonistas
llaman Revolución en vez de dictadura.
Por eso es mejor no entender a estos nuevos señores.
Son excesivamente complicados a la hora de perder
los estribos de tanta demagogia que padecen. Es
mejor esperar pacientemente a que desaparezcan
de la faz de la tierra, para que todos podamos
respirar con libertad.
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