PRENSA INDEPENDIENTE
Agosto 1, 2006

ECONOMIA INFORMAL
Una mañana de verano

Aimée Cabrera

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El día resultó interesante. A las seis de la mañana me levanté para realizar las primeras faenas.

Una vez que logré salir del laberinto en que se convierte el no tan dulce hogar a la hora de marcharse, salí a la calle bajo las altas temperaturas reinantes. Algunos establecimientos comenzaban a abrir, mientras la panadería que vende el antipan nuestro de cada día ya estaba en actividad.

Recostada al mostrador estaba la dependienta con cara de pocos amigos, acompañada por sus inseparables radio y ventilador destartalados. Pero faltaban dos personajes queridos por todos: los dos ancianos. Uno de ellos, negro, vende mantequilla casera a precio módico, bien envuelta; el otro, blanco, oferta jabas de nylon de las que a veces no se encuentran en las tiendas para empacar las mercancías.

Cuando los veo uno al lado del otro, tan campechanos y respetuosos, saludando a sus paisanos, vendiendo o comentando la última del barrio, me recuerdan la canción Ébano y Marfil, que tanto gustó hace un par de décadas.

Hoy no estaban, y se me ocurrió preguntarle a la dependienta, que me señaló con un gesto de la mano al policía que caminaba por la acera. No habló, pero con su mirada quiso decirme que hoy todo el mundo estaría “quieto en base”.

Por tal motivo no pude comprar una jaba para hacer mandados ni un poco de harina de trigo a uno de los panaderos. Cuando salí no había nadie por los alrededores, ni la viejita que vende café detrás de una escalera, ni los que venden los cigarrillos o el café que les toca por la cuota normada.

Hasta los almendrones pasaban veloces, sin parar. La zona se ha convertido en un punto malo de venta, ya que la policía tiene un local en posición muy estratégica, y los ancianos no saben qué hacer. Tampoco los vecinos de pocos recursos, acostumbrados a comprar los productos de estos vendedores antes de ir a la tienda.

Algunos agentes les advierten que no pueden realizar esta actividad, aunque ha habido casos en que han tenido que pagar multas, o les han decomisado los artículos. A estas alturas se conoce cuándo el policía es buena gente y cuándo hay que desaparecer.

De todas formas, las dos viejitas hermanas prefieren vender menos, pero con más seguridad, en la puerta de su casa. Un anciano que vende periódicos va arrastrando los pies, sin bastón, con su carga en una jaba de tela de color indefinido. Prefiere caminar unas cuadras más arriba, y vender con tranquilidad. Así, cada anciano va buscando su propia solución.

No he llegado aún a la esquina, y una señora se me acerca para indicarme dónde viven Ebano y Marfil. Ella se sabe de memoria la dirección, y más que decirla la grita, como para que la oyeran todos los que pasaban por esa calle con la misma intención.

En situaciones como ésta se siente la solidaridad con sabor a confabulación que existe en la vida cotidiana de los vecinos, residentes en cualquier municipio de la capital.


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