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ECONOMIA
INFORMAL
Una mañana de verano
Aimée Cabrera
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - El
día resultó interesante. A las seis
de la mañana me levanté para realizar
las primeras faenas.
Una vez que logré salir del laberinto
en que se convierte el no tan dulce hogar a la
hora de marcharse, salí a la calle bajo
las altas temperaturas reinantes. Algunos establecimientos
comenzaban a abrir, mientras la panadería
que vende el antipan nuestro de cada día
ya estaba en actividad.
Recostada al mostrador estaba la dependienta
con cara de pocos amigos, acompañada por
sus inseparables radio y ventilador destartalados.
Pero faltaban dos personajes queridos por todos:
los dos ancianos. Uno de ellos, negro, vende mantequilla
casera a precio módico, bien envuelta;
el otro, blanco, oferta jabas de nylon de las
que a veces no se encuentran en las tiendas para
empacar las mercancías.
Cuando los veo uno al lado del otro, tan campechanos
y respetuosos, saludando a sus paisanos, vendiendo
o comentando la última del barrio, me recuerdan
la canción Ébano y Marfil, que tanto
gustó hace un par de décadas.
Hoy no estaban, y se me ocurrió preguntarle
a la dependienta, que me señaló
con un gesto de la mano al policía que
caminaba por la acera. No habló, pero con
su mirada quiso decirme que hoy todo el mundo
estaría quieto en base.
Por tal motivo no pude comprar una jaba para
hacer mandados ni un poco de harina de trigo a
uno de los panaderos. Cuando salí no había
nadie por los alrededores, ni la viejita que vende
café detrás de una escalera, ni
los que venden los cigarrillos o el café
que les toca por la cuota normada.
Hasta los almendrones pasaban veloces, sin parar.
La zona se ha convertido en un punto malo de venta,
ya que la policía tiene un local en posición
muy estratégica, y los ancianos no saben
qué hacer. Tampoco los vecinos de pocos
recursos, acostumbrados a comprar los productos
de estos vendedores antes de ir a la tienda.
Algunos agentes les advierten que no pueden realizar
esta actividad, aunque ha habido casos en que
han tenido que pagar multas, o les han decomisado
los artículos. A estas alturas se conoce
cuándo el policía es buena gente
y cuándo hay que desaparecer.
De todas formas, las dos viejitas hermanas prefieren
vender menos, pero con más seguridad, en
la puerta de su casa. Un anciano que vende periódicos
va arrastrando los pies, sin bastón, con
su carga en una jaba de tela de color indefinido.
Prefiere caminar unas cuadras más arriba,
y vender con tranquilidad. Así, cada anciano
va buscando su propia solución.
No he llegado aún a la esquina, y una
señora se me acerca para indicarme dónde
viven Ebano y Marfil. Ella se sabe de memoria
la dirección, y más que decirla
la grita, como para que la oyeran todos los que
pasaban por esa calle con la misma intención.
En situaciones como ésta se siente la
solidaridad con sabor a confabulación que
existe en la vida cotidiana de los vecinos, residentes
en cualquier municipio de la capital.
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