PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 30, 2005
 

SOCIEDAD
Los sistemas totalitarios: legitimidad y autoridad

Raúl Soroa

El más fuerte nunca es bastante fuerte como para ser siempre el amo, a menos que transforme la fuerza en derecho y la obediencia en deber". Rousseau

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - En el pasado, la tradición, la religión y el derecho divino proporcionaban legitimidad a los reyes. En los tiempos modernos la legitimidad de un gobierno, de una autoridad, está dada por la elección competitiva, abierta y libre de esa autoridad o autoridades, por las personas gobernadas por ellos. En resumen, por la democracia.

El sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) presentó tres categorías de autoridad:

Autoridad tradicional: Sistema político basado en la tradición, las costumbres y las prácticas aceptadas. Ejemplo: monarquía.

Autoridad legal-racional: Es el poder legitimado por la ley. En estos sistemas los ciudadanos obedecen no a una persona, sino a principios racionalmente concebidos. El poder pertenece al cargo, no al individuo. Cuando es obvio que un gobernante se excede en el empleo del poder inherente a su cargo, su autoridad es ilegítima.

Autoridad carismática: La autoridad carismática se hace legítima por medio de las extraordinarias características personales que el pueblo ve en un individuo. Por ser tan personal, tiene que buscar la manera de perpetuar su legitimidad por otros medios o muere con el individuo que la posee.

Las fuentes fundamentales de legitimidad pueden ser:

Por hechos y resultados: Legitimidad que el gobierno deriva por proveer al pueblo de lo que quiere. Cuando el gobierno puede proveer, su legitimidad crece; cuando no puede, disminuye a los ojos del pueblo. Tiene su lado negativo. Mussolini secó pantanos, levantó monumentos, hizo eficientes los ferrocarriles, combatió la delincuencia organizada. Al mismo tiempo, quitó al pueblo italiano sus derechos. No obstante, el pueblo le apoyaba, porque "satisfacía sus necesidades".

Por costumbre: La legitimidad también se puede derivar de la costumbre. Si un gobierno ha estado mucho tiempo en el poder, normalmente el pueblo lo acepta, a no ser que aparezca una alternativa más atractiva.

Por razones étnicas, históricas o religiosas: Si un pueblo se identifica con el gobierno por razones étnicas, históricas o religiosas, este hecho también puede otorgarle legitimidad.

Legitimidad procesal: Es la que obtiene un gobierno por haber seguido una serie de procedimientos confiables durante su fundación. Los procedimientos electorales en las democracias son, en gran parte, lo que otorga al gobierno legitimidad.

Los problemas de legitimidad de los regímenes autoritarios varían según su naturaleza. En las llamadas "democracias populares" de Europa del Este, donde el socialismo y su sistema de partido único fueron impuestos por fuerzas externas, los regímenes pudieron utilizar la ideología, pero el nacionalismo fue una fuente constante de inestabilidad. La apelación a la ideología comenzó a entrar en crisis cuando la burocracia del Estado se estancó, la economía, producto de la aplicación de modelos ajenos a la realidad de esos países, comenzó a declinar y entró en franco retroceso. La ideología no pudo desarrollar una legitimidad basada en su actuación en el terreno socioeconómico.

Aquí vale el caso señalar una diferencia importante. Una cosa es un gobierno autoritario, y otra el totalitarismo o gobierno totalitario.

Los regímenes totalitarios se definen por la existencia de un partido único, generalmente dirigido por un solo hombre, una policía secreta poderosa y omnipresente, una ideología muy desarrollada que sostiene un ideal de sociedad que el movimiento totalitario se compromete a realizar, y la penetración y control por parte del gobierno de las comunicaciones de masa, de todas las organizaciones sociales y de masas y de la economía. Los gobiernos autoritarios tradicionales se caracterizan por la existencia de un único líder o pequeño grupo de líderes, ningún partido o uno débil, ninguna movilización de masas, mentalización, pero no una ideología, gobierno limitado, pluralismo limitado y ningún esfuerzo por reformar la sociedad.

La legitimidad de los regímenes totalitarios decae en cuanto se agotan las opciones, se incumplen las promesas y avanzan las frustraciones. La ausencia de mecanismos de autorenovación erosiona la legitimidad. Este problema es más significativo en las dictaduras personalistas, como en el régimen castrista, donde se torna imposible la autorenovación debido a la naturaliza misma del régimen.

En las democracias, la legitimidad de los gobernantes depende de su actuación, de la satisfacción de las expectativas de los votantes. La legitimidad del sistema depende de sus procedimientos, de la calidad de las elecciones. Un gobernante fracasa en su actuar y otro ocupa su lugar. La pérdida de la legitimidad de los gobernantes por su desempeño refuerzas la legitimidad del sistema.

Al enfrentarse al desgaste de su legitimidad, el régimen totalitario puede responder negándose a reconocer su debilitamiento mediante manifestaciones de fuerza de diversa índole, con la esperanza o la convicción de que de algún modo pueden sobrevivir en el poder, lo que le provoca un desgaste mayor y más rápido. Los delirios personales de muchos dictadores alimentan esta tendencia. El régimen puede intentar sobrevivir volviéndose cada vez más represivo. Otra medida puede ser el cambio del máximo líder, como ocurrió en China en 1989. Si la coalición o el grupo gobernante llegan a un acuerdo al respecto pueden retrasar significativamente la llegada del fin.

Para sobreponerse al deterioro, algunos regímenes han intentado tomar medidas democratizantes. Ensayan cierta apertura económica, liberalizan sectores no estratégicos del monopolio estatal, crean cierta apariencia de libertades civiles. Pero por lo general esto les resulta contraproducente. Una vez debilitado someramente el control absoluto, los elementos de la democratización cobran fuerza, aparecen los reformadores que comienzan a dar batalla a los conservadores, y por lo general el régimen siente pánico y se ve ante dos alternativas o regresa a formas de represión abiertas o inicia el tránsito a la democracia.

Cuando el régimen se ve en la necesidad de recurrir a este expediente, queda en medio de la batalla entre reformadores y conservadores. La tendencia reformista por lo general gana partido con suma celeridad, el grupo en el poder puede adaptarse a las nuevas condiciones y utilizar a su favor los cambios para legitimarse. En estos casos, el expediente más utilizado es el cambio del dictador en beneficio del grupo en el poder legitimado por las reformas. Puede suceder que el gobernante, sobre todo en las dictaduras personalistas, como el caso de la cubana, en una situación como la dada en los 90, con la profunda crisis ocurrida a raíz del derrumbe del socialismo real en Europa y sus propios errores internos, busque sostenerse en el poder recurriendo a medidas reformistas. Pero su control sobre el grupo en el poder, una vez salvados los peores momentos o por no haberlos podido salvar, le permite eliminar a los reformistas, aumentar la represión y buscar entonces fuentes nuevas de legitimidad en el nacionalismo y a través de la construcción de hechos y resultados, sobredimensionados por los medios masivos de comunicación, completamente controlados por el Estado. Ejemplo: la prédica del máximo líder cubano sobre los supuestos avances de la economía cubana en los últimos tiempos, su aparición constante en televisión anunciando logros y resultados inexistentes, la promesa de las ollas arroceras, el chocolate, la jarra eléctrica, etc.

El uso eficiente de los medios de comunicación, controlados absolutamente por el Estado totalitario en Cuba crea fuentes de legitimación en la propaganda. La frase nazi de que una mentira dicha cien veces puede llegar a convertirse en verdad, funciona. La autoridad legitimada por los falsos hechos y resultados es un fenómeno que en nuestro país alcanza niveles de especialización difíciles de imaginar en épocas anteriores. Con la llegada de Internet (en Cuba está prohibido el uso de Internet), ese monopolio de la mentira parecía resquebrajarse, pero "sabiamente" utilizado aún rinde no pocos resultados favorables al régimen personalista de Fidel Castro.

En nuestra época, la democratización ha recorrido felizmente el mundo. Impedir que un individuo se perpetúe a la cabeza de un Estado, el pluralismo de partidos y su alternancia en el poder será un bien que definirá la democracia en Cuba, como en el resto del mundo.


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