PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 28, 2005
 

ECONOMIA
Perplejidad agridulce

Ariel Delgado Covarrubias

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - El anuncio de que la industria azucarera cubana disminuirá para su próxima contienda a más de la mitad sus ingenios en activo ha causado consternación en el medio especializado, aunque en la práctica esa reducción ya era operativa por la cantidad de centrales que en la zafra no se ponían en marcha.

En 2002, con la llamada Reestructuración Azucarera, sólo quedaron en activo 71 centrales de los 156 que poseía el país, entonces los más eficientes. Similar situación se presentó con la agricultura cañera, cuya superficie se redujo al 32 % de las tierras existentes, consideradas las de mejores condiciones para ese cultivo. Se pensó que a partir de ese momento se realizarían zafras eficientes con normas similares a los estándares internacionales.

La realidad demostró lo contrario. El mal de la agroindustria sobrepasaba los cálculos más conservadores. La ineficiencia primaba en la producción azucarera, y este paso era de esperar. Ya hoy se plantea producir para garantizar el consumo nacional (unas 700 mil toneladas) y un pequeño excedente para cumplir "compromisos internacionales".

Muchas son las aristas de un posible análisis de esa situación. El azúcar fue la base de la existencia de este pueblo y elemento importante en su cultura por casi tres siglos. Cuba llegó a ser el país mayor exportador del dulce en el mundo. La cultura azucarera cubana llegó a ser modelo y guía para los productores de otros países. Y hoy las propias autoridades la catalogan como la ruina de la economía cubana.

Para la aplicación de tal medida se alega que las condiciones internacionales no favorecen su producción. Es cierto que los precios internacionales del dulce han estado deprimidos por muchos años, pero en la actualidad, por un déficit importante en el mercado mundial, alcanza precios estimulantes. Otro factor que contribuye a su encarecimiento es el valor galopante del combustible. Pero con el apoyo bolivariano Cuba obtiene cantidades significativas del crudo a precios preferenciales.

Y si de combustible se trata, esa industria puede aportar resultados energéticos como ninguna otra en el país. Ya los especialistas han hecho planes para generar energía en los centrales, que de materializarse significarían el equivalente a dos millones de toneladas de combustible anuales, con la ventaja de que la producida en los ingenios es un recurso renovable, ahora que tanto se habla de la búsqueda de esas fuentes ante un futuro no muy lejano de desabastecimiento petrolero por el agotamiento de las fuentes.

En los estudios se ha planteado hasta la posibilidad de moler cañas durante todo el año, incluyendo el cogollo y la paja, para así elevar hasta en un 25 % la capacidad de energía eléctrica entregada. Y si no se obtiene azúcar, se pueden lograr mieles que pueden ser utilizadas en la producción de alcoholes, una fuente alternativa para disminuir el consumo de combustibles fósiles en los automotores y que presenta un futuro indudable para el desarrollo tecnológico de la humanidad.

La caña también contribuiría a la alimentación animal y hasta para mejorar los suelos agotados con la aplicación de los desechos de su producción. Y ya se aplica la obtención del llamado azúcar ecológico y el orgánico, cuyos precios sobrepasan al del crudo en el mercado internacional. En los archivos de los centros de investigaciones de la industria azucarera reposan estudios acerca de la producción de derivados que posibilitarían un valor agregado de gran utilidad. Un ejemplo de ello es el furfural, sustancia de gran demanda internacional que es posible lograr en nuestras industrias.

Otra causa que se alega, y no sin razón, es la adversidad climática que desde hace una década vive el país producto de la sequía. Pero ello es sólo parte de la verdad en ese aspecto. La otra parte es que el gobierno aplicó malas políticas en cuanto al cultivo de la caña. Para producir planes y obtener con ello divisas necesarias, se cortaban hasta retoños, sin que la planta tuviera el debido grado de maduración. La mecanización, que ahorró millones de brazos en las labores de corte y alza de la caña también ha contribuido de manera decisiva a que la tierra se compactara y perdiera fertilidad.

El rendimiento agrícola de las cañas en Cuba equivale a la mitad del promedio internacional. Si bien es cierto que faltaban fertilizantes, herbicidas y otros insumos (hasta el imprescindible combustible) además de los medios de trabajo individuales para la labor, la pérdida fundamental fue la del interés de los cosecheros, con el abandono de las plantaciones debido a sus bajos precios, para dedicarse a otras actividades agrícolas más productivas.

Una causa de la que poco se habla, y a criterio de este especialista tiene lugar prominente, es la descapitalización del sector. En los años 90 se alcanzaron zafras elevadas a costa de sacrificar las futuras, en el afán de disponer de divisas que fueron invertidas en el desarrollo vertiginoso que experimentó el turismo. Sólo una pequeña parte de las ganancias obtenidas por el azúcar se dedicaron a la compra de los insumos necesarios, siempre en cantidades decrecientes.

¿Por qué si en la actualidad el turismo reporta fuertes ingresos hasta convertirse en la segunda fuente de los mismos, no se dedica parte de ellos a salvar la agricultura cañera y con ello beneficiar a miles de hombres que dependían de esa actividad? Sería como el pago de una deuda de gratitud, y con ello se salvaría lo que queda de una cultura azucarera cuya formación costó siglos y ahora se encuentra en franca desaparición.

La decisión de no desmantelar los ingenios paralizados y dedicar sus instalaciones a otras actividades, como la producción de pastas alimenticias, bombones y maíz, parece más una medida de tiempo de guerra que una decisión fundamentada en un serio análisis económico donde se tenga en cuenta la rentabilidad de esas producciones.

Algo similar ocurre con la decisión de dejar desmanteladas las tierras de cañas para dedicarlas a cultivos varios, ganadería y forestales bajo la dirección del Ministerio de la Industria Azucarera. Al carecer de los especialistas necesarios y la cultura imprescindible en la producción de esos rubros, sus futuros resultados económicos prometen ser nada halagüeños.

Se trata de salvar una industria, una cultura y una tradición que le viene al cubano en la sangre y que pese a lo que plantean las autoridades, sí tiene futuro. Eso sí, como en toda empresa económica, requiere de inversiones y la debida estimulación a ese sector de la clase trabajadora cubana que tiene una bella tradición en las luchas patrias.


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