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ECONOMIA
Perplejidad agridulce
Ariel Delgado Covarrubias
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- El anuncio de que la industria azucarera cubana
disminuirá para su próxima contienda
a más de la mitad sus ingenios en activo
ha causado consternación en el medio especializado,
aunque en la práctica esa reducción
ya era operativa por la cantidad de centrales
que en la zafra no se ponían en marcha.
En 2002, con la llamada Reestructuración
Azucarera, sólo quedaron en activo 71 centrales
de los 156 que poseía el país, entonces
los más eficientes. Similar situación
se presentó con la agricultura cañera,
cuya superficie se redujo al 32 % de las tierras
existentes, consideradas las de mejores condiciones
para ese cultivo. Se pensó que a partir
de ese momento se realizarían zafras eficientes
con normas similares a los estándares internacionales.
La realidad demostró lo contrario. El
mal de la agroindustria sobrepasaba los cálculos
más conservadores. La ineficiencia primaba
en la producción azucarera, y este paso
era de esperar. Ya hoy se plantea producir para
garantizar el consumo nacional (unas 700 mil toneladas)
y un pequeño excedente para cumplir "compromisos
internacionales".
Muchas son las aristas de un posible análisis
de esa situación. El azúcar fue
la base de la existencia de este pueblo y elemento
importante en su cultura por casi tres siglos.
Cuba llegó a ser el país mayor exportador
del dulce en el mundo. La cultura azucarera cubana
llegó a ser modelo y guía para los
productores de otros países. Y hoy las
propias autoridades la catalogan como la ruina
de la economía cubana.
Para la aplicación de tal medida se alega
que las condiciones internacionales no favorecen
su producción. Es cierto que los precios
internacionales del dulce han estado deprimidos
por muchos años, pero en la actualidad,
por un déficit importante en el mercado
mundial, alcanza precios estimulantes. Otro factor
que contribuye a su encarecimiento es el valor
galopante del combustible. Pero con el apoyo bolivariano
Cuba obtiene cantidades significativas del crudo
a precios preferenciales.
Y si de combustible se trata, esa industria puede
aportar resultados energéticos como ninguna
otra en el país. Ya los especialistas han
hecho planes para generar energía en los
centrales, que de materializarse significarían
el equivalente a dos millones de toneladas de
combustible anuales, con la ventaja de que la
producida en los ingenios es un recurso renovable,
ahora que tanto se habla de la búsqueda
de esas fuentes ante un futuro no muy lejano de
desabastecimiento petrolero por el agotamiento
de las fuentes.
En los estudios se ha planteado hasta la posibilidad
de moler cañas durante todo el año,
incluyendo el cogollo y la paja, para así
elevar hasta en un 25 % la capacidad de energía
eléctrica entregada. Y si no se obtiene
azúcar, se pueden lograr mieles que pueden
ser utilizadas en la producción de alcoholes,
una fuente alternativa para disminuir el consumo
de combustibles fósiles en los automotores
y que presenta un futuro indudable para el desarrollo
tecnológico de la humanidad.
La caña también contribuiría
a la alimentación animal y hasta para mejorar
los suelos agotados con la aplicación de
los desechos de su producción. Y ya se
aplica la obtención del llamado azúcar
ecológico y el orgánico, cuyos precios
sobrepasan al del crudo en el mercado internacional.
En los archivos de los centros de investigaciones
de la industria azucarera reposan estudios acerca
de la producción de derivados que posibilitarían
un valor agregado de gran utilidad. Un ejemplo
de ello es el furfural, sustancia de gran demanda
internacional que es posible lograr en nuestras
industrias.
Otra causa que se alega, y no sin razón,
es la adversidad climática que desde hace
una década vive el país producto
de la sequía. Pero ello es sólo
parte de la verdad en ese aspecto. La otra parte
es que el gobierno aplicó malas políticas
en cuanto al cultivo de la caña. Para producir
planes y obtener con ello divisas necesarias,
se cortaban hasta retoños, sin que la planta
tuviera el debido grado de maduración.
La mecanización, que ahorró millones
de brazos en las labores de corte y alza de la
caña también ha contribuido de manera
decisiva a que la tierra se compactara y perdiera
fertilidad.
El rendimiento agrícola de las cañas
en Cuba equivale a la mitad del promedio internacional.
Si bien es cierto que faltaban fertilizantes,
herbicidas y otros insumos (hasta el imprescindible
combustible) además de los medios de trabajo
individuales para la labor, la pérdida
fundamental fue la del interés de los cosecheros,
con el abandono de las plantaciones debido a sus
bajos precios, para dedicarse a otras actividades
agrícolas más productivas.
Una causa de la que poco se habla, y a criterio
de este especialista tiene lugar prominente, es
la descapitalización del sector. En los
años 90 se alcanzaron zafras elevadas a
costa de sacrificar las futuras, en el afán
de disponer de divisas que fueron invertidas en
el desarrollo vertiginoso que experimentó
el turismo. Sólo una pequeña parte
de las ganancias obtenidas por el azúcar
se dedicaron a la compra de los insumos necesarios,
siempre en cantidades decrecientes.
¿Por qué si en la actualidad el
turismo reporta fuertes ingresos hasta convertirse
en la segunda fuente de los mismos, no se dedica
parte de ellos a salvar la agricultura cañera
y con ello beneficiar a miles de hombres que dependían
de esa actividad? Sería como el pago de
una deuda de gratitud, y con ello se salvaría
lo que queda de una cultura azucarera cuya formación
costó siglos y ahora se encuentra en franca
desaparición.
La decisión de no desmantelar los ingenios
paralizados y dedicar sus instalaciones a otras
actividades, como la producción de pastas
alimenticias, bombones y maíz, parece más
una medida de tiempo de guerra que una decisión
fundamentada en un serio análisis económico
donde se tenga en cuenta la rentabilidad de esas
producciones.
Algo similar ocurre con la decisión de
dejar desmanteladas las tierras de cañas
para dedicarlas a cultivos varios, ganadería
y forestales bajo la dirección del Ministerio
de la Industria Azucarera. Al carecer de los especialistas
necesarios y la cultura imprescindible en la producción
de esos rubros, sus futuros resultados económicos
prometen ser nada halagüeños.
Se trata de salvar una industria, una cultura
y una tradición que le viene al cubano
en la sangre y que pese a lo que plantean las
autoridades, sí tiene futuro. Eso sí,
como en toda empresa económica, requiere
de inversiones y la debida estimulación
a ese sector de la clase trabajadora cubana que
tiene una bella tradición en las luchas
patrias.
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