PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 19, 2005
 

POLITICA
Las coartadas del desaire

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Como un personaje de Gabo, Hugo Chávez, entre sueños bolivarianos y música llanera se esfuerza por capitanear la revolución latinoamericana.

Con locuacidad rural hace una abigarrada mezcla ideológica de marxismo, guevarismo, castrismo, una pizca de neofascismo "cara pintada" de Norberto Ceresole, clientelismo populista y mucha mentalidad de rancho. Le basta con eso para lanzarse a construir el socialismo del siglo XXI.

Sus petrodólares dan un urgente segundo aire a la revolución de Fidel Castro. El comandante, 46 años aferrado al poder, a despecho del diferendo con Estados Unidos y del derrumbe de la Unión Soviética, ahora reparte electrodomésticos y chocolatines.

Parecieran personajes de ficción, pero desafían al país más poderoso del planeta. La literatura latinoamericana había advertido al mundo que el sur del Río Grande es posible.

A fuerza de repetirlo, hemos llegado a creerlo. En Latinoamérica se esfumó el límite entre realidad y fantasía. Sólo que hoy el futuro del continente es una metáfora incierta.

Luego de la ascensión al cielo de Remedios la Bella, de los avatares del coronel Aureliano Buendía, de la lluvia interminable de Macondo y del paso del tren con los cadáveres de miles de huelguistas masacrados, García Márquez parecía haber curado al mundo del mal de los asombros.

Sólo las dictaduras del continente continuarán desafiando incredulidades. Pareciera que siempre fue así.

Quisqueya dividida entre la tiranía vitalicia de Papa Doc Duvalier (Gran Hougan del vudú y capitán de ton ton macoutes) y la satrapía de siniestra opereta caribeña de Trujillo.

Somoza encerrando a sus más enconados opositores al lado de fieras enjauladas en su zoológico particular. Lo mató un poeta con una bala envenenada mientras bailaba mambo. La conservación milagrosa del cadáver de Evita Perón y del mito peronista.

Noriega, el hombre fuerte panameño, ducho en narcotráfico y brujerías, no se rindió a la 82 División Aerotransportada hasta que los altoparlantes yanquis lo abrumaron en su cerco con el estruendo del heavy metal.

Un senil general Pinochet procesado por robo y no por sus asesinatos.

No es casual que en ninguna otra región de la Tierra se escriba más y mejor sobre caudillos y dictadores. Lo hicieron Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos y Uslar Pietri. Agréguese (aunque la escribió un español) esa fiesta del idioma que es Tirano Banderas, de Valle Inclán. Otros más lo seguirán haciendo. El tema no se agotó.

El boom de la novela latinoamericana no fue casual, sino evitable. Los autores del continente reventaban por decir sus verdades, desempolvar mitos y buscar las coartadas del desastre. Fue un gran exorcismo, sólo que, pese a que nuestros países ya nunca fueron los mismos, aún seguimos conviviendo con nuestros demonios.

Hicimos del realismo mágico y lo real maravilloso, más que fabulaciones hiperbólicas, nuestra cotidianidad. Las ciudades de la imaginación se confundieron con las reales. Como ensueños de estas huellas, La Habana de Guillermo Cabrera Infante y el México DF de Carlos Fuentes lindan con Macondo y Comala. Diseñados por la memoria y el amor nos persiguen por los exilios.

Cabizbajos, miramos el suelo que pisamos buscando fórmulas para no llamar a la mierda por su nombre. En vano nos seguimos arrogando excepcionalidades históricas auguradas por difuntos de larga data. Confiamos el futuro en manos de aventureros. Apostamos todo hasta quedarnos sin reservas y sin sangre, al estado protector, a reyes del mercado o la revolución. Románticos, perdedores, suicidas, nos despeñamos en pos de sueños imposibles.

¡Qué importa! Siempre habrá algún novelista que hable de lluvias, parajes exuberantes, amores en épocas de epidemia, boleros de ensueño, estirpes malditas, tiranos carismáticos, casas hechizadas, babilónicos burdeles trashumantes y putas de candidez letal.

Nosotros, enamorados de sus libros y de estas tierras, viajaremos sepultados bajo un montón de cadáveres en el último de los vagones del tren de los derrotados.


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