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POLITICA
Las coartadas del desaire
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Como un personaje de Gabo, Hugo Chávez,
entre sueños bolivarianos y música
llanera se esfuerza por capitanear la revolución
latinoamericana.
Con locuacidad rural hace una abigarrada mezcla
ideológica de marxismo, guevarismo, castrismo,
una pizca de neofascismo "cara pintada"
de Norberto Ceresole, clientelismo populista y
mucha mentalidad de rancho. Le basta con eso para
lanzarse a construir el socialismo del siglo XXI.
Sus petrodólares dan un urgente segundo
aire a la revolución de Fidel Castro. El
comandante, 46 años aferrado al poder,
a despecho del diferendo con Estados Unidos y
del derrumbe de la Unión Soviética,
ahora reparte electrodomésticos y chocolatines.
Parecieran personajes de ficción, pero
desafían al país más poderoso
del planeta. La literatura latinoamericana había
advertido al mundo que el sur del Río Grande
es posible.
A fuerza de repetirlo, hemos llegado a creerlo.
En Latinoamérica se esfumó el límite
entre realidad y fantasía. Sólo
que hoy el futuro del continente es una metáfora
incierta.
Luego de la ascensión al cielo de Remedios
la Bella, de los avatares del coronel Aureliano
Buendía, de la lluvia interminable de Macondo
y del paso del tren con los cadáveres de
miles de huelguistas masacrados, García
Márquez parecía haber curado al
mundo del mal de los asombros.
Sólo las dictaduras del continente continuarán
desafiando incredulidades. Pareciera que siempre
fue así.
Quisqueya dividida entre la tiranía vitalicia
de Papa Doc Duvalier (Gran Hougan del vudú
y capitán de ton ton macoutes) y la satrapía
de siniestra opereta caribeña de Trujillo.
Somoza encerrando a sus más enconados
opositores al lado de fieras enjauladas en su
zoológico particular. Lo mató un
poeta con una bala envenenada mientras bailaba
mambo. La conservación milagrosa del cadáver
de Evita Perón y del mito peronista.
Noriega, el hombre fuerte panameño, ducho
en narcotráfico y brujerías, no
se rindió a la 82 División Aerotransportada
hasta que los altoparlantes yanquis lo abrumaron
en su cerco con el estruendo del heavy metal.
Un senil general Pinochet procesado por robo
y no por sus asesinatos.
No es casual que en ninguna otra región
de la Tierra se escriba más y mejor sobre
caudillos y dictadores. Lo hicieron Carpentier,
Vargas Llosa, García Márquez, Roa
Bastos y Uslar Pietri. Agréguese (aunque
la escribió un español) esa fiesta
del idioma que es Tirano Banderas, de Valle Inclán.
Otros más lo seguirán haciendo.
El tema no se agotó.
El boom de la novela latinoamericana no fue casual,
sino evitable. Los autores del continente reventaban
por decir sus verdades, desempolvar mitos y buscar
las coartadas del desastre. Fue un gran exorcismo,
sólo que, pese a que nuestros países
ya nunca fueron los mismos, aún seguimos
conviviendo con nuestros demonios.
Hicimos del realismo mágico y lo real
maravilloso, más que fabulaciones hiperbólicas,
nuestra cotidianidad. Las ciudades de la imaginación
se confundieron con las reales. Como ensueños
de estas huellas, La Habana de Guillermo Cabrera
Infante y el México DF de Carlos Fuentes
lindan con Macondo y Comala. Diseñados
por la memoria y el amor nos persiguen por los
exilios.
Cabizbajos, miramos el suelo que pisamos buscando
fórmulas para no llamar a la mierda por
su nombre. En vano nos seguimos arrogando excepcionalidades
históricas auguradas por difuntos de larga
data. Confiamos el futuro en manos de aventureros.
Apostamos todo hasta quedarnos sin reservas y
sin sangre, al estado protector, a reyes del mercado
o la revolución. Románticos, perdedores,
suicidas, nos despeñamos en pos de sueños
imposibles.
¡Qué importa! Siempre habrá
algún novelista que hable de lluvias, parajes
exuberantes, amores en épocas de epidemia,
boleros de ensueño, estirpes malditas,
tiranos carismáticos, casas hechizadas,
babilónicos burdeles trashumantes y putas
de candidez letal.
Nosotros, enamorados de sus libros y de estas
tierras, viajaremos sepultados bajo un montón
de cadáveres en el último de los
vagones del tren de los derrotados.
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