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SOCIEDAD
¿La vida no vale nada?
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Parecía levitar entre las cuatro paredes.
Su anatomía, muy cerca del techo, daba
en un primer instante una información alejada
de la realidad. No era un duende, ni un ángel.
En unos minutos, Gelasio había escapado
de sus agonías, de sus insatisfacciones.
La frialdad de sus pies indicaban que la vida
era una metáfora y la muerte una certeza
infalible. La tráquea destrozada, el alma
rota en mil pedazos, el grito de su esposa como
alarma tardía delante del cuerpo y la soga.
Tenía 73 años.
Para algunos es un antídoto contra la
lobreguez que persigue y atenaza. Para otros el
golpe definitivo contra las cadenas del pesimismo
y el tedio.
Un número envuelto en el misterio, un
daño colateral inscripto en las asimetrías
de una guerra entre las escaramuzas de la mayoría
frente al desabastecimiento, la orfandad de perspectivas,
la delación y las evidencias de ser convicto
en una isla que es prisión o, en su defecto,
una república transformada en manicomio.
Así puede identificarse a Gelasio y a los
que optan por transgredir la naturaleza del curso
biológico con el sarcófago como
suerte y destino.
En 1996 hubo en Cuba 2,015 suicidios, es decir,
casi seis diarios o para ser más exactos
uno cada cuatro horas. Especialistas de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), consideraron que era
el mayor índice de América Latina.
Aunque la actualización de las muertes
por suicidio es imposible debido a la censura
gubernamental, es muy difícil pensar en
una disminución. El clima social continúa
con su rigor. El acoso de la escasez, el aumento
de la represión y las tensiones exacerbadas
por el miedo y la incapacidad para encontrar una
vía de escape a las frustraciones, funcionan
como el combustible que quema los últimos
átomos de cordura.
Hablar de 3 ó 4 suicidios por cada 100
mil habitantes para una población de unos
11 millones de habitantes es un hecho que avala
una catástrofe, según criterios
de especialistas en salud mental. Los indicadores
de hace nueve años situaron a Cuba en el
orden de 18,3 por cada 100 mil. Una proporción
que podría calificarse en el rango de epidemia.
Afirmar que los resultados actuales conservan
números de dos dígitos no es un
pecado, es simplemente una aproximación
a un contexto que se revela por la sordidez tejida
con las hebras del silencio y las agujas de la
indiferencia. Cálculos conservadores subrayan
que son como promedio 2,500 los cubanos que actualmente
hacen con la inmolación un pacto en el
transcurso de un año. Más de 20
por cada 100 mil.
Desconozco qué número identifica
a Gelasio, sólo sé que el baño
de su residencia fue el patíbulo, y una
mañana de febrero de 2005 el momento elegido
para poner su cuello en el dogal.
La horca es una frecuente opción para
los suicidas, como lo es también la ingestión
de algún brebaje venenoso o una sobredosis
de medicamentos. Otros prefieren que una bala
les astille el occipital y ponga en blanco su
materia gris. Arder como una antorcha es una de
las maneras de decirle adiós a la familia,
a las ansiedades, a un patriotismo incompatible
con el manotazo hercúleo de las penurias
y al abrazo de la depresión.
Realizar un viaje desde una azotea hasta el pavimento
además de una muerte segura es un rito
de exorcismo, el estandarte de la locura, el signo
que anula la paz que se anuncia en los discursos,
la unanimidad esparcida entre los huesos quebrados
de alguien que se perdió en el bosque de
la utopía.
Los promedios mundiales sitúan en 10 los
intentos por cada muerte, en Cuba son sólo
tres, lo que especifica el nivel letal de aquéllos
que toman el camino de autoeliminarse del mundo
de los vivos.
No son falsos los indicadores en cuanto al alto
número de médicos por habitantes,
los ambiciosos programas de instrucción.
Cuba es un país con una tasa de docentes
per cápita comparable a las naciones desarrolladas.
La escolarización primaria es del 100%,
similar a la del Reino Unido y Canadá.
Algo anda mal. Los contrastes ofrecen las respuestas
a la ineficiencia de los servicios sociales, las
consecuencias de la masificación en detrimento
de la calidad, el libertinaje y la superficialidad
en el reparto del presupuesto, la hondura de la
corruptela, el pésimo empleo de los recursos.
En fin, es la cosecha de la dirección centralizada,
el afán de gobernar un país como
una parcela feudal.
Es realmente descorazonador que exista la capacidad
para atender la salud de otros pueblos cuando
en el nuestro sobran los enfermos del cuerpo y
de la mente.
No lo dude. En este instante es probable que
se esté planeando un suicidio. Un cubano
menos, otra baja en una conflagración sumida
en la bruma del anonimato.
Una mujer que ya es viuda, una madre a quien
se le acabó la esperanza, tal vez un joven
sin futuro, ni gloria o un abuelo abandonado por
la autoestima.
Parece que la insularidad y el totalitarismo
ofrecen un producto más cerca de la desgracia
que de la armonía.
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