|
SOCIEDAD
La huella de Italia
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Mi abuelo calabrés apenas pudo disfrutar
la invasión italiana en la Cuba de los
60. Su avanzada edad se lo impidió. Sólo
pudo probar las versiones criollas de las pizzas,
los espaguetis y las lasañas. Murió
afirmando -supongo que con toda la razón-
que en su tierra eran mejores.
El escritor cubano Manuel Pereira asegura que
la influencia italiana en Cuba durante los primeros
años de la revolución de Fidel Castro
se debió a los gustos gastronómicos
del Comandante.
También deben haber influido los gustos
europeizantes de su allegado Alfredo Guevara y
sus amigos cineastas. Para ellos, el Neorrealismo
italiano era el Olimpo de la cinematografía.
Una de las primeras pizzerías que se abrieron
en La Habana se llamó precisamente Cinecitá.
Se encontraba en la esquina del edificio del ICAIC,
en la confluencia de las calles 12 y 23, en el
Vedado.
A partir de 1961, justo cuando empezaban a arreciar
las escaseases, las pizzerías brotaron
por la ciudad como hongos tras la lluvia, en socorro
de nuestros estómagos. Todas llevaban evocadores
nombres italianos: Fiore, Vita Nuova, Sorrento,
Buona Sera, Monte Cattini, Via Veneto, Da Rosina.
En ellas las colas crecieron en proporción
directa al desabastecimiento.
Entre tanto, los comisarios culturales nos vedaron
el cine norteamericano. Nos hicieron perder Zabriskie
Point, Alice's Restaurant, Bonnie and Clyde, The
Graduated y Butch Cassidy and the Sundance Kid.
Las vimos con décadas de retraso.
Afortunadamente, no todo fue el inefable cine
soviético. Nos cambiaron el cine americano
por la vanguardia del cine europeo. Era el turno
de la Nueva Ola francesa, el Neorrealismo italiano
y el Free Cinema británico. En vez de Allan
Pakula y Arthur Penn tuvimos a Francois Truffaut,
Jean Luc Godard, Alain Resnais, Tony Richardson
y, por supuesto, Fellinni, Antonioni y Visconti.
Reímos y lloramos con Alberto Sordi, Mónica
Vitti y Marcelo Mastroiani. Soñábamos
arrobados con Sofía Loren y Gina Lollobrigida,
En los círculos intelectuales Gramsci,
Italo Calvino y Pirandello eran lecturas imprescindibles.
Malaparte se leía a escondidas.
En el recién estrenado Nocturno y otros
programas musicales radiales, vedados al rock
anglosajón, compitiendo en popularidad
con Aznavour, Raphael y Manzanero, empezaron a
escucharse las baladas en castellano con acento
extraterrestre de Gianni Morandi y Pino Donaggio.
Pero, sobre todo, los aullidos de una pecosa que
cantaba sobre amores adolescentes, Rita Pavone.
Abuelo los llamaba los urlatori.
La policía, los segurosos y la élite
con sus cortesanas, rodaban en carros Alfa Romeo.
Los tractores en miniatura piccolinos contribuían
al desastre del Cordón de La Habana. Por
entonces, ya nos habíamos aficionado a
despedirnos con un chao.
A inicios de los 70 vino la segunda oleada de
sovietización forzosa. Con ella llegaron
las matriushkas, las sopas salianka, el petróleo
de Bakú, Ala Pugachova y Muslim Mogomaev,
las bailarinas del Bolshoi, las clases de ruso
por radio, el serial televisivo "Diecisiete
Instantes de una Primavera", las novelas
de Chinguiz Aimatov, los muñequitos rusos
en TV, la base de Lourdes, una brigada de combate
del Ejército Rojo, las visitas de Brezhnev,
el restaurante Moscú y una Constitución
calcada que prometía "amistad y fidelidad
eterna a la Unión Soviética".
Tras el derrumbe del bloque soviético,
de los rusos, además de la chatarra regada
por los campos, los muñequitos laxantes
televisivos y la añoranza de las latas
de carne, quedó menos rastro que de los
indios guanatabeyes.
Sin embargo, siguieron las pizzas y los ciclos
de cine italiano en la Cinemateca. Sólo
que las pizzas estatales y caseras empeoraron.
Llegaron a sustituir el queso por condones usados.
Su precio se quintuplicó, pero la seguimos
consumiendo con pasión napolitana y hambre
sudanesa.
Los intelectuales que quedan en la Isla ahora
son post modernos, contextualizados, y ya no leen
a Gramcsi. Eros Ramazzoti y Pavarotti cantando
a dúo con cualquier pelafustán sustituyeron
a Rita Pavone. Los turistas italianos vagan por
Cuba asediados por "jineteras" y "pingueros"
que sueñan con viajes a Roma y Milán.
Las pastas vienen racionadas a la bodega, mensualmente.
Los más afortunados las pueden comprar
en las tiendas de divisas convertibles. Se sazonan
como se puede, generalmente sin queso.
El comandante, como muestra de deferencia con
los invitados muy especiales, sigue cocinando
personalmente, con salsa soya y jugo de naranja,
sus insólitos espaguetis.
|