PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 15, 2005
 

SOCIEDAD
La huella de Italia

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Mi abuelo calabrés apenas pudo disfrutar la invasión italiana en la Cuba de los 60. Su avanzada edad se lo impidió. Sólo pudo probar las versiones criollas de las pizzas, los espaguetis y las lasañas. Murió afirmando -supongo que con toda la razón- que en su tierra eran mejores.

El escritor cubano Manuel Pereira asegura que la influencia italiana en Cuba durante los primeros años de la revolución de Fidel Castro se debió a los gustos gastronómicos del Comandante.

También deben haber influido los gustos europeizantes de su allegado Alfredo Guevara y sus amigos cineastas. Para ellos, el Neorrealismo italiano era el Olimpo de la cinematografía.

Una de las primeras pizzerías que se abrieron en La Habana se llamó precisamente Cinecitá. Se encontraba en la esquina del edificio del ICAIC, en la confluencia de las calles 12 y 23, en el Vedado.

A partir de 1961, justo cuando empezaban a arreciar las escaseases, las pizzerías brotaron por la ciudad como hongos tras la lluvia, en socorro de nuestros estómagos. Todas llevaban evocadores nombres italianos: Fiore, Vita Nuova, Sorrento, Buona Sera, Monte Cattini, Via Veneto, Da Rosina. En ellas las colas crecieron en proporción directa al desabastecimiento.

Entre tanto, los comisarios culturales nos vedaron el cine norteamericano. Nos hicieron perder Zabriskie Point, Alice's Restaurant, Bonnie and Clyde, The Graduated y Butch Cassidy and the Sundance Kid. Las vimos con décadas de retraso.

Afortunadamente, no todo fue el inefable cine soviético. Nos cambiaron el cine americano por la vanguardia del cine europeo. Era el turno de la Nueva Ola francesa, el Neorrealismo italiano y el Free Cinema británico. En vez de Allan Pakula y Arthur Penn tuvimos a Francois Truffaut, Jean Luc Godard, Alain Resnais, Tony Richardson y, por supuesto, Fellinni, Antonioni y Visconti.

Reímos y lloramos con Alberto Sordi, Mónica Vitti y Marcelo Mastroiani. Soñábamos arrobados con Sofía Loren y Gina Lollobrigida, En los círculos intelectuales Gramsci, Italo Calvino y Pirandello eran lecturas imprescindibles. Malaparte se leía a escondidas.

En el recién estrenado Nocturno y otros programas musicales radiales, vedados al rock anglosajón, compitiendo en popularidad con Aznavour, Raphael y Manzanero, empezaron a escucharse las baladas en castellano con acento extraterrestre de Gianni Morandi y Pino Donaggio. Pero, sobre todo, los aullidos de una pecosa que cantaba sobre amores adolescentes, Rita Pavone. Abuelo los llamaba los urlatori.

La policía, los segurosos y la élite con sus cortesanas, rodaban en carros Alfa Romeo. Los tractores en miniatura piccolinos contribuían al desastre del Cordón de La Habana. Por entonces, ya nos habíamos aficionado a despedirnos con un chao.

A inicios de los 70 vino la segunda oleada de sovietización forzosa. Con ella llegaron las matriushkas, las sopas salianka, el petróleo de Bakú, Ala Pugachova y Muslim Mogomaev, las bailarinas del Bolshoi, las clases de ruso por radio, el serial televisivo "Diecisiete Instantes de una Primavera", las novelas de Chinguiz Aimatov, los muñequitos rusos en TV, la base de Lourdes, una brigada de combate del Ejército Rojo, las visitas de Brezhnev, el restaurante Moscú y una Constitución calcada que prometía "amistad y fidelidad eterna a la Unión Soviética".

Tras el derrumbe del bloque soviético, de los rusos, además de la chatarra regada por los campos, los muñequitos laxantes televisivos y la añoranza de las latas de carne, quedó menos rastro que de los indios guanatabeyes.

Sin embargo, siguieron las pizzas y los ciclos de cine italiano en la Cinemateca. Sólo que las pizzas estatales y caseras empeoraron. Llegaron a sustituir el queso por condones usados. Su precio se quintuplicó, pero la seguimos consumiendo con pasión napolitana y hambre sudanesa.

Los intelectuales que quedan en la Isla ahora son post modernos, contextualizados, y ya no leen a Gramcsi. Eros Ramazzoti y Pavarotti cantando a dúo con cualquier pelafustán sustituyeron a Rita Pavone. Los turistas italianos vagan por Cuba asediados por "jineteras" y "pingueros" que sueñan con viajes a Roma y Milán.

Las pastas vienen racionadas a la bodega, mensualmente. Los más afortunados las pueden comprar en las tiendas de divisas convertibles. Se sazonan como se puede, generalmente sin queso.

El comandante, como muestra de deferencia con los invitados muy especiales, sigue cocinando personalmente, con salsa soya y jugo de naranja, sus insólitos espaguetis.


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