PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 13, 2005
 

POLITICA
Por qué desfilan los cubanos

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Puede ser 26 de julio o 1 de mayo. Puede ser un día cualquiera. Puede ser en la Plaza de la Revolución, el Malecón o en cualquiera de las calles, avenidas, plazas y parques del país. Los motivos para "protestar" pueden ser variados, desde la manida amenaza de invasión militar, el "secuestro" del niño Leían, las últimas medidas aprobadas por el presidente Bush "contra Cuba", "el bloqueo", la presencia de Posada Carriles en los Estados Unidos, la condena de los cinco "héroes" cubanos capturados en Miami en flagrante delito de espionaje…

Seleccionemos el escenario más utilizado en cerca de 50 años por el régimen cubano para celebrar sus aquelarres: la Plaza de la Revolución. Día: 1 de mayo. Razón: Bueno, la celebración del Día de los Trabajadores o cualquiera de las razones antes mencionadas o todas juntas.

Desde las primeras horas del crepúsculo comienza un singular desfile. Grupos de jóvenes, en su mayoría mujeres, avanzan por la avenida. Llevan camisetas rojas, blancas y azules, banderas cubanas, carteles, grandes fotografías de "héroes" o "mártires" y pancartas con las consignas de turno. Van ocupando posiciones en áreas cercanas a la Plaza, protegida por cordones de milicianos.

Grupos de obreros se congregan en las calles colindantes, serios, con cara de sueño. Fuman y discuten de los temas más diversos, esta vez la famosa olla arrocera prometida es el tema principal. Algunos hacen alarde de estar muy bien informados, e inventan las más fantásticas noticias, adelantan lo que va a decir mañana el Comandante en Jefe: que si van a quitar la libreta, que si van a vender más de doscientos productos alimenticios en las bodegas, que van a abrir unos nuevos mercados venezolanos, que se van a terminar los apagones, que van a subir los salarios…

Camiones cargados de guajiros esperan también en las cercanías. Vienen de Villa Clara, Matanzas, Pinar del Río, con sus peculiares acentos regionales darán carácter al variopinto desfile.

La noche transcurre y la Plaza se va llenando. El movimiento en los barrios comienza mucho antes de la salida del sol. Los vecinos se congregan en las esquinas, las calles se llenan de banderas y pancartas. Unos hombres pasan lista, otros salen a buscar a sus casas a los morosos. Las listas son verificadas una y otra vez. ¿Quién falta? ¿Por qué? A una señal comienzan a subir a los camiones. Ordenes, canciones y consignas se mezclan. La columna se pone en marcha. Los que viven más cerca van a pie. Los presidentes de los CDR controlan la marcha para que nadie, aprovechando la oscuridad, escape de la columna y regrese a su casa.

Con los primeros rayos del sol llegan a las proximidades de la Plaza. Ahí están las columnas organizadas para el desfile. El incendio de banderas que tremolan al viento mañanero, las voces de los que mandan, los kioscos, las pipas de agua, los cordones de milicianos que cuidan el orden.

No es privativa de La Habana esta concentración. En muchas ciudades del mundo los trabajadores se preparan para festejar su día. Es primer de mayo, Día Internacional de los Trabajadores. En Madrid desfilan organizados por sus sindicatos, piden estabilidad laboral y mejoras salariales. En París, Roma, Tegucigalpa, Managua, Rio de Janeiro, Berlín, Praga, marchan los obreros, enarbolan sus demandas. Son ciudadanos que viven en sociedades imperfectas, donde hay problemas de todo tipo por resolver. Nadie les obliga, nadie les fuerza, acuden a la voz de sus sindicatos, de sus partidos, de su voluntad.

Ahora, ¿por qué marchan los cubanos? ¿Qué es lo que hace que más de un millón de personas se congreguen en la Plaza? Es una pregunta que se hace mucha gente. ¿Quiénes son los que desfilan y por qué? ¿Quiénes son ésos que una y otra vez, al llamado del "líder", llenan las calles y avenidas? El profesional cuya ubicación en la pirámide de ingresos está por debajo de las del ladrón y del policía, los que ganan ocho dólares al mes (salario promedio en la Isla), el periodista que sabe releer con cuidado lo que escribe para no meterse en problemas, los que salen cada día para su trabajo sin la garantía de un transporte que los conduzca, el que no tiene familia en el extranjero que le mande una remesa, los que viven agregados a otro núcleo familiar, sin la esperanza de tener un día -o alquilar al menos- su propia habitación para construir su hogar, los marginados por represalias sociales o laborales por expresar sus ideas, los que no conciben esperanzas de realización en Cuba y sueñan con hacerlo en el extranjero, los que se han visto forzados, directa o indirectamente, a renunciar a su credo religioso o político para ocupar puestos de trabajo o estudiar, los trabajadores que a la hora del almuerzo venden en 20 pesos la "merienda fuerte" que reciben como parte de su exiguo salario en las empresas mixtas, los padres que no saben qué futuro espera a sus hijos, que no tienen nada que dejarle a su descendencia más que la pobreza, los que han tenido que cerrar su pequeño negocio por los impuestos desmedidos, las muchachas y muchachos que usando el eufemístico nombre de jineteras, jineteros o bingueros se prostituyen en las calles de la ciudad, los jubilados que venden cigarrillos, caramelos y maní en las esquinas o revenden su cuota normada para obtener un ingreso extra porque su retiro no les alcanza para vivir, los excluidos de hoteles, playas y otros centros de esparcimiento reservados para los señores turistas. ¿Esos? O los dueños de los restaurantes paladares, los negociantes del mercado negro, los capitalistas de la industria sumergida, los gerentes de las firmas extranjeras o cubanas, los militares, los miembros de la nomenclatura, los que reciben remesas del extranjero. ¿Esos? ¿Todos? Sí, la mayoría.

¿Por qué desfilan? Los cubanos no van a esas marchas por lo que quieren, sino por lo que no quieren. Si uno les pregunta lo que desean, la respuesta no faltará. Desean una vivienda digna para construir un hogar, anhelan viajar al extranjero, decir lo que piensan, ganar salarios adecuados, erigir un futuro para sus hijos, practicar sin cortapisas su credo religioso. Quieren ser libres. Si se les pregunta lo que no quieren, responderán que no quieren la guerra, que no quieren ser invadidos por los norteamericanos, que no quieren regresar a ese pasado "horrendo" de "miseria y explotación". Es lo que les han enseñado durante años. Han sido condicionados para sentir ese temor. Han sido aleccionados día a día, hora a hora, segundo a segundo, desde la cuna. La escuela, la radio, la televisión, el cine, la literatura, la prensa les alertan constantemente sobre el peligro imperialista. Han sido preparados meticulosamente para sentir ese temor, que ya es parte de su cultura, de su sangre. En estos más de 40 años no han escuchado otro discurso.

Desde temprana edad el niño cubano se va apropiando de la prédica mesiánica en su subconsciente y, como es de suponer, cree firmemente en los efectos que puede traer a su familia la inminente guerra que deben enfrentar, las consecuencias negativas del regreso al sistema capitalista y que el vecino poderoso del norte, que le desprecia, es responsable de sus desgracias y calamidades. Sobre lo que no quieren los cubanos trabaja la convocatoria del tirano, sobre ese miedo sabiamente inculcado.

También dirán que no quieren perder su trabajo o su carrera en la Universidad o sus privilegios de servidores de la nomenclatura o su plaza (muy cotizada) en el sector turístico o su permiso para viajar al extranjero o la famosa jaba de aseo personal que se entrega como estímulo en algunas empresas, a final del mes, a los que se portan bien.

Los cubanos son convocados a esos desfiles por lo que no quieren, y ahí están las pancartas que anuncian al mundo ESTE PAIS PODRA SER INVADIDO, ESTE PAIS JAMAS PODRA SER OCUPADO. RESISTIEREMOS HASTA LA ULTIMA GOTA DE SANGRE. La patria está amenazada, está en juego la existencia misma de la nación. ¿Acaso no son harto elocuentes esas imágenes de Irak?

Esta vez funcionó además la promesa de las novedades, el rumor lanzado con habilidad de que el máximo líder iba a anunciar nuevas medidas de "beneficio popular".

Acuden también los fieles, los convencidos, los comprometidos, los que trabajan en puestos privilegiados, los que no quieren señalarse, los soldados traídos de las unidades militares, los becarios latinoamericanos y africanos, los turistas, los estudiantes internos trasladados desde sus escuelas en el campo para participar en el desfile.

Faltan pocos minutos para que comience el acto. La gente espera, se escuchan aplausos, y la voz del locutor anuncia la presencia del máximo jefe. Comienzan a levantar las pancartas y banderas, a lanzar consignas. BUSH TERRORISTA. FIDEL, SEGURO, A LOS YANQUIS DALE DURO. FIDEL, APRIETA, QUE A CUBA SE RESPETA. COMO EN GIRON, APLASTAREMOS AL AGRESOR. CUBA SI, YANQUIS NO.

Más de un millón de cubanos llena la Plaza, rodeados por enormes pancartas que llaman a resistir al invasor, a derrotar al enemigo.


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