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SOCIEDAD
Urselia y Joanne: los azares del tiempo
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Con 22 años, Urselia Díaz Báez
estaba entregada sinceramente a una causa superior.
Era una joven terrorista que sabía poco
de explosivos y menos de política. No conocía
a profundidad la escatología de los discursos.
Murió en 1958, en La Habana. Le explotó
la bomba que manipulaba en el servicio sanitario
para mujeres de un cine habanero. Era joven y
bella.
Joanne Debora Byron Chesimard es también
conocida como Assata Sakur. Cuando era joven se
hizo terrorista en New York. Se perdió
en los vericuetos de los discursos y en la retórica
de las revoluciones. Con 32 años, y ya
no tan ilusionada, quiso arreglar su vida. Escapó
de la prisión en donde cumplía cadena
perpetua. Pagó la vida del policía
que asesinó en nombre de su utopía.
Assata-Joanne escapó a La Habana de Urselia.
Se puso en contacto con la maravilla que quiso
de forma infructuosa implantar en su tierra. Como
gusta recorrer la ciudad vieja, remozada con la
magia artesanal del Leal historiador, encontró
policías con todos los requisitos para
seguir la saga del que dejó tendido en
New Jersey.
Estos también se comportan como orgullosos
representantes del orden, investidos de autoridad
y siempre dispuestos a humillar negros. La diferencia,
si la hay, es mínima. Urselia luchó
al igual que Joanne a sus veintitantos años.
Usó la violencia en esta ciudad para imponer
en todas sus partes la consigna de ese momento:
cero compras, cero cine, cero cabaret.
Hoy, aquella consigna, hija bastarda del odio
y la violencia, creció y se extendió.
La Habana de Urselia vive bajo el cero. Tanto
creció la cifra, que hoy se vive bajo la
realidad de cero compras, cero cines, cero cabaret,
cero suministro adecuado de electricidad, cero
agua corriente, cero alimentos, cero esperanzas.
En fin, cero libertad.
Mirando las cosas desde la distancia, cuesta
trabajo definir quién tuvo más suerte.
Urselia, desde la muerte, o Joanne en su exilio
sin gloria. Un exilio clandestino que no puede
proclamar su legitimidad. Una muerte sin sentido
ofrendada en sufragio de nuevas opresiones y nuevas
e interminables privaciones que no parecen encontrar
su fin.
Los azares del tiempo jugaron una mala pasada
a estas dos mujeres. Las extraviaron en los vericuetos
inciertos de la violencia con apellidos. Urselia
no encontró forma para arrepentirse. Joanne
quizás la tenga.
He visto el póster que premia la captura
de Joanne. Confieso que sentí la misma
desolación que experimenté ante
la placa que perpetúa en La Habana la triste
"hazaña" de Urselia. Ambas fueron
víctimas de la misma violencia azuzada
por los mismos intereses. Un hilo conductor cada
vez menos invisible las une.
El fatídico hilo las vincula con dos torres
derribadas en New York, con los desmanes de los
narco-guerrilleros en Colombia, con extremistas
islámicos de toda laya. Urselia y Joanne
cruzaron sus caminos en La Habana. Los azares
del tiempo y la manipulación han hecho
el resto.
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