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SOCIEDAD
Paraíso amargo
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Viven a plenitud. No se quejan del trópico
con su permanente estado febril. Disfrutan las
noches a golpe de paseos y tropelías. Con
los cortes del fluido eléctrico llega la
alegría. A fin de cuentas, no entienden
lo que dicen los noticiarios con sus locutores
de traje ajeno, lecturas recortadas con la hoz
y modulaciones que imitan el sonido del martillo.
Temen morir como cualquier ser humano. Aunque
son millares, les falta el espíritu para
defender su porción del reino. Dayanti
Griñan es una de sus adversarias que comparte
todo el espacio y parte del tiempo con la generosa
colonia de ratas, cucarachas, moscas y una nutrida
representación de mosquitos. Para ella
éste es el sitio donde termina el Edén
y comienza el Infierno. El lugar se conoce como
"Cambute", un albergue para familias
que han perdido su hogar a causa de la erosión
y la ausencia de mantenimiento, ubicado en San
Miguel del Padrón, a una veintena de kilómetros
del centro de la Ciudad de La Habana.
Con tres hijos ocupa uno de los cubículos
de la edificación .Los artículos
de primera necesidad están restringidos
a sus sueños, y las camas claman por un
colchón.
El calvario de Olga Lidia Godines no es menor.
Dos niños con retraso mental y una ayuda
estatal de 155 pesos mensuales (algo más
que 6 dólares al mes).
En agosto del año precedente Yanaisa Rodríguez
trajo a ese mundo siniestro una niña como
suelen hacerlo las vacas en un potrero. Quizás
peor. En los momentos del parto no apareció
ni un veterinario.
El viejo Solano le hizo honor a su apellido.
El 30 de julio de 2004 dio el último suspiro
entre soledades, angustias y una ambulancia que
llegó tarde.
Al menos tienen acceso al agua, diría
un despistado o una de esas especies humanas que
gustan hacer del cinismo una virtud. Sí,
pueden bañarse y saciar la sed, para ello
cuentan con abundantes aguas con olores albañales
y sabor a cualquier cosa menos a civilidad y vergüenza.
Los vertederos de basura colindantes y fosas
adyacentes cierran el círculo de penalidades
para esos cubanos borrados de aquellas estadísticas,
que abren la puerta a la presunción oficial
que apunta a la igualdad plena y a la justicia
social. Son cerca de dos mil albergados sobreviviendo
en los ámbitos del olvido.
Por Lawton, un barrio del populoso municipio
10 de Octubre, en la capital, también existen
las sombras de la marginación. Otros miles
de personas batallan cuerpo a cuerpo con una pobreza
sin bozal.
No hace mucho el cáncer le arrancó
a Regla Zulueta la vida y las esperanzas de volver
a contar con un nuevo hogar. Los gérmenes
patógenos devoraron sus ganglios linfáticos.
Marisela Hernández también podría
quedar fuera de posibilidades. Un tumor se apoderó
de sus senos. La muerte parece ser más
rápida que las soluciones habitacionales.
Doce años de espera en el albergue "Sexto
Congreso" no son suficientes para darle visibilidad
a los anhelos.
Con sus 78 años, Reina Miranda le ha ganado
varios rounds a las isquemias, ha mantenido a
raya las cataratas y sobrepuesto al glaucoma.
No ha perdido la fe al lado de su nieto con deficiencias
mentales. Morir bajo un techo propio sería
una suerte infinita.
Teme que la paciencia no le alcance para sostener
sus huesos y sus aflicciones.
Un año mayor, Josefina Sáez forcejea
con la hipertensión y con la subsistencia,
sólo recibe una magra pensión con
periodicidad mensual. Para asearse y evitar la
deshidratación debe pagar a dos pesos cada
cubo con agua, su edad no le permite el esfuerzo
de acopiar el líquido. Su acceso está
limitado a pocas horas, en intervalos que se prolongan
por 48 horas.
Aún se recuerda a "Tito" con
el asma, la senectud, y su viaje sin escalas al
sepulcro. Las tensiones de Olga Junco son como
camisas de fuerza. Son nueve en la familia, entre
ellos un lactante de 5 meses, y tres infantes
de 3, 11, y 12 años, respectivamente. Dentro
de la construcción horizontal tienen su
cubículo donde el hacinamiento y el abandono
toman un cariz horripilante.
Dos nietos huérfanos, menores de edad
y desnutridos, son apenas un par de realidades
que tienen a Rosario Ramos al borde de un infarto.
Una hija con serios problemas siquiátricos
y con dos niñas pequeñas y otra,
madre de tres muchachos, completan un cuadro que
amplifica un desastre familiar multiplicado en
decenas de albergues desperdigados por la periferia
capitalina.
Este breve recorrido por esa Cuba que esconden
detrás de la propaganda, devela un páramo
donde dicen que hay un vergel. Sobrepasan la impersonalidad
de las cifras, estos hombres, mujeres y niños
situados más allá del tercer mundo,
sin hogar y privados de perspectivas halagüeñas.
Gracias a una investigación del Doctor
Darsi Ferrer Ramírez, del Centro de Salud
y Derechos Humanos "Juan Bruno Zayas",
y las colaboraciones de Julio César Alfonso
Bernard, de Solidaridad sin Fronteras, y de Daniel
Mesa Cantillo, de la Fundación "Por
los Pobres de la Tierra", se esclarece el
cristal, empañado por los humos del triunfalismo.
Hoy no es un secreto que en estos almacenes de
miserias es mayoría la población
negra (alrededor de un 78 %). Entre 60 y 65 %
padecen algún tipo de enfermedad crónica.
Las patologías de mayor incidencia son
el asma bronquial, el parasitismo, la desnutrición,
los trastornos siquiátricos y las infecciones
de transmisión sexual. Entre las conductas
impropias proliferan los intentos de suicidio,
el alcoholismo, la drogadicción y la prostitución.
He aquí las personas anuladas. Los ceros
que deambulan mostrando el horror que fluye desde
la indigencia.
Los números extraviados en los registros
oficiales tienen nombre y aspiraciones. Su desventura
la siento como una descarga eléctrica que
me impulsa a pedir a Dios por un alivio y a los
burócratas por una solución. Ellos
son simplemente el ingrediente que convierte en
hiel la dulzura del "paraíso".
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