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PRISIONES
El drama de las prisiones en Cuba
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Aún me duelen las heridas de la cárcel.
Las tallaron en mi memoria guardias y oficiales
de la prisión de Guantánamo. Sí,
Guantánamo, donde se encuentran unos 300
hombres familiarizados con el terrorismo islámico
que, gracias al escrutinio de la prensa libre
y a las diligencias de funcionarios de las Naciones
Unidas, podrían lograr una respuesta al
limbo jurídico para el cual reclaman una
solución. Nada tengo que ver con el fundamentalismo
del Talibán, ni con las prácticas
abominables de Al Qaeda todavía muy activas
en el Irak post-Hussein.
Mis captores no eran anglosajones. Su cubanía
estaba al margen de cualquier duda. Pensar en
Bagdad o Kabul como posibles lugares de los hechos
es una suposición incorrecta. El asalto
tuvo lugar el 18 de marzo de 2003 en un viejo
inmueble de Ciudad de La Habana. Una docena de
agentes de la Seguridad del Estado mostraban con
arrogancia una orden de registro y su determinación
de poner fin a mis 10 años de disidencia.
La opinión pública mundial conoce
muy bien la prisión situada en la Base
militar estadounidense en territorio cubano. Los
presuntos abusos de los carceleros han recibido
una generosa cobertura mediática en la
que periódicos como el emblemático
New York Times, entre otros órganos, han
reflejado su preocupación tanto por los
detalles carcelarios de estos paladines de la
violencia como por su incertidumbre legal. A causa
de la observación de la prensa, intelectuales,
políticos, organizaciones no gubernamentales
y amplios sectores de la comunidad internacional
han llegado a mostrar desde simpatías hasta
un inequívoco respaldo a los recluidos
en esta zona arrendada al gobierno de Cuba a principios
del siglo XX.
Desde mi celda podía ver los potentes reflectores
del Guantánamo estadounidense. Entonces,
era huésped del Combinado Provincial. Allí
me arrancaron 17 meses de mi existencia. Me acuerdo
de los alimentos putrefactos, el agua contaminada
con parásitos, las noches erizadas de mosquitos,
las paredes con sus escorpiones y las hormigas
saboreando a toda hora los abastecimientos que
la familia me podía entregar cada tres
meses.
Imposible olvidar los pasajes que son el denominador
común en el sistema carcelario cubano consistente
en más de 200 prisiones, campos de trabajo
y centros de reeducación. No es por azar
que se les llama el cementerio de hombres vivos.
Allí las palizas son parte de lo cotidiano.
Bastones de goma, manos, pies, maderos y en ocasiones
hasta instrumentos metálicos son empleados
para dejar a las víctimas en estado de
inconsciencia. Los intentos de suicidios eufemísticamente
bautizados como auto agresiones describen las
escenas del desespero madurado bajo condiciones
que vulneran indispensables requisitos de respeto
a la dignidad humana.
En este centro penitenciario sobreviven cerca
de dos mil reos. Muchos no morirán de una
golpiza. La tuberculosis es una asesina eficiente.
También el parkisonil y la carbamazepina,
dos medicamentos utilizados como drogas para aliviar
la desesperanza y el dolor de ser tratados como
cerdos. Las riñas entre reclusos cobran
anualmente un indeterminado número de vidas
debido al tráfico de armas blancas fabricadas
artesanalmente y utilizadas como moneda para comprar
cigarrillos y alimentos, siempre deficitarios
en este mundo del caos.
Es fácil encontrar testimonios de personas
sancionadas por motivos sólo posibles bajo
el reglamento de una dictadura donde las garantías
procesales y la imparcialidad son parte de la
ficción y del discurso oficial plagado
de teorías abiertamente distorsionadas
en la práctica.
Pude ver la enajenación en sus máximas
expresiones, el hacinamiento, al hombre investido
con el traje de la jungla, a la tristeza, que
los barrotes y el recuerdo convierten en veneno
para las neuronas.
Conocí el Combinado Provincial de Guantánamo
y a Agüica, otro sitio donde el terror carcelario
es como una hoguera que consume la racionalidad
del ser humano.
Ahora viene a mi memoria Adolfo Fernández
Sainz, un hombre que también rompió
los esquemas dictatoriales honrando la ética
y la profesionalidad del periodismo. A él
le tocaron 15 años tras las rejas. Milagrosamente
sobrevive en una prisión a 777 kilómetros
de su residencia, acosado por la hostilidad de
los carceleros y sus enfermedades.
Ricardo González Alfonso, Pedro Argüelles
Morán, Víctor Rolando Arroyo Carmona,
Héctor Maseda, Omar Ruiz Hernández,
Julio César Gálvez, Fabio Prieto
Llorente, Jorge Luis García Paneque son
algunos de los candidatos a la muerte como rehenes
de la desidia gubernamental. Ellos resisten su
cautividad con la ilusión de que la justicia
acabe por aparecer en la isla-prisión.
Informar sin los aprisionamientos de la censura
fue su pecado.
Yo dejé esos infiernos el 6 de diciembre
de 2004, después de extinguir 21 meses
de encierro, cuando en un dudoso gesto de magnanimidad
se me concedió una licencia extrapenal
por motivos de salud. Por hacer públicas
mis discrepancias con el régimen un jurado
me impuso 18 años de privación de
libertad.
No exagero cuando afirmo que sentirse preso en
Cuba es algo que sobrepasa la condición
insular que la geografía impone. Esta etapa
"revolucionaria" no sólo será
recordada por el internacionalismo proletario
y las concentraciones populares. Las cárceles
se llevarán el protagonismo y la repulsa,
si no de todos, sí de la mayoría.
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