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SOCIEDAD
El amor en tiempos de Castro
Leonel Pérez Bellete
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- La historia real que narro a continuación
no pretende juzgar la actitud de sus protagonistas.
Puede desarrollarse en cualquier punto de Cuba,
y refleja la odisea existencial cotidiana que
acompaña a un número cada vez mayor
de jóvenes. Poco importan la procedencia
social, el nivel de instrucción, el comportamiento
cívico, las preferencias políticas.
Al final, son sólo seres destinados al
sacrificio. No por causa de una pelea entre dos
familias venecianas, sino por los caprichos y
ansias de poder y dominación de una sola.
Jazmín es una mulata cubana de 19 años.
Es muy bonita, inteligente y fina. Posee amplios
atributos sexuales. Es holguinera, y gracias a
que tiene familiares en la capital vino a vivir
aquí. Estudia en la Universidad de La Habana.
Su novio es francés, un músico de
63 años. Una maravillosa persona, algo
bohemio y romántico. Quedó encantado
con Jazmín desde el primer momento.
Para Jazmín este hombre significa seguridad.
No sólo es una entrada económica,
sino la posibilidad de salir del país y
un futuro mejor en el primer mundo. Según
ella, está enamorada de él. El la
llama por teléfono y viene de visita cada
tres meses hasta que llegue el momento de la boda.
Al mismo tiempo, Jazmín tiene otro novio.
Un mulato de 23 años que declara estar
sumamente enamorado de Jazmín. Se llama
Antonio y es de Camagüey. Antonio trabaja
como cantinero en una cafetería de la Habana
Vieja. Es un buscavida, pero muy decente y afable
en su trato con los demás. Jazmín
dice estar enamorada también de él.
En Antonio Jazmín ve un amor natural, químico,
pero sin futuro ni estabilidad. No es culpa de
ninguno de los dos, ya que es algo muy común
dada la situación en que el régimen
mantiene a sus súbditos. Es muy difícil
comprender esto desde afuera. Hasta los extranjeros
llegan a ser víctimas. Simplemente, se
acepta.
La cosa no termina ahí, porque Antonio
también tiene, de forma paralela, una novia
francesa que tiene 58 años y trabaja en
una agencia de viajes con representación
en Cuba. Dice igualmente estar enamorado de ella.
De forma muy civilizada, Antonio y Jazmín
se separan durante los períodos en que
sus parejas extranjeras permanecen en Cuba, para
luego unirse como si nada hubiera sucedido. Es
algo muy normal para ellos.
Debo resaltar que ni Antonio ni Jazmín
son chulos ni estafadores. Por desgracia, han
aceptado la realidad social que les ha tocado
vivir. Y no son los únicos. En ellos se
pueden ver reflejados miles de ciudadanos que
se han adaptado a la creciente crisis de valores.
No cabe siquiera el querer apreciar el fenómeno
desde un punto de vista ético ni religioso.
Antes hay que revisar la justicia social del sistema,
dado que en un sistema totalitario es el Estado
el que moldea a las masas. Si las personas obran
mal por necesidad, lo que está podrido
es la doctrina que el gobierno impone.
Estos casos suelen ocurrir de forma aislada en
cualquier parte del mundo. Para nada quiero hacer
una crítica moralista ni machista a la
forma de actuar de los seres humanos en pleno
ejercicio de sus derechos personales. Es la falta
de derechos que padece la población cubana
en su propio país la que condiciona esta
masiva conducta. Una válvula de escape
a la olla de presión en que el Comandante
ha convertido el país.
Se está colocando en peligro mortal no
sólo la salud de estos muchachos, sino
a sus conciencias. A la conciencia social de la
familia cubana, que termina por justificar su
suicidio.
Estos asuntos se tratan de esconder bajo la alfombra,
para presentar una Cuba ejemplar que exporta médicos
y una justa doctrina social con el fin de salvar
al mundo.
La cura es simple: se trata de libertad. De devolver
los derechos al pueblo de Cuba, y su autoestima
perdida.
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