|
SOCIEDAD
Un son triste para irme de Cuba
Miguel Saludes
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Un hombre de piel trigueña, parado en
un ángulo del andén de la terminal
de ferrocarriles de Gdansk, observaba a prudente
distancia al bullicioso grupo de estudiantes cubanos
que despedía a sus compañeros de
regreso a la Isla. Varios amigos polacos, que
conocían al individuo, nos habían
hablado de su presencia en aquella ciudad báltica.
Según ellos era un compatriota nuestro
venido a ese paraje por razones desconocidas.
Nunca intentó ponerse en contacto con los
coterráneos que allí estaban.
Sin embargo, a pesar de su distanciamiento, esa
noche se reflejaba en su rostro una mezcla de
interés, alegría y nostalgia. No
lo vimos más. Aquella imagen siempre regresa
cuando pienso en el sentimiento que provoca el
desarraigo de la tierra propia.
También por esos días en nuestras
habitaciones de residentes temporales en Europa
se escuchaban dos grabaciones relacionadas con
el exilio cubano. El estribillo Cuando salí
de Cuba dejé enterrado mi corazón
se intercalaba con Marinero de Cuba, Cuba, sólo
bebe aguardiente para olvidar. Los que los repetían
se hallaban ajenos a que el fenómeno Mariel
se encontraba a nuestras puertas con toda la carga
de dramatismo que encerraban ambas canciones no
radiadas en Cuba.
Al regreso a la patria quiso la casualidad que
en la terminal aérea de Barajas en Madrid,
nos cruzáramos con un grupo de compatriotas
que recién salían excarcelados gracias
a las gestiones del congresista Jessie Jackson.
Ellos iban rumbo a Estados Unidos y nosotros hacia
el Caimán. Nos reconocimos sin dificultad
e intercambiamos bromas y saludos. No hubo silencio
rencoroso ni palabras suspicaces o frases de reproche.
Sólo la apertura natural que caracteriza
el alma cubana. El drama de la partida definitiva
una vez más salía a nuestro paso.
Para algunos de los que allí coincidimos
en ese instante, la realidad de exilio parecía
serles bien extraña. Pero el problema desatado
en los albores del sistema político implantado
con la Revolución del 59, pesaba sobre
ellos y sus familias, haciendo que la posibilidad
de este desenlace estuviera siempre latente. Pocos
meses después vimos partir seres queridos,
al mejor amigo, el novio o la novia se despidieron,
quedando divididas miles de personas por la distancia
política más que geográfica,
para en muchos casos no volverse a encontrar hasta
pasados los años. El aeropuerto habanero
conserva numerosas escenas tristes que hablan
de la separación y exilios, haciendo de
esta manera honor al nombre del Apóstol,
alguien que sufrió en carne y espíritu
esa enorme pena.
Ahora me llegó el turno de pasar por esta
especie de calvario, el cáliz amargo que
pensé nunca bebería. El pájaro
metálico está a punto de levantar
vuelo y a medida que toma impulso va dejando atrás
instantes de mi vida y de tantas otras que pasan
como un meteoro por la memoria. Abajo, entre las
nubes, se extiende esa ciudad bendita en la que
nací, llena de instantes, recuerdos y presencias
imborrables. Abajo queda también la gente
que quiero, las calles que hasta hace unos momentos
transité y donde quedó impresa la
huella de mi paso diario. Más allá
se adivina el cuerpo antillano en reposo.
Sobre una porción de su epidermis se enquista
la prisión que priva a Omar de su libertad.
Otros amigos, sometidos a igual injusticia están
dispersos por la verde piel insular. En esa tierra
donde tanto amé queda tronchado el amor
adolescente y primero de mi hijo. En sus entrañas
se unen las cenizas sagradas de los seres queridos.
Sobre ella corren los niños que no veré
crecer a no ser a través de fotos o videos.
Queda la casa sellada, decreto oficial y cruel
del no regreso, que la necesidad convertirá
en objeto de disputa. En su interior, el refrigerador
que compró mi madre en los años
de su juventud y el televisor que pude adquirir
en los tiempos de bonanza socialista con mi dinero
nacional dejaron de ser míos.
Más allá de propiedades, libros
y sentimientos, permanecen proyectos por realizar
y otros por materializar: la iglesia y una ilusión
nombrada Varela con la que todo podría
comenzar a ser mejor. En la tarjeta de embarque,
junto a la casilla que indica con el país
de destino, quedan inscritas letras HP para designar
el tipo de visa, cuyo significado aún no
logro descifrar. ¿Será esto parte
de la humillación que parece no tener fin?
Ahora se pueden apreciar los brazos de la bahía
que a Carlos Varela se le antojaron piernas en
Habáname. Ellos envuelven a esa Habana
de las sábanas blancas de Gerardo Alfonso,
la que Ireneo invita a andar, la de las habaneras
cantadas por Liuba. Con todos sus encantos, a
pesar de lo feo que lucha por consumirla, sigue
estando la ciudad que nunca dejará de ser
nuestra. El horizonte se alza lleno de enigmas.
A medida que se acerca siento en el alma otra
canción que va creciendo. Es el son de
las cuatro décadas de Marisela Verena tarareado
en la Cuba de los noventa. La suma de los meses
que la compositora pinareña reflejó
en la letra de su canción han rebasado
los 480 y rebasan los 500, cifra que amenaza con
seguir subiendo.
A diferencia del viejo canto, más que
un corazón enterrado en Cuba se queda una
parte importante de mi ser. Ahora esas dos mitades,
la que voló y la que me dijo adiós
desde tierra, andarán inquietas hasta que
llegue ese gran día en que volverán
a unirse para como tantos otros entonar un canto
de reconciliación y libertad. Por el momento
se impone la música de un raro son, que
además de la tristeza que expresa, parece
evitar el baile.
Cuatrocientos ochenta meses de idioma ajeno
cuarenta años sin ver el sol que nacer
nos vio
mi generación se aferra
a una raíz sin tierra.
¡Qué largo es el son que canta
mi desmembrada generación!
|