PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 2, 2005
 

SOCIEDAD
Un son triste para irme de Cuba

Miguel Saludes

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Un hombre de piel trigueña, parado en un ángulo del andén de la terminal de ferrocarriles de Gdansk, observaba a prudente distancia al bullicioso grupo de estudiantes cubanos que despedía a sus compañeros de regreso a la Isla. Varios amigos polacos, que conocían al individuo, nos habían hablado de su presencia en aquella ciudad báltica. Según ellos era un compatriota nuestro venido a ese paraje por razones desconocidas. Nunca intentó ponerse en contacto con los coterráneos que allí estaban.

Sin embargo, a pesar de su distanciamiento, esa noche se reflejaba en su rostro una mezcla de interés, alegría y nostalgia. No lo vimos más. Aquella imagen siempre regresa cuando pienso en el sentimiento que provoca el desarraigo de la tierra propia.

También por esos días en nuestras habitaciones de residentes temporales en Europa se escuchaban dos grabaciones relacionadas con el exilio cubano. El estribillo Cuando salí de Cuba dejé enterrado mi corazón se intercalaba con Marinero de Cuba, Cuba, sólo bebe aguardiente para olvidar. Los que los repetían se hallaban ajenos a que el fenómeno Mariel se encontraba a nuestras puertas con toda la carga de dramatismo que encerraban ambas canciones no radiadas en Cuba.

Al regreso a la patria quiso la casualidad que en la terminal aérea de Barajas en Madrid, nos cruzáramos con un grupo de compatriotas que recién salían excarcelados gracias a las gestiones del congresista Jessie Jackson. Ellos iban rumbo a Estados Unidos y nosotros hacia el Caimán. Nos reconocimos sin dificultad e intercambiamos bromas y saludos. No hubo silencio rencoroso ni palabras suspicaces o frases de reproche. Sólo la apertura natural que caracteriza el alma cubana. El drama de la partida definitiva una vez más salía a nuestro paso.

Para algunos de los que allí coincidimos en ese instante, la realidad de exilio parecía serles bien extraña. Pero el problema desatado en los albores del sistema político implantado con la Revolución del 59, pesaba sobre ellos y sus familias, haciendo que la posibilidad de este desenlace estuviera siempre latente. Pocos meses después vimos partir seres queridos, al mejor amigo, el novio o la novia se despidieron, quedando divididas miles de personas por la distancia política más que geográfica, para en muchos casos no volverse a encontrar hasta pasados los años. El aeropuerto habanero conserva numerosas escenas tristes que hablan de la separación y exilios, haciendo de esta manera honor al nombre del Apóstol, alguien que sufrió en carne y espíritu esa enorme pena.

Ahora me llegó el turno de pasar por esta especie de calvario, el cáliz amargo que pensé nunca bebería. El pájaro metálico está a punto de levantar vuelo y a medida que toma impulso va dejando atrás instantes de mi vida y de tantas otras que pasan como un meteoro por la memoria. Abajo, entre las nubes, se extiende esa ciudad bendita en la que nací, llena de instantes, recuerdos y presencias imborrables. Abajo queda también la gente que quiero, las calles que hasta hace unos momentos transité y donde quedó impresa la huella de mi paso diario. Más allá se adivina el cuerpo antillano en reposo.

Sobre una porción de su epidermis se enquista la prisión que priva a Omar de su libertad. Otros amigos, sometidos a igual injusticia están dispersos por la verde piel insular. En esa tierra donde tanto amé queda tronchado el amor adolescente y primero de mi hijo. En sus entrañas se unen las cenizas sagradas de los seres queridos. Sobre ella corren los niños que no veré crecer a no ser a través de fotos o videos. Queda la casa sellada, decreto oficial y cruel del no regreso, que la necesidad convertirá en objeto de disputa. En su interior, el refrigerador que compró mi madre en los años de su juventud y el televisor que pude adquirir en los tiempos de bonanza socialista con mi dinero nacional dejaron de ser míos.

Más allá de propiedades, libros y sentimientos, permanecen proyectos por realizar y otros por materializar: la iglesia y una ilusión nombrada Varela con la que todo podría comenzar a ser mejor. En la tarjeta de embarque, junto a la casilla que indica con el país de destino, quedan inscritas letras HP para designar el tipo de visa, cuyo significado aún no logro descifrar. ¿Será esto parte de la humillación que parece no tener fin?

Ahora se pueden apreciar los brazos de la bahía que a Carlos Varela se le antojaron piernas en Habáname. Ellos envuelven a esa Habana de las sábanas blancas de Gerardo Alfonso, la que Ireneo invita a andar, la de las habaneras cantadas por Liuba. Con todos sus encantos, a pesar de lo feo que lucha por consumirla, sigue estando la ciudad que nunca dejará de ser nuestra. El horizonte se alza lleno de enigmas. A medida que se acerca siento en el alma otra canción que va creciendo. Es el son de las cuatro décadas de Marisela Verena tarareado en la Cuba de los noventa. La suma de los meses que la compositora pinareña reflejó en la letra de su canción han rebasado los 480 y rebasan los 500, cifra que amenaza con seguir subiendo.

A diferencia del viejo canto, más que un corazón enterrado en Cuba se queda una parte importante de mi ser. Ahora esas dos mitades, la que voló y la que me dijo adiós desde tierra, andarán inquietas hasta que llegue ese gran día en que volverán a unirse para como tantos otros entonar un canto de reconciliación y libertad. Por el momento se impone la música de un raro son, que además de la tristeza que expresa, parece evitar el baile.

Cuatrocientos ochenta meses de idioma ajeno
cuarenta años sin ver el sol que nacer nos vio
mi generación se aferra
a una raíz sin tierra.
¡Qué largo es el son que canta
mi desmembrada generación!


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