PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 2, 2005
 

ECONOMIA INFORMAL
¿La mejor de las Cubas posibles?

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - La Cuba de inicios del siglo XXI es, sin dudas, un país singular. Mucho se ha hablado de su carácter excepcional, y sus peculiaridades han sido ampliamente relatadas.

Pero, ¿a cuál de las Cubas posibles o existentes se refieren los estudiosos? ¿A la isla escenografía para turistas, con sus autos clásicos, sus eternas mulatas, negritos rumberos, hoteles, playas, orquestas de salsa, ron y tabaco? ¿A la Cuba nostálgica de los 50? ¿La Cuba de las marchas, la porra y las prisiones? ¿La de las jineteras, los travestis y la droga? ¿La Cuba "faro de América ¿? toda" de los discursos? ¿La de esa gente trabajadora y sacrificada que sobrevive con un salario de hambre sin perder la sonrisa, y sobre todo, la esperanza? Hay infinidad de países, un mosaico de realidades que conviven y se mezclan, compuesto que por momentos se torna inabarcable.

Cuba es un país gobernado por una dictadura totalitaria. Sobre esa Cuba se montan todas las otras Cubas posibles, reales o imaginarias.

Existe la Cuba del mercado negro, donde no hay nada -desde carne hasta una lavadora- que no se pueda comprar: medicinas, autos, gasolina, ropa, zapatos. Todas las tiendas de alimentos, electrodomésticos, ferreterías y tabaquerías están rodeadas de personas que venden los mismos productos a menor precio.

Uno de los negocios que mueve cientos de miles de pesos es el negocio de las apuestas. El régimen de apuestas es bastante ecléctico. Están las peleas de gallos, las peleas de perros, el béisbol y en menor medida las carreras clandestinas de autos. Alrededor de esta operación oculta se mueve una floreciente industria gastronómica privada, encargada de suministrar la comida y bebida que se consume en las vallas de gallos, en las peleas de perros, etc.

Una de las primeras medidas de la Revolución fue eliminar el juego. Casinos y máquinas tragamonedas pasaron a mejor vida. Sin embargo, la propensión del cubano a los juegos de azar persiste. El que más arraigo tiene en la población es la lotería, popularmente conocida como la bolita. La bolita es un negocio que da mucho dinero. Para formar un banco hacen falta entre 60 y 70 mil pesos, y seis o siete listeros que trabajen para el banco. Estos recogen las apuntaciones de los clientes. Un buen listero entrega al banco entre mil y 1,500 pesos diariamente, a veces más, en dependencia del barrio, la zona, la provincia.

Funcionan con éxito en La Habana bares clandestinos con mesas de billar, ruletas, juegos de dados y mesas de cartas donde se apuesta fuerte. Son sitios concurridos por los nuevos ricos, los nuevos capitalistas de la industria sumergida, y por algún que otro buscador de fortuna.

Bajo la imagen -o superpuestas las imágenes- de los flamantes autos clásicos, de la agencia Rent Card, empresa estatal que opera en moneda convertible al servicio del turismo, circulan los almendrones, verdaderos milagros rodantes, mutantes, que mueven a una buena parte de la población en sus diarios viajes. Detrás del funcionamiento de estos autos subyace una capacidad técnica y una ingeniosidad productiva capaces de hacernos evocar una visión diferente del futuro.

Como paliativo a la crisis del transporte en los 90, el gobierno se vio obligado a autorizar el trabajo por cuenta propia, y reaparecieron los choferes de taxis privados. En Cuba nadie puede poseer más de dos autos, y no se pueden vender, ni existe ninguna tienda o similar que venda autos. Sin embargo, la mayor parte de los almendrones que circulan por la ciudad están en manos de diez o doce personas, avispados negociantes, que al margen de la ley se enriquecen y controlan el transporte en la ciudad de La Habana. Algunos de ellos son dueños de hasta 20 de esos autos, y tienen un verdadero ejército de empleados a su disposición.

Quiero referirme principalmente a esa otra Cuba, la que vive y crece bajo las tantas otras posibles: la Cuba de los nuevos capitalistas, de los empresarios al margen de la ley.

El fenómeno de la corrupción desangra a la economía nacional. Escándalos recientes como los de COPEXTEL o CUBANACAN, dos importantes empresas estatales, conmovieron al sistema. La industria sumergida tiene su germen ahí, en el descontrol económico, en la ineficiente gestión empresarial, en la corrupción. El embrión apareció en los años 80 y en estos momentos el nuevo ser alcanza su momento de mayor auge.

La industria sumergida tiene dos líneas fundamentales. La industria creada a partir de la iniciativa individual de una persona o un grupo de personas funciona en casas particulares, solares yermos, garajes abandonados, con maquinarias y equipos tomados de las empresas estatales o fabricados por ellos mismos. La materia prima la adquieren en el mercado negro o es sustraída del sector estatal. Usan sus propios almacenes o venden su producción a almacenes privados, también clandestinos, que la distribuyen en el mercado estatal (en Cuba no existe otro mercado).

Para poder distribuir y vender sus productos usan las mismas marcas de la industria gubernamental (en Cuba no está autorizada otra industria que la del Estado). Hay fábricas de cerveza Cristal, de Ron Havana Club, de tabacos Cohiba, de refrescos TuKola, Cachito, Najita y Tropicota; hay fábricas de Champú, de chorizos, de medicamentos, de ropa… Contratan a sus propios trabajadores, por lo general familiares o amigos cercanos, y pagan salarios superiores a los que paga el gobierno.

La otra línea funciona dentro de las mismas empresas del Estado. Su existencia se basa sobre la más absoluta eficiencia. Utilizan la materia prima y los recursos destinados a la empresa. Son capaces de producir y cumplir con las metas de producción que traza el Estado, y obtener una superproducción que constituye su ganancia. Ejemplo: Si la norma de consumo dice que con un gramo de chocolate se hace una galleta, ellos hacen dos. "Una es la de Fidel y la otra la de nosotros", dicen.

En la medida en que acumulan capital invierten dinero en la adquisición de materia prima en el mercado negro, e incluso en la modernización de los equipos e instrumentos de trabajo. Usan almacenes del gobierno y distribuyen sus productos en el mercado estatal. Los empleados son los mismos que trabajan en la empresa, contratados por el Estado, les pagan un poco más del salario establecido y les hacen trabajar muchas más horas.

La industria sumergida maneja cientos de miles de pesos. Sus dueños se hacen cada vez más ricos. Son cuidadosos, han vivido la experiencia de los "macetas" -como se llamó en Cuba a los nuevos ricos surgidos fundamentalmente del mercado negro en los 90-, reprimidos por el gobierno debido a su ostentación. Se mueven fundamentalmente en el giro de la industria alimenticia, aunque su espectro productivo es amplio. Para sobrevivir en un medio que niega por principio la iniciativa privada sobornan a policías, inspectores, directivos de las empresas estatales, funcionarios del gobierno.

Han organizado de tal manera la cadena de distribución que la controlan de manera absoluta. Algunos, los más avispados, son dueños de varias fábricas o de parte de ellas, e incluso invierten dinero fuera del país. Han montado fábricas similares a las que tienen en Cuba en países como Ecuador y Bolivia.

Son verdaderos capitalistas a la antigua. Hacen trabajar a sus obreros largas jornadas laborales, muchas veces los siete días de la semana. Les pagan mejores salarios que el Estado, pero se adueñan de una enorme plusvalía. No admiten sindicatos ni reclamos de ningún tipo. Despiden por cualquier nimiedad a sus obreros y mantienen una disciplina de hierro dentro de las instalaciones de la fábrica.

El socialismo cubano ha perseguido implacablemente durante toda su historia en el poder cualquier germen de propiedad privada sobre los medios de producción, cualquier indicio de sociedad de consumo. Se vio obligado durante la década del 90 a autorizar algunas formas de trabajo por cuenta propia, pero esta industria privada emergente ha escapado a su control. Su crecimiento parece imparable e involucra cada vez más sectores de la sociedad.

Una amiga me comentaba hace poco que el tránsito ha comenzado en Cuba. ¿Será éste su mayor indicio? ¿Hasta dónde llegará el poder de expansión de esta industria? ¿Es ésta la mejor de las Cubas posibles? Ha sido un proceso lento, que se ha acelerado poco a poco, pero que carcome los cimientos del socialismo.

Bajo la aparente mejoría que le imprimen a la producción y distribución estatales crece una nueva clase social, que se fortalece poco a poco, crece y comienza a pensar acorde a sus propios intereses. Una de sus características fundamentales es su poder de mimesis, su capacidad de camuflaje. Los que trabajan en este sector saben que no pueden señalarse, por lo tanto se muestran públicamente como "revolucionarios" convencidos, aparentes cumplidores de la legalidad socialista. No se mezclan en política, evitan la disidencia pública, pero a nadie teme más el gobierno que a estos señores. Le temen, como a ninguna otra, a esta Cuba posible porque es su antítesis, es la Cuba del capitalismo, y éstos son sus mensajeros inevitables, especie de arcángeles de una nueva época. Ha comenzado el tránsito al capitalismo en Cuba, no le quepa la menor duda.


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