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ECONOMIA
INFORMAL
¿La mejor de las Cubas posibles?
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- La Cuba de inicios del siglo XXI es, sin dudas,
un país singular. Mucho se ha hablado de
su carácter excepcional, y sus peculiaridades
han sido ampliamente relatadas.
Pero, ¿a cuál de las Cubas posibles
o existentes se refieren los estudiosos? ¿A
la isla escenografía para turistas, con
sus autos clásicos, sus eternas mulatas,
negritos rumberos, hoteles, playas, orquestas
de salsa, ron y tabaco? ¿A la Cuba nostálgica
de los 50? ¿La Cuba de las marchas, la
porra y las prisiones? ¿La de las jineteras,
los travestis y la droga? ¿La Cuba "faro
de América ¿? toda" de los
discursos? ¿La de esa gente trabajadora
y sacrificada que sobrevive con un salario de
hambre sin perder la sonrisa, y sobre todo, la
esperanza? Hay infinidad de países, un
mosaico de realidades que conviven y se mezclan,
compuesto que por momentos se torna inabarcable.
Cuba es un país gobernado por una dictadura
totalitaria. Sobre esa Cuba se montan todas las
otras Cubas posibles, reales o imaginarias.
Existe la Cuba del mercado negro, donde no hay
nada -desde carne hasta una lavadora- que no se
pueda comprar: medicinas, autos, gasolina, ropa,
zapatos. Todas las tiendas de alimentos, electrodomésticos,
ferreterías y tabaquerías están
rodeadas de personas que venden los mismos productos
a menor precio.
Uno de los negocios que mueve cientos de miles
de pesos es el negocio de las apuestas. El régimen
de apuestas es bastante ecléctico. Están
las peleas de gallos, las peleas de perros, el
béisbol y en menor medida las carreras
clandestinas de autos. Alrededor de esta operación
oculta se mueve una floreciente industria gastronómica
privada, encargada de suministrar la comida y
bebida que se consume en las vallas de gallos,
en las peleas de perros, etc.
Una de las primeras medidas de la Revolución
fue eliminar el juego. Casinos y máquinas
tragamonedas pasaron a mejor vida. Sin embargo,
la propensión del cubano a los juegos de
azar persiste. El que más arraigo tiene
en la población es la lotería, popularmente
conocida como la bolita. La bolita es un negocio
que da mucho dinero. Para formar un banco hacen
falta entre 60 y 70 mil pesos, y seis o siete
listeros que trabajen para el banco. Estos recogen
las apuntaciones de los clientes. Un buen listero
entrega al banco entre mil y 1,500 pesos diariamente,
a veces más, en dependencia del barrio,
la zona, la provincia.
Funcionan con éxito en La Habana bares
clandestinos con mesas de billar, ruletas, juegos
de dados y mesas de cartas donde se apuesta fuerte.
Son sitios concurridos por los nuevos ricos, los
nuevos capitalistas de la industria sumergida,
y por algún que otro buscador de fortuna.
Bajo la imagen -o superpuestas las imágenes-
de los flamantes autos clásicos, de la
agencia Rent Card, empresa estatal que opera en
moneda convertible al servicio del turismo, circulan
los almendrones, verdaderos milagros rodantes,
mutantes, que mueven a una buena parte de la población
en sus diarios viajes. Detrás del funcionamiento
de estos autos subyace una capacidad técnica
y una ingeniosidad productiva capaces de hacernos
evocar una visión diferente del futuro.
Como paliativo a la crisis del transporte en
los 90, el gobierno se vio obligado a autorizar
el trabajo por cuenta propia, y reaparecieron
los choferes de taxis privados. En Cuba nadie
puede poseer más de dos autos, y no se
pueden vender, ni existe ninguna tienda o similar
que venda autos. Sin embargo, la mayor parte de
los almendrones que circulan por la ciudad están
en manos de diez o doce personas, avispados negociantes,
que al margen de la ley se enriquecen y controlan
el transporte en la ciudad de La Habana. Algunos
de ellos son dueños de hasta 20 de esos
autos, y tienen un verdadero ejército de
empleados a su disposición.
Quiero referirme principalmente a esa otra Cuba,
la que vive y crece bajo las tantas otras posibles:
la Cuba de los nuevos capitalistas, de los empresarios
al margen de la ley.
El fenómeno de la corrupción desangra
a la economía nacional. Escándalos
recientes como los de COPEXTEL o CUBANACAN, dos
importantes empresas estatales, conmovieron al
sistema. La industria sumergida tiene su germen
ahí, en el descontrol económico,
en la ineficiente gestión empresarial,
en la corrupción. El embrión apareció
en los años 80 y en estos momentos el nuevo
ser alcanza su momento de mayor auge.
La industria sumergida tiene dos líneas
fundamentales. La industria creada a partir de
la iniciativa individual de una persona o un grupo
de personas funciona en casas particulares, solares
yermos, garajes abandonados, con maquinarias y
equipos tomados de las empresas estatales o fabricados
por ellos mismos. La materia prima la adquieren
en el mercado negro o es sustraída del
sector estatal. Usan sus propios almacenes o venden
su producción a almacenes privados, también
clandestinos, que la distribuyen en el mercado
estatal (en Cuba no existe otro mercado).
Para poder distribuir y vender sus productos
usan las mismas marcas de la industria gubernamental
(en Cuba no está autorizada otra industria
que la del Estado). Hay fábricas de cerveza
Cristal, de Ron Havana Club, de tabacos Cohiba,
de refrescos TuKola, Cachito, Najita y Tropicota;
hay fábricas de Champú, de chorizos,
de medicamentos, de ropa
Contratan a sus
propios trabajadores, por lo general familiares
o amigos cercanos, y pagan salarios superiores
a los que paga el gobierno.
La otra línea funciona dentro de las mismas
empresas del Estado. Su existencia se basa sobre
la más absoluta eficiencia. Utilizan la
materia prima y los recursos destinados a la empresa.
Son capaces de producir y cumplir con las metas
de producción que traza el Estado, y obtener
una superproducción que constituye su ganancia.
Ejemplo: Si la norma de consumo dice que con un
gramo de chocolate se hace una galleta, ellos
hacen dos. "Una es la de Fidel y la otra
la de nosotros", dicen.
En la medida en que acumulan capital invierten
dinero en la adquisición de materia prima
en el mercado negro, e incluso en la modernización
de los equipos e instrumentos de trabajo. Usan
almacenes del gobierno y distribuyen sus productos
en el mercado estatal. Los empleados son los mismos
que trabajan en la empresa, contratados por el
Estado, les pagan un poco más del salario
establecido y les hacen trabajar muchas más
horas.
La industria sumergida maneja cientos de miles
de pesos. Sus dueños se hacen cada vez
más ricos. Son cuidadosos, han vivido la
experiencia de los "macetas" -como se
llamó en Cuba a los nuevos ricos surgidos
fundamentalmente del mercado negro en los 90-,
reprimidos por el gobierno debido a su ostentación.
Se mueven fundamentalmente en el giro de la industria
alimenticia, aunque su espectro productivo es
amplio. Para sobrevivir en un medio que niega
por principio la iniciativa privada sobornan a
policías, inspectores, directivos de las
empresas estatales, funcionarios del gobierno.
Han organizado de tal manera la cadena de distribución
que la controlan de manera absoluta. Algunos,
los más avispados, son dueños de
varias fábricas o de parte de ellas, e
incluso invierten dinero fuera del país.
Han montado fábricas similares a las que
tienen en Cuba en países como Ecuador y
Bolivia.
Son verdaderos capitalistas a la antigua. Hacen
trabajar a sus obreros largas jornadas laborales,
muchas veces los siete días de la semana.
Les pagan mejores salarios que el Estado, pero
se adueñan de una enorme plusvalía.
No admiten sindicatos ni reclamos de ningún
tipo. Despiden por cualquier nimiedad a sus obreros
y mantienen una disciplina de hierro dentro de
las instalaciones de la fábrica.
El socialismo cubano ha perseguido implacablemente
durante toda su historia en el poder cualquier
germen de propiedad privada sobre los medios de
producción, cualquier indicio de sociedad
de consumo. Se vio obligado durante la década
del 90 a autorizar algunas formas de trabajo por
cuenta propia, pero esta industria privada emergente
ha escapado a su control. Su crecimiento parece
imparable e involucra cada vez más sectores
de la sociedad.
Una amiga me comentaba hace poco que el tránsito
ha comenzado en Cuba. ¿Será éste
su mayor indicio? ¿Hasta dónde llegará
el poder de expansión de esta industria?
¿Es ésta la mejor de las Cubas posibles?
Ha sido un proceso lento, que se ha acelerado
poco a poco, pero que carcome los cimientos del
socialismo.
Bajo la aparente mejoría que le imprimen
a la producción y distribución estatales
crece una nueva clase social, que se fortalece
poco a poco, crece y comienza a pensar acorde
a sus propios intereses. Una de sus características
fundamentales es su poder de mimesis, su capacidad
de camuflaje. Los que trabajan en este sector
saben que no pueden señalarse, por lo tanto
se muestran públicamente como "revolucionarios"
convencidos, aparentes cumplidores de la legalidad
socialista. No se mezclan en política,
evitan la disidencia pública, pero a nadie
teme más el gobierno que a estos señores.
Le temen, como a ninguna otra, a esta Cuba posible
porque es su antítesis, es la Cuba del
capitalismo, y éstos son sus mensajeros
inevitables, especie de arcángeles de una
nueva época. Ha comenzado el tránsito
al capitalismo en Cuba, no le quepa la menor duda.
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