PRENSA INDEPENDIENTE
Septiembre 1, 2005
 

CULTURA
Los perdones de Noel

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Vertientes, Camagüey, en 1968 no era un buen lugar para sueños de trovadores. Tampoco lo es hoy, sólo que ya los cantautores no vagan por cañaverales y centrales azucareros -los pocos que quedan- en busca de musas inspiradoras. Andan demasiado ocupados procurando grabar bajo las condiciones que sean con disqueras extranjeras que les abran, si tienen suerte, las puertas del mundo exterior -el real.

Cada época tiene sus propios sueños, por duros que sean los tiempos, o tal vez, precisamente, por esa razón.

A fines de 1968 Noel Nicola con su guitarra a cuestas y sediento de amor, andaba por Vertientes en pos del rastro de las chicas del conservatorio Amadeo Roldán.

Las artistas del futuro cumplían sus inefables 45 días de escuela al campo entre agotadoras jornadas agrícolas, nubes de polvo rojo, hordas de mosquitos, adoctrinamiento político inmisericorde, sexo furtivo y hambre atenuada por las hoy añoradas latas de carne rusa y de leche condensada.

Alguna noche en el campamento, Noel Nicola alternó sus todavía inéditas canciones con la música de un improvisado grupo de muchachas. Una gorda con minifalda a rayas enarbolaba un fagot como una bazooka. Linda, frágil, Lucía Huergo, que no había descubierto el saxo y creo que tampoco el sexo, tocaba el piano. Delgada, adolescente, con corrector dental, Sara González se las arreglaba con la guitarra. Sólo rasgueaba. Todavía no cantaba, no estaba condecorada ni era diputada del Coro Nacional del Poder Popular. No existía ni se lamentaba su ausencia.

Era la prehistoria de la nueva trova. Noel, aunque no pasaba por la radio, ya había cantando en Casa de las Américas junto a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Eso no impedía que su incipiente melena y sus muy ajustados pantalones le acarrearan problemas con los suspicaces y montaraces policías locales.

Todo se resolvía con las explicaciones de Noel sobre el arte revolucionario, ininteligible para ellos, y sobre todo con la presentación de un papel firmado por Haydee Santamaría.

En aquellos días y por aquellos parajes del sur de Camagüey fue que Noel imaginó a María del Carmen. La envolvían los ruidos que salían del tamdem inglés del central. El pelo y la piel le olían a miel residual. La muchacha miró el anillo en la mano derecha del cantante y sonrió despacio. Entonces supo que la buscaría siempre, y que cuando la encontrara, tendría necesariamente que amarla.

Buscando a María del Carmen, que también pudo ser Yolanda, Bárbara o Gretel, Noel pasó los próximos 36 años de su vida. Por momentos olvidó a quien buscaba. Creyó encontrarla varias veces y otras tantas confundió la mujer. Sólo le quedaba la canción que se iba poniendo vieja como prueba de que existía.

Así le pasó con todo a Noel. Ocurrió con sus sueños, con sus amigos y con las ideas en las que creyó. Al final se escapaban, o entre sus dedos se convertían en otra cosa.

Cuando el Movimiento Nacional de la Nueva Trova (MNT) se desplomó como un muro carcomido bajo el peso de un elefante gris, burocrático y sobrecargado de loas, Noel no se lamentó. Compuso canciones para niños y se sintió en paz para seguir componiendo sin encargos.

Noel Nicola murió este verano, a los 58 años. El cáncer le ganó la partida. De nada sirvieron las trampas del cantante. Las únicas que conoció bien fueron los trucos guitarrísticos que le enseñó el viejo Isaac. Eran insuficientes contra la muerte.

Antes de irse del brazo de Ibrahim Ferrer, su colega de música, con igual fecha de vuelo en el viaje al más allá, ya Noel había concedido los perdones oportunos para ir ligero de alma.

Siempre el mismo flaco feo y noble de siempre, fue generoso en sus absoluciones. Primero perdonó a los que con odio quisieron impedir que nacieran sus canciones, y a los que luego las utilizaron como otra arma de la revolución, aunque no las entendieron.

Perdonó a María del Carmen por no haber cruzado los límites inciertos de la imaginación. Se abstuvo de reproches por su demora eterna en acudir y por todo el desamor de la espera. Finalmente, la comprendió. Durante todo ese tiempo ambos creyeron, en vano, que era la patria quien llamó de noche a sus puertas. A otra mujer, y a todas las que intentaron sustituir a María del Carmen les perdonó sus zapatos de nube, las cervezas, los cigarros, las madrugadas y el frío. Incluso les perdonó que no lo amaran.

Lo que no perdonó, ni a ellas ni a los sueños inducidos con una sociedad mejor, fue que lo besaran con alevosía para luego abandonarlo a su suerte y a la desilusión.

Por las esquinas del infinito Noel Nicola sigue buscando a María del Carmen. Va sin rencores, afanes ni ilusiones de utilería, como se busca a las amantes imaginarias.


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