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CULTURA
Los perdones de Noel
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org)
- Vertientes, Camagüey, en 1968 no era un
buen lugar para sueños de trovadores. Tampoco
lo es hoy, sólo que ya los cantautores
no vagan por cañaverales y centrales azucareros
-los pocos que quedan- en busca de musas inspiradoras.
Andan demasiado ocupados procurando grabar bajo
las condiciones que sean con disqueras extranjeras
que les abran, si tienen suerte, las puertas del
mundo exterior -el real.
Cada época tiene sus propios sueños,
por duros que sean los tiempos, o tal vez, precisamente,
por esa razón.
A fines de 1968 Noel Nicola con su guitarra a
cuestas y sediento de amor, andaba por Vertientes
en pos del rastro de las chicas del conservatorio
Amadeo Roldán.
Las artistas del futuro cumplían sus inefables
45 días de escuela al campo entre agotadoras
jornadas agrícolas, nubes de polvo rojo,
hordas de mosquitos, adoctrinamiento político
inmisericorde, sexo furtivo y hambre atenuada
por las hoy añoradas latas de carne rusa
y de leche condensada.
Alguna noche en el campamento, Noel Nicola alternó
sus todavía inéditas canciones con
la música de un improvisado grupo de muchachas.
Una gorda con minifalda a rayas enarbolaba un
fagot como una bazooka. Linda, frágil,
Lucía Huergo, que no había descubierto
el saxo y creo que tampoco el sexo, tocaba el
piano. Delgada, adolescente, con corrector dental,
Sara González se las arreglaba con la guitarra.
Sólo rasgueaba. Todavía no cantaba,
no estaba condecorada ni era diputada del Coro
Nacional del Poder Popular. No existía
ni se lamentaba su ausencia.
Era la prehistoria de la nueva trova. Noel, aunque
no pasaba por la radio, ya había cantando
en Casa de las Américas junto a Silvio
Rodríguez y Pablo Milanés. Eso no
impedía que su incipiente melena y sus
muy ajustados pantalones le acarrearan problemas
con los suspicaces y montaraces policías
locales.
Todo se resolvía con las explicaciones
de Noel sobre el arte revolucionario, ininteligible
para ellos, y sobre todo con la presentación
de un papel firmado por Haydee Santamaría.
En aquellos días y por aquellos parajes
del sur de Camagüey fue que Noel imaginó
a María del Carmen. La envolvían
los ruidos que salían del tamdem inglés
del central. El pelo y la piel le olían
a miel residual. La muchacha miró el anillo
en la mano derecha del cantante y sonrió
despacio. Entonces supo que la buscaría
siempre, y que cuando la encontrara, tendría
necesariamente que amarla.
Buscando a María del Carmen, que también
pudo ser Yolanda, Bárbara o Gretel, Noel
pasó los próximos 36 años
de su vida. Por momentos olvidó a quien
buscaba. Creyó encontrarla varias veces
y otras tantas confundió la mujer. Sólo
le quedaba la canción que se iba poniendo
vieja como prueba de que existía.
Así le pasó con todo a Noel. Ocurrió
con sus sueños, con sus amigos y con las
ideas en las que creyó. Al final se escapaban,
o entre sus dedos se convertían en otra
cosa.
Cuando el Movimiento Nacional de la Nueva Trova
(MNT) se desplomó como un muro carcomido
bajo el peso de un elefante gris, burocrático
y sobrecargado de loas, Noel no se lamentó.
Compuso canciones para niños y se sintió
en paz para seguir componiendo sin encargos.
Noel Nicola murió este verano, a los 58
años. El cáncer le ganó la
partida. De nada sirvieron las trampas del cantante.
Las únicas que conoció bien fueron
los trucos guitarrísticos que le enseñó
el viejo Isaac. Eran insuficientes contra la muerte.
Antes de irse del brazo de Ibrahim Ferrer, su
colega de música, con igual fecha de vuelo
en el viaje al más allá, ya Noel
había concedido los perdones oportunos
para ir ligero de alma.
Siempre el mismo flaco feo y noble de siempre,
fue generoso en sus absoluciones. Primero perdonó
a los que con odio quisieron impedir que nacieran
sus canciones, y a los que luego las utilizaron
como otra arma de la revolución, aunque
no las entendieron.
Perdonó a María del Carmen por
no haber cruzado los límites inciertos
de la imaginación. Se abstuvo de reproches
por su demora eterna en acudir y por todo el desamor
de la espera. Finalmente, la comprendió.
Durante todo ese tiempo ambos creyeron, en vano,
que era la patria quien llamó de noche
a sus puertas. A otra mujer, y a todas las que
intentaron sustituir a María del Carmen
les perdonó sus zapatos de nube, las cervezas,
los cigarros, las madrugadas y el frío.
Incluso les perdonó que no lo amaran.
Lo que no perdonó, ni a ellas ni a los
sueños inducidos con una sociedad mejor,
fue que lo besaran con alevosía para luego
abandonarlo a su suerte y a la desilusión.
Por las esquinas del infinito Noel Nicola sigue
buscando a María del Carmen. Va sin rencores,
afanes ni ilusiones de utilería, como se
busca a las amantes imaginarias.
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