PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 21, 2005
 

REPRESION
La cita

Rafael Ferro Salas, Abdala Press

PINAR DEL RIO, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Tocaron con el puño a la puerta de mi casa. Mi esposa y yo nos disponíamos a comer. Miré el reloj, y le dije a mi compañera: "Ocho y media de la noche ¡Qué hora para tocar en una casa!"

Abrí la puerta y lo primero que tuve ante mis ojos fue una mano con un papel. Alcé la vista y entonces vi también al jefe del sector de la policía en mi barrio.

"¿Quién es?", preguntó mi esposa, sentada ya a la mesa.

No le respondí. Miré fijo a los ojos del que me citaba. En las hombreras de su camisa de uniforme llevaba los grados de capitán, le sudaba el rostro; quizás no era yo el único citado. Se veía que el hombre había trabajado bastante.

"Esta cita es para la jefatura de la policía. Mañana a las nueve de la mañana", dijo.

Se alejó sin esperar mi respuesta. Esperé en la puerta a que bajara el último escalón (yo vivo en una tercera planta).

Al rato, mi esposa y yo seguíamos sentados a la mesa sin comer. Una cita policial no es un simple papel que llega entregado por alguno de la policía, es más que eso. Trastorna a todos en la familia.

Esa noche mis perros me miraron distinto (tengo cinco perros). Mi esposa y yo apenas nos cruzábamos palabras. Yo miraba el reloj de pared en la sala y me parecía que todos los relojes del mundo se habían detenido.

Al rato bajé al parque. En el aire se respiraba un ligero olor a lluvia, pero al fin no llovió. Pude notar que los vecinos me esquivaban. Estuve casi dos horas sentado en un banco. Nadie vino a conversar conmigo; era evidente que habían visto al policía cuando llevó la cita a mi casa. Tenían miedo.

La madrugada me sorprendió sentado en la sala de mi casa y aún sin sueño. Yo quería que llegaran las nueve de la mañana, estar en la estación de la policía, salir de aquello (si es que me dejaban salir) lo más rápido posible y regresar a mi casa con los míos: mi esposa, mi hijo, mi nieto y mis perros.

Pero aquella noche, desde la misma hora en que llegó la cita policial, todo cambió en mi casa, en mis gentes y en mi barrio. Sucede siempre así. Todo se debe a una razón: una cita entregada a un disidente en Cuba, puede convertirse en un boleto de ida sin regreso.


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