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REPRESION
La cita
Rafael Ferro Salas, Abdala Press
PINAR DEL RIO, Cuba - Octubre (www.cubanet.org)
- Tocaron con el puño a la puerta de mi
casa. Mi esposa y yo nos disponíamos a
comer. Miré el reloj, y le dije a mi compañera:
"Ocho y media de la noche ¡Qué
hora para tocar en una casa!"
Abrí la puerta y lo primero que tuve ante
mis ojos fue una mano con un papel. Alcé
la vista y entonces vi también al jefe
del sector de la policía en mi barrio.
"¿Quién es?", preguntó
mi esposa, sentada ya a la mesa.
No le respondí. Miré fijo a los
ojos del que me citaba. En las hombreras de su
camisa de uniforme llevaba los grados de capitán,
le sudaba el rostro; quizás no era yo el
único citado. Se veía que el hombre
había trabajado bastante.
"Esta cita es para la jefatura de la policía.
Mañana a las nueve de la mañana",
dijo.
Se alejó sin esperar mi respuesta. Esperé
en la puerta a que bajara el último escalón
(yo vivo en una tercera planta).
Al rato, mi esposa y yo seguíamos sentados
a la mesa sin comer. Una cita policial no es un
simple papel que llega entregado por alguno de
la policía, es más que eso. Trastorna
a todos en la familia.
Esa noche mis perros me miraron distinto (tengo
cinco perros). Mi esposa y yo apenas nos cruzábamos
palabras. Yo miraba el reloj de pared en la sala
y me parecía que todos los relojes del
mundo se habían detenido.
Al rato bajé al parque. En el aire se
respiraba un ligero olor a lluvia, pero al fin
no llovió. Pude notar que los vecinos me
esquivaban. Estuve casi dos horas sentado en un
banco. Nadie vino a conversar conmigo; era evidente
que habían visto al policía cuando
llevó la cita a mi casa. Tenían
miedo.
La madrugada me sorprendió sentado en
la sala de mi casa y aún sin sueño.
Yo quería que llegaran las nueve de la
mañana, estar en la estación de
la policía, salir de aquello (si es que
me dejaban salir) lo más rápido
posible y regresar a mi casa con los míos:
mi esposa, mi hijo, mi nieto y mis perros.
Pero aquella noche, desde la misma hora en que
llegó la cita policial, todo cambió
en mi casa, en mis gentes y en mi barrio. Sucede
siempre así. Todo se debe a una razón:
una cita entregada a un disidente en Cuba, puede
convertirse en un boleto de ida sin regreso.
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