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CULTURA
Un raro mamut de Siberia
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Si alguna película cubana aparecerá
en la lista de los más importantes filmes
del siglo XX no será Memorias del Subdesarrollo
ni Fresa y Chocolate. Tampoco Lucía o Suite
Habana.
Será Soy Cuba, una coproducción
cubano soviética de 1964. Paradojas del
academicismo liberal posmoderno que, con sabiduría
abrumadora y basada en cánones inescrutables,
decide inapelable qué es o no una obra
maestra.
A finales de 1962, fresca aún la Crisis
de los Misiles, un equipo de realización
soviético encabezado por el director Mijail
Kalatazov viajó a La Habana para rodar
una película sobre la realidad cubana.
Kalatazov contó con la colaboración
como guionista del poeta Evgueni Evstuchenko y
del realizador cubano Enrique Pineda Barnet.
La filmación duró un año
y dos meses, uno de los rodajes más largos
de la historia. El resultado fue un engendro artificial
y esperpéntico. No podía salir otra
cosa de una relación contra natura con
la Guerra Fría como telón de fondo.
La cinta aportó una visión "a
lo bolo" de Cuba. Una postal turística
deslucida y barata destinada a obreros destacados
de la emulación stajanovista y vanguardias
del Komsomol leninista.
Con demasiado seudo folklor y un exceso de utopía
revolucionaria, Cuba era presentada como un inmenso
solar Potemkin habitado por felices y valerosos
milicianos y macheteros. Buenos salvajes que,
entre danzas y cantos exóticos, amenazados
por el imperialismo, construían la sociedad
socialista. Tal imagen no agradó ni siquiera
a los comisarios culturales de la Isla, que se
apresuraron a declarar que eso no era Cuba.
Más de 30 años después de
su fracaso, Francis Ford Coppola y Martin Scorcese
la redescubrieron entre el polvo de los archivos
de Mosfilm. Impresionados por su calidad técnica,
transportaron la momia a Estados Unidos.
Triunfó, llegaron a catalogarla como una
obra maestra de la cinematografía mundial.
Su éxito, más allá de su
controvertida estética, se debió
a una mezcla de snobismo, desconocimiento y oportunismo
político.
Fue la imagen cómoda de Cuba que querían
ver ciertos medios intelectuales liberales norteamericanos
para adelanto de sus agendas políticas
y alivio de sus conciencias.
"Soy Cuba, el mamut siberiano", un
documental del brasileño Vicente Ferraz
es un nuevo episodio de la saga precocida de la
única coproducción entre el ICAIC
y Mosfilm.
Ferraz no pretendió hacer un remaking
de la película, sino indagar las causas
de su olvido.
Como sucede a menudo con todo lo relacionado
con Cuba, que al parecer resulta más enigmática
de lo que suponíamos los cubanos, Ferraz
se pierde en disquisiciones y no ve lo esencial.
Soy Cuba fracasó por una sola razón:
no era real.
En su documental, Ferraz rastrea en los recuerdos
de los que participaron en la película.
No era tarea fácil. El mundo cambió.
Muchos ya no estaban. El director Katalazov murió
en 1973. La bailarina Luz María Silva ya
no es una mulata despampanante, sino una anciana
golpeada por la vida, envuelta en el anonimato.
Alberto Morgan, nostálgico en su estilo,
pinta orishas en New Jersey. Evstuchenko escribe
en Moscú sin mandatos estatales. Pineda
Barnet sufre callado las penurias del cine cubano.
La Unión Soviética es una entelequia
del pasado.
Sólo el gobierno cubano no cambió,
pero si en las duras calles habaneras usted se
refiere a Cuba como a la Isla de la Libertad,
en el mejor de los casos le dirán que es
"un punto", y se reirán de usted
a carcajadas.
Le doy mi consejo. Si ama el cine, olvide las
listas de las mejores películas del siglo,
y vea las que se le antojen. Obvie sin remordimiento
Potemkim y Citizen Kane.
No haga caso de un raro mamut siberiano de pelambre
rojiza, mal congelado, enfardelado con viejas
hojas de Pravda y con los colmillos rotos que
vaga despistado por un jardín jurásico
del Caribe.
Lo más probable es que cuando se recupere
del asombro y vuelva a mirar, ya no esté
allí.
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