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SOCIEDAD
Al pasar los años
Rafael Ferro Salas, Abdala Press
PINAR DEL RIO, Cuba - Octubre (www.cubanet.org)
- A veces salgo a caminar esta ciudad. La ciudad
donde pasé mi infancia. Las mismas calles
que ahora me ven más viejo. Ahora camino
solo. Antes lo hacía de la mano de mi abuela
que hoy no vive.
Allí sigue la misma esquina. Recuerdo
la cafetería. Sus estantes estaban repletos
de golosinas de todo tipo. Antes la cafetería
se llamaba "El Trópico Bar".
Un señor calvo y gordo era el dependiente.
Mi abuela me compraba allí todo tipo de
dulces.
Después del año cincuenta y nueve,
esa cafetería tampoco fue ya la misma.
Lo primero que hicieron fue cambiarle el nombre
por el de "Venceremos". La realidad
es que hubo una gran derrota para la esquina,
la cafetería y para todos nosotros.
Ahora es un sitio donde se reúnen los
viejos y los borrachos habituales. Ahora en la
vieja cafetería las ofertas son pocas.
De vez en cuando hay a la venta un pan con algún
producto desconocido. Para el sediento, el ofrecimiento
es un refresco mal preparado y caliente, parecido
a una infusión para curar males del cuerpo.
A veces le miro las paredes y parecen estar llorando
por los tiempos que se fueron. Casi todos los
cristales de sus ventanales están rotos
y ausentes. Sus dos puertas son de entrada y de
salida, no se sigue el orden que había
antes; es que hoy nada está en orden...
sólo los recuerdos que se van y vienen
en la bruma de la nostalgia.
Hoy mi ciudad tiene muchos sitios tristes. La
calle principal enseña unas tiendas a las
que no puede ir todo el mundo. En ellas se venden
artículos de todo tipo, pero el cliente
tiene que llevar en sus bolsillos dinero extranjero;
allí no vale la moneda nacional. Pocos
tienen ese dinero en Cuba.
La calle principal es de una sola dirección.
La transitan vehículos viejos; caminan
como si fueran llevados al cementerio de carros,
a paso triste y cansado. Creo que mi ciudad sería
un buen sitio para filmar una película
de épocas pasadas. Ha quedado detenida
en el tiempo... fue obligada a eso. Con ella quedaron
atrapadas sus gentes. Los más viejos son
como navegantes con sed de vientos, solamente
tienen un puerto para iniciar el viaje: la memoria.
Hoy salí a caminar la ciudad y me pareció
que mi abuela me llevaba de la mano. Después
me di cuenta que ya estoy un poco grande y me
le fui soltando. Busqué las ofertas en
los escaparates de mi cafetería favorita
y sólo vi ausencias.
En la que era la puerta principal ya no existe
el número del sitio; alguien lo borró,
quizás fue el tiempo. Sólo nos han
dejado un cincuenta y nueve obligado en el recuerdo.
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