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DESDE
LA CARCEL
Crónica cruenta
Ricardo
González Alfonso, prisionero de conciencia,
condenado a 20 años
HOSPITAL NACIONAL DE RECLUSOS, Prisión
Combinado del Este - La Habana, Cuba - Octubre
(www.cubanet.org) - El arma blanca se torna roja.
Un reo se amputó la mano. Otro, con la
destreza de un cirujano y una cuchara filosa,
se extrae un ojo.
He conocido a decenas de autoagresores en las
cárceles cubanas. ¿Cuál será
el grado de indefensión y desesperación
que los motiva? Problemática completa,
digna de ser investigada por sicólogos,
siquiatras y sociólogos. Los presos lo
explican con simplicidad marginal: "Es que
estoy '(h)ostinado'".
Parece que este vocablo es el participo pasivo
-cruento y activo- de una deformación del
verbo hostigar (ni hostinar ni ostinar existen).
Esos reclusos son náufragos sociales que
andan a la deriva por un laberinto infrahumano.
Encrucijada capaz de amedrentar a los mismísimos
ángeles, si no cuentan con un ideal cívico
que dignifique el sufrimiento. Orfandad de altruismo
que hace a los presos comunes más proclives
a la autoagresión.
A diferencia de los suicidas, los autoagresores
no buscan la muerte. Los hechos más benignos
procuran llamar la atención para demandar
un derecho. Los más graves los protagonizan
los condenados a la pena capital, quienes se mutilan
para conmover a los jueces. Algunos tienen otras
motivaciones. Son tan aberrantes que sólo
los explicaría una locura transitoria.
En la prisión camagüeyana Kilo 8
(conocida también como "Se me perdió
la llave") traté con varios autoagresores.
Me referiré a algunos.
Maceo es un mulato joven e inválido. Frente
a su celda de castigo, la silla de ruedas. Una
mañana pidió con insistencia que
le limpiaran la celda. Él no podía
por su impedimento físico. Ante la indiferencia
de los carceleros el mulato tomó un cuchillo
rústico y clandestino y se inflingió
un tajo en el muslo. "¡Ahora me tendrán
que baldear la sangre!", gritó triunfal.
Maceo emplea también este recurso cuando
necesita atención médica y no la
recibe. Sus brazos y piernas muestran las cicatrices.
Parece un tigre.
A Lourdes -un joven corpulento- los guardias
le habían propinado una golpiza el día
anterior. De pronto, desde su celda de aislamiento
emitió un alarido: "¡Estoy (h)
ostinado!" Se amputó el dedo meñique
y lo lanzó al pasillo.
A Tony lo sancionaron a 30 años de prisión
por facilitar el machete que utilizó el
hermano para matar al padre de ambos. Enloqueció.
Con una cuchara afilada se arrancó un ojo
y alguien impidió que se sacara el otro.
Durante horas grita a la desesperada: "¡Yo
no maté a mi padre!" Después
permanece días sin pronunciar una palabra,
en un sin fin de silencios y gritos.
Héctor es un condenado a muerte que se
inyectó petróleo en las piernas
con una esperanza: que le conmutaran la sanción.
Quedó inválido.
El caso de Ulloa es impresionante. También
lo condenaron a la pena capital. Se cortó
de cuajo la mano izquierda y pagó a otro
recluso para que le extirpara la derecha. Por
obra y gracia de su desgracia venció su
"(h)ostinamiento". Con sus muñones
no sólo hojea los libros, sino que escribe,
dibuja... ¡Y cose!
En la cárcel de Agüica, en la provincia
de Matanzas, un hombre treintañero, para
ingresar en la enfermería -donde la comida
es mejor y hay menos hacinamiento- se cortaba
el talón de Aquiles. A veces el de la pierna
izquierda; otras, el de la derecha. En el hospital
de la ciudad de Colón lo operaban, y después
regresaba a la enfermería de la prisión.
En una ocasión se picó el tendón
de marras en mi persona. Traté de impedirlo.
Fue inútil. La última vez que lo
vi tenía las dos piernas enyesadas. Lo
llevaban cargado a la "polaca", la sección
de celdas de castigo.
También en Agüica conocí a
un joven que se hacía una incisión
en el vientre y se sacaba por la herida parte
del intestino. Lo hizo muchas veces, y otras tantas
lo intervinieron quirúrgicamente. Las cicatrices
en el abdomen se asemejan a un crucigrama. ¿Su
reclamo? Un poco de afecto.
Un caso espeluznante es el de Chavela, un muchacho
homosexual de Kilo 8, el que, drogado, se extirpó
los testículos y el pene. Por poco muere
desangrado, mas no se arrepiente. Eso sí,
a veces se sienta en un rincón para llorar
su (h)ostinamiento. Otras, anda de mano con su
último amante, añorando ser una
mujer y no un hombre trunco.
Así sobreviven los autoagresores en las
cárceles cubanas, con sus mutilaciones
detrás de los barrotes, como si, de tanta
sombra, el dolor fuera su luz.
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