PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 11, 2005
 

SOCIEDAD
De dibujante a panadero ambulante

Ibrahim Dionisio Rodríguez, Villa Blanca Press

CAIBARIÉN, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Blas, desde pequeño, embriagaba con su lenguaje. Gesticulaba, hablaba como un niño de más edad. Interiorizaba cada tema y brotaba la inteligencia de sus ideas.

Hace treinta años Blasito y yo cursamos juntos los estudios primarios en la escuela Camilo Cienfuegos, en Caibarién. Como es común entre la inmensa mayoría de los escolares, él se divertía coloreando. Siempre me llamó la atención la creatividad que manifestaban sus dibujos, en comparación con los demás alumnos del aula. Reflejaban un supuesto conflicto bélico entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Blas siempre lograba que en sus infantiles campos de batalla ganaran los buenos, que para él eran los soviéticos.

El conglomerado estudiantil estaba obligado a simpatizar con el patrón de pruebas gubernamental y la defensa del socialismo. Si te oponías quedabas expuesto a recibir un estirón de orejas en la dirección del colegio; la pérdida de la pañoleta de pionero, o la expulsión del colegio.

Después de la graduación de sexto grado transcurrieron varios años y no supe nada de mi amigo Blas. Uno de esos días en que los cubanos nos despertamos con la cartera bruja, sin un centavo, escuché un pregón: "El pan calientico, el pan, no me llamen que no viro". Me asomé por la ventana y vi a un hombre pequeño, de cabeza pronunciada, gordo, aunque ligero en su andar y de dicción fácil.

Adiviné que era él, mi compañero de mesa, del aula, mi amigo Blasito. Comprendí que no había continuado los estudios, y si los terminó no ejercía su profesión.

Me presenté ante mi amigo y lo abracé con fuerza. Me contó que pedaleaba en su bicicleta siete kilómetros diarios vendiendo pan para sostener a su familia. "Es duro, de verdad que sí", me aseguró Blas, quien ya no embriaga con su lenguaje. Tiene un hijo pequeño y una buena esposa. "El matrimonio en este país es cosa de guapos. ¡Recuérdalo!"

Montó en su bicicleta con una inmensa caja de cartón forrada de nylon donde acomoda sus panes. Blas compra su mercancía en las cadenas comerciales donde se vende el producto en Caibarién, a cuatro pesos, para ganar un peso en cada pan que vende.

Mi amigo ya no es el dibujante de aquella guerra que se inventaba. Ni aquel niño que pronunciaba frases hermosas, cautivadoras, ante los estudiantes de sexto grado. Tampoco es fanático ya de las películas soviéticas Moscú no cree en lágrimas, El acorazado Potemkim. Todo había quedado atrás para el panadero ambulante.

"Cuando me persiguen los inspectores no puedo salir de mi casa con la caja cargada de pan, y los introduzco en una jaba pequeña. Pero cuando los vendo tengo que regresar una y otra vez a buscar más", me contó Blasito antes de dar el primer pedalazo. Tomó un pan. Me lo entregó: "Es tuyo, después me lo pagas". Sonrió y se alejó en su bicicleta.


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