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SOCIEDAD
Para la libertad
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Los consejos siempre se agradecen, vengan de quien
vengan. ¿Quién lo diría?
Estoy en deuda de gratitud con Amaury Pérez.
La filosofía amansada del cantautor vino
en mi socorro, en las horas más oscuras,
a devolverme la libertad. Fue como una revelación
divina. Bálsamo, profecía y broma
de mal gusto. Todo de una vez.
"Uno, para ser libre, lo primero que tiene
que hacer es creérselo. No importa dónde
se esté. La libertad la lleva uno consigo",
declaró sin rubor Amaury Pérez al
diario mexicano La Jornada.
Son vanos los afanes tras la libertad. No es
preciso sangrar, luchar ni pervivir. Tampoco donar
ojos ni manos. Se equivocó Miguel Hernández.
Se equivocaba. Paul Eluard también. No
se le puede hacer demasiado caso a los poetas.
Menos aún a los filósofos y sus
abstracciones.
Para la libertad basta con creerse libre. Lo
dijo Amaury Pérez. Estúpido derroche
de energía la eterna epopeya humana por
la libertad. Los crímenes cuantiosos que
se han cometido en su nombre, un desperdicio de
sangre. Estaban de más Espartaco y Robespierre.
Nunca sospeché del pensamiento amaurístico
honduras dignas de la envidia de Voltaire o Baruch
Spinoza. No por falta de canciones inteligentes
y a veces hasta hermosas, sino porque no lo imaginaba
en el minúsculo y peligroso gremio de los
hombres libres.
Hacer reír no es sólo privativo
de los que bien te quieren y de los payasos. También
lo es de los cantautores jubilados de la Nueva
Trova cuando les da por hacerse los ingenuos.
Amaury Pérez no debe haber puesto mucho
empeño en creerse libre. No lleva la libertad
como abrigo. Tal vez sea como la ropa nueva del
emperador.
Lo que sí lleva es guante, careta y poto.
Como catcher hubiera hecho mejor carrera en el
béisbol. Así hubiera podido dedicar
sus triunfos deportivos al comandante. Los habría
agradecido más que sus canciones intimistas
y sentimentales que no le sirven para marchas
ni tribunas.
En honor a la verdad, el autor de Acuérdate
de abril nunca pretendió emular con Carlos
Puebla ni con Silvio Rodríguez. No se propuso
ser el bardo de la revolución cubana. Si
en alguna inmemorable ocasión incursionó
en la canción política, los resultados
le hicieron perder el vicio.
Con su voz pequeña y anodina, tomando
préstamos musicales de Serrat y Barry Manilow,
pasando por Mike & The Mechanics, con el añadido
de un poco de poesía, se conformó
con cantar. Cantar como pudo. Vuelos y revuelos
de la pena y boleros en París y otras zarandajas
del corazón. Sensibles pero inocuas y esterilizadas
canciones.
Jovial, simpático, amigo de sus amigos
(hasta de Silvio, que es mucho decir), Amaury
Pérez siempre es fiel a la revolución.
Dispuesto y presto para viajes y privilegios,
Amaury se cree libre. Por tanto, es libre. ¿Quién
lo duda? Tan libre como el perro junto al gramófono
de los viejos discos RCA Víctor. Tiene
toda la libertad del universo para servir a su
amo.
Desde hoy, gracias a Amaury Pérez, seré
libre, porque me creeré libre. Llevaré
conmigo la libertad. En el bolsillo, como las
llaves de mi casa. Además, avisaré
por carta a mis compañeros encarcelados:
sólo tienen que creerse libres para atravesar
muros y rejas.
Escribiré sin temor a represalias. Expresaré
mis opiniones públicamente. Me olvidaré
de la policía política, de los delatores
y de los mítines de repudio. Ya estoy ahorrando
dinero para comprar pasajes de avión para
visitar amigos en Miami y Madrid. Luego regresaré
a mi país sin ser molestado. Todo gracias
al consejo de Amaury Pérez. Tenía
la verdad al alcance de mis dedos y no la veía.
¡Qué cosa!
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