PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 4, 2005
 

OLA REPRESIVA
Ellos no deben morir

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Me estremece la idea de un hombre que envejece en apenas 15 días sin maquillaje ni efectos especiales. No lo he visto, pero me lo describe el texto que tengo entre mis manos. Las palabras narran un tema que asalta la conciencia, aluden a un personaje que despierta simpatías, interés y deseos de brindarle un abrazo en el instante.

Su coraje es una luz que la adversidad no puede apagar. La modestia un don que se manifiesta más allá de las palabras. Si galopante es el viaje hacia la ancianidad, supersónico es su vuelo por esas coordenadas donde es posible divisar la ética.

Imagino su cuerpo vetusto en contraste con sus expresiones negadas a aceptar la derrota. Languidece la materia, el espíritu se eleva en una espiral que se pierde en las alturas.

Es una lucha encarnizada contra el mal, una batalla enfilada a descabezar la ignominia, una confrontación impuesta por circunstancias que han oxidado la dialéctica e impuesto leyes de garrote y servidumbre.

Víctor Rolando Arroyo Carmona, ha envejecido, está débil, se dice que incoherente. Los huesos comienzan a poblar su anatomía, la huelga de hambre le paraliza los pies y lo obliga a balbucear su doctrina, la misma que lo convirtió en un reo de conciencia.

Elsa manifiesta su alarma, pero también se le nota el orgullo por un esposo que lo entregó todo por la libertad de su país; su talento, su tiempo, la tenacidad y el sacrificio.

Conozco a esta mujer, admiro su decencia, la fidelidad hacia un hombre acoplado a la dignidad como si fuera su otro amor. Ella reafirma la inocencia de Arroyo, denuncia los atropellos, los más de mil kilómetros entre su casa, ahora acordonada por las tensiones, y la cárcel de Guantánamo, lugar donde el periodista independiente apela al único recurso para protestar por los abusos y por las injusticias.

Elsa permanece en los alrededores del hospital, casi sin noticias de la depauperación de su esposo. Aguarda por lo peor. Con 55 años de edad, su hipertensión arterial, entre otras dolencias exacerbadas por las rigurosas condiciones de encarcelamiento es lógico pensar en un desenlace que no quiero imaginar.

No deseo ver a Arroyo exánime. Recuerdo su perspicacia, su carácter sencillo, el ánimo siempre en alto con el que nos contagiaba, la verticalidad de sus proyectos en función de la democracia. Yo estuve muy cerca de él, a dos celdas de distancia.

Juntos compartimos el dolor de la prisión, los mosquitos, los alimentos en mal estado, las visitas familiares cada tres meses, el agua contaminada con parásitos.

En la última mazmorra estaba Félix Navarro Rodríguez. Era el promotor de los cultos religiosos que a diario compartíamos para llenar los espacios dejados por el odio de nuestros carceleros.

Un pilar de la virtud, un hombre minucioso en sus actos, un caballero de la transparencia y el decoro. El derroche de energía y pasión con que leía aquellos textos concebidos como estímulo a nuestras implicaciones favorables al respeto a los derechos humanos, son parte de unos recuerdos de los que nunca podré desembarazarme.

Félix tampoco debe morir disecado como un fósil. El es un hombre inocente, un pacifista condenado como un asesino, un contrincante de la doble moral. Es además un líder natural convencido de la validez de los postulados que insisten en dar espacio a todos, sin los estigmas de las ideologías.

Su huelga de hambre puede resultar lesiva a su existencia. No lo hace al azar, lo ha decidido a partir de la saturación de las iniquidades en los 30 meses de encierro.

No podía permanecer en silencio. Yo estuve allí, desde abril de 2003 hasta agosto de 2004, padeciendo los rigores del cautiverio.

Aunque ahora soy huésped de este lado del infierno algo menos letal, me reconforta hablar de estos dos puntos de referencia cuando se escriba la historia de esta época nefasta. Son dos hombres que admiro. Dos amigos que pueden morir.


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