|
OLA
REPRESIVA
Ellos no deben morir
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Me estremece la idea de un hombre que envejece
en apenas 15 días sin maquillaje ni efectos
especiales. No lo he visto, pero me lo describe
el texto que tengo entre mis manos. Las palabras
narran un tema que asalta la conciencia, aluden
a un personaje que despierta simpatías,
interés y deseos de brindarle un abrazo
en el instante.
Su coraje es una luz que la adversidad no puede
apagar. La modestia un don que se manifiesta más
allá de las palabras. Si galopante es el
viaje hacia la ancianidad, supersónico
es su vuelo por esas coordenadas donde es posible
divisar la ética.
Imagino su cuerpo vetusto en contraste con sus
expresiones negadas a aceptar la derrota. Languidece
la materia, el espíritu se eleva en una
espiral que se pierde en las alturas.
Es una lucha encarnizada contra el mal, una batalla
enfilada a descabezar la ignominia, una confrontación
impuesta por circunstancias que han oxidado la
dialéctica e impuesto leyes de garrote
y servidumbre.
Víctor Rolando Arroyo Carmona, ha envejecido,
está débil, se dice que incoherente.
Los huesos comienzan a poblar su anatomía,
la huelga de hambre le paraliza los pies y lo
obliga a balbucear su doctrina, la misma que lo
convirtió en un reo de conciencia.
Elsa manifiesta su alarma, pero también
se le nota el orgullo por un esposo que lo entregó
todo por la libertad de su país; su talento,
su tiempo, la tenacidad y el sacrificio.
Conozco a esta mujer, admiro su decencia, la
fidelidad hacia un hombre acoplado a la dignidad
como si fuera su otro amor. Ella reafirma la inocencia
de Arroyo, denuncia los atropellos, los más
de mil kilómetros entre su casa, ahora
acordonada por las tensiones, y la cárcel
de Guantánamo, lugar donde el periodista
independiente apela al único recurso para
protestar por los abusos y por las injusticias.
Elsa permanece en los alrededores del hospital,
casi sin noticias de la depauperación de
su esposo. Aguarda por lo peor. Con 55 años
de edad, su hipertensión arterial, entre
otras dolencias exacerbadas por las rigurosas
condiciones de encarcelamiento es lógico
pensar en un desenlace que no quiero imaginar.
No deseo ver a Arroyo exánime. Recuerdo
su perspicacia, su carácter sencillo, el
ánimo siempre en alto con el que nos contagiaba,
la verticalidad de sus proyectos en función
de la democracia. Yo estuve muy cerca de él,
a dos celdas de distancia.
Juntos compartimos el dolor de la prisión,
los mosquitos, los alimentos en mal estado, las
visitas familiares cada tres meses, el agua contaminada
con parásitos.
En la última mazmorra estaba Félix
Navarro Rodríguez. Era el promotor de los
cultos religiosos que a diario compartíamos
para llenar los espacios dejados por el odio de
nuestros carceleros.
Un pilar de la virtud, un hombre minucioso en
sus actos, un caballero de la transparencia y
el decoro. El derroche de energía y pasión
con que leía aquellos textos concebidos
como estímulo a nuestras implicaciones
favorables al respeto a los derechos humanos,
son parte de unos recuerdos de los que nunca podré
desembarazarme.
Félix tampoco debe morir disecado como
un fósil. El es un hombre inocente, un
pacifista condenado como un asesino, un contrincante
de la doble moral. Es además un líder
natural convencido de la validez de los postulados
que insisten en dar espacio a todos, sin los estigmas
de las ideologías.
Su huelga de hambre puede resultar lesiva a su
existencia. No lo hace al azar, lo ha decidido
a partir de la saturación de las iniquidades
en los 30 meses de encierro.
No podía permanecer en silencio. Yo estuve
allí, desde abril de 2003 hasta agosto
de 2004, padeciendo los rigores del cautiverio.
Aunque ahora soy huésped de este lado
del infierno algo menos letal, me reconforta hablar
de estos dos puntos de referencia cuando se escriba
la historia de esta época nefasta. Son
dos hombres que admiro. Dos amigos que pueden
morir.
|