PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 4, 2005
 

CULTURA
La circunstancia de escribir en Cuba

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Los finales del siglo XX significaron un cambio crucial para la sociedad cubana. El instante de cierta estabilidad del régimen estalinista en la Isla coincidió con el fin del estalinismo como sistema en Europa del Este.

El cubano de finales del XX se enfrenta a una paradoja. Ha visto derrumbarse un sistema y tiene que seguir viviendo dentro de él (tiene que sobrevivir dentro de él). El impacto ideológico de esta caída del "ideal" se hizo notar de inmediato en la vida nacional.

Los que llegamos a la literatura cubana a finales de los 80, principios de los 90, nos encontramos en un país que enfrenta una profunda crisis económica, social e ideológica. Muchas cosas comenzaban a cambiar a una velocidad vertiginosa. Ha ocurrido una transformación en la sensibilidad, regularidad de los finales de siglo, de las épocas convulsas y de fracasos de experiencias sociales y políticas. Hay un evidente cambio en la mentalidad, pero los patrones que rigen la literatura oficial siguen siendo los mismos.

Cuba es tierra de escritores. Todo invita al ejercicio de narrar, su historia, su épica resistencia, sus absurdos antológicos, la capacidad de los cubanos de reír de sus defectos, de sus tristezas, de sus males. Esa sensualidad, desenfado, liviandad, erotismo, ingravidez y buen humor criollos, que han alterado de alguna forma el orden político jerárquico, autoritario y sombrío del estalinismo. Luciano decía: "La buena literatura sólo puede surgir de la tristeza o de la risa".

Los últimos 15 años han sido escenario de un cambio en el sentido de la escritura hacia textos de mayor complejidad conceptual y estética, superando nuestros 70, caracterizados por una muy pobre representación de la vida, una escritura sinflictiva (salvando muy honrosas excepciones) hecha según los cánones de lo peor del mal llamado realismo socialista. Estos últimos 15 años se enlazan con la literatura cubana de todos los tiempos, y en especial con la literatura escrita en los 60, rica en búsquedas formales.

Aparecen en la literatura cubana un grupo de personajes bien diferentes de aquellos obreros ejemplares, de aquellas mujeres heroicas de los 70. Desaparecen los policías buenos, las viejecitas ejemplares de los CDR, los "buenos ciudadanos" que denuncian "lo mal hecho". Aparecen la Jinetera, el policía corrupto, el chivato, el ladrón, el homosexual, los roqueros, los drogadictos. Aparece la marginalidad cubana, personajes e historias tomados de la más cruda realidad.

Un hecho curioso es que casi ninguno de estos escritores de los 90, nombrados por la crítica como los Novísimos o los escritores del Realismo Sucio Cubano tenía libros publicados, ni pudo hacerlo hasta finales de los 90. Sus seguidores, que fueron muchos, comenzaron a escribir imitando la forma y el contenido de lo que se decía estaban escribiendo estos Novísimos iniciales sin haber leído nada de ellos, pues la mayoría, reiteramos, no contaba con libros publicados. Se nutrían de referencias, de lecturas públicas en tertulias, encuentros, peñas literarias. Decía un amigo, en cierta ocasión, que la fórmula era la siguiente: Se coge un caldero, se le echa dentro una jinetera, un funcionario corrupto, un homosexual, un balsero, un drogadicto, un proxeneta, una pizca de literatura del realismo sucio norteamericano, una gota de literatura cubana de los 60, una cucharada de decepción. Se pone a fuego intenso durante cinco minutos, y sale un Novísimo.

La crisis de los 90, esos duros años 91, 92, 93, 94, 95, marcaron profundamente esa literatura y a los hombres y mujeres que la escribían y la vivían. Apagones, desempleo, paralización del transporte, convulsión social, crisis, escasez de lo más elemental. Sobrevivir o escribir, ésa era la cuestión.

Los 90 se caracterizaron además por un sobrehumano esfuerzo de las editoriales y de los escritores por sobrevivir. Ambos corrían el riesgo de desaparecer tragados por la crisis económica.

Se inventaron diversas variantes: publicaciones en hojas sueltas, plaquets, etc. Con mucho esfuerzo, en pequeñas imprentas, con máquinas de más de un siglo.

En el interior del país se multiplicaban esfuerzos y sabiduría. Nacían decenas de pequeñas editoriales que realizaron verdaderas maravillas con casi nada. Sed de Belleza, Capiro, Mecenas, Reina del Mar, por sólo citar algunas del centro del país, realizaron obras de prodigio para hacer libros. Recortería de papel, cartulinas de desecho, tintas caducas, máquinas de museo y la maestría de los hombres hicieron la magia. Gracias a este esfuerzo se salvó algo de lo bueno que se escribió en esos años.

Por desgracia, ese esfuerzo, que tuvo pocos grados de independencia en función de la zona del país, no escapó a eso que nuestro Ministro de Cultura llama "canon literario cubano", que no es otra cosa que una férrea y brutal censura. Muchas buenas obras se dejaron de publicar, y muchos buenos escritores en cierne se frustraron. Algunos visitaron la ergástula, a otros les enseñaron el garrote, y los disuadieron, los "convencieron" para que se portaran bien. Por suerte siempre hay quien persiste, y ahí están, escribiendo su obra.

Calles desoladas, rotas, llenas de basura. Delincuencia, bolsa negra, drogas, asaltos, prostitución, escasez de todo tipo. Un jabón, un tubo de pasta dental, una botella de aceite de comer se convirtieron en artículos de lujo. Conseguirlos era una verdadera odisea.

En medio de esa hecatombe floreció la literatura de los 90. ¿Cómo lo hicieron? Bueno, reviste caracteres épicos. Algunos autores comenzaron a abrirse camino en el difícil mundo del mercado internacional del libro, mundo que les era absolutamente desconocido. Hasta ese momento, nadie pensaba en publicar fuera de la Isla, y muy pocos lo habían hecho.

Quizás lo mejor de todo es que se escribía (en los primeros tiempos) sin pensar en la posibilidad de publicar. Esa idea era bien remota. Se escribió sin prejuicios, casi sin autocensura, sin presiones editoriales. Eran lectores de sus propias obras en tertulias, talleres, encuentros literarios. Después llegaron los premios, y a finales de los 90, las editoriales extranjeras.

Las editoriales cubanas comenzaron a publicar. Aparecieron colecciones como La Novela, de la editorial Letras Cubanas, que publicó en esos años lo mejor de la novelística cubana de los 90. (Esta política estuvo inscrita entre los breves aires de apertura que se dieron en la sociedad cubana en los 90, léase despenalización del dólar, trabajo por cuenta propia, etc. Hoy no existe). Bajo su sello aparecieron novelas como Naturaleza muerta con abejas, de Atilio Caballero; La leve gracia de los desnudos, de Alberto Garrido; Capricho habanero, de Alberto Garrandez; El Caballero Ilustrado, de Raúl A. Capote, por sólo citar algunos libros. Libros todos censurados hoy.

Un grupo de escritores lograba salir al mercado internacional. El impacto de ese mercado en la literatura cubana de estos años es digno de estudiarse.

Los 2000 con el nuevo siglo consolidaban esta tendencia. Amir Valle, Lorenzo Lunar, Guillermo Vidal, Pedro Juan Gutiérrez, publicaban con cierto éxito fuera del país.

No obstante, la situación seguía siendo difícil, la literatura de los 90 tocaba puntos nada gratos del acontecer cubano, y esto dio lugar a francos casos de censura. Se usaron -y se usan- dos estrategias: una, publicar los libros "conflictivos", hacer una presentación inicial sin ninguna promoción de la obra y mucho menos del autor, y luego no venderla nunca más, desaparecerla como por arte de magia de las librerías. Y la más abierta, no publicar nunca esas obras y jamás darle espacio a esos autores. Los afectados con ambas estrategias abundan.

Los escritores comenzaron a mirar esperanzados hacia la otra orilla, pero la esperada ayuda nunca llegó. Llegaban a la isla verdaderas oleadas de buscadores de talento de todo tipo, la mayoría estafadores, buscavidas, timadores de toda laya. Muchos libros fueron publicados sin que los autores recibieran un centavo, o les pagaron muy poco.

Escribir era bien difícil; vivir de la literatura, imposible. Lo que se pagaba por un libro era verdaderamente simbólico. El país había cambiado, pero las estructuras de edición, producción, distribución y venta seguían siendo las mismas. Los que lograban publicar fuera de la Isla recibían y reciben un pago varias veces inferior a otros escritores foráneos.

Llegó el momento en que los que se proponían hacer buena literatura se vieron en una situación muy compleja. Venderle el alma al diablo era una posibilidad. Muchos prefirieron no hacerlo, aunque era una opción bien difícil y hasta peligrosa. El diablo, paradójicamente, cree que vive en el paraíso. Algunos le vendieron el alma, bien barato por cierto, otros se marcharon. Ser o no ser, ésa era de nuevo, y parece que es siempre, la pregunta. Hay quien arribó a la conclusión de que el Paraíso es el infierno visto desde otra parte, y continuó escribiendo en franco desafío a todos los demonios.

O le vendes el alma al susodicho o te mantienes en tus trece y te niegas a entrar en su paraíso. La primera significa algún que otro viaje bien controlado a la Feria del Libro de Guadalajara, alguna que otra publicación. ¿Qué más? La segunda… bueno, los que eligen la segunda pagan un alto precio. Censura, persecución, silencio absoluto, y el silencio en la Isla es algo muy pesado. Sencillamente te quedas solo y, ¿quién puede ayudar lo que no es? No te queda ni el famoso derecho al pataleo. Quedas en el limbo, en la nada. Lo terrible es que no existes ni dentro ni fuera de la Isla. Eres el no-ser.

Mención aparte merece la colección de Cultura Cubana (cuestionamientos, sospechas y cizañas aparte) de la editorial Plaza Mayor. Proyecto que ya es un hecho cultural capital e insoslayable, dirigido por Patricia Gutiérrez Menoyo. La colección recoge libros de autores cubanos dentro y fuera de la Isla, y ha publicado mucho de lo más destacado de la literatura cubana de estos años. Será imposible hablar en el futuro de la historia de la literatura cubana sin mencionar a Plaza Mayor.

Esfuerzos como los de la Agencia Literaria Havanabooks, la intención de romper el cerco, de brindar la posibilidad a nuestros autores de promover su obra, publicarla sin censura, proteger sus derechos, merecen todo nuestro crédito y apoyo.

El arte florece en épocas difíciles. La literatura cubana, marcada por el agobio, la censura, la irracionalidad, el odio, la intolerancia, es un fiel reflejo de estos años duros. Dentro de la Isla existen autores de calidad, con toda una obra desconocida, escritores que han sabido llevar con dignidad el peso de estos años, y que tienen una obra que mostrar. El lector cubano, cada vez que se descorre una mampara, se le muestra una hendija en el muro, queda profundamente identificado con esos libros y autores desconocidos. Ejemplos sobran. Si no, ¿cómo es que circulan por el país, de mano en mano, en copias de todo tipo, libros tan prohibidos como Habana-Babilonia y Las Puertas de la Noche, de Amir Valle o El Caballero Ilustrado y El Adversario, de Raúl A. Capote o los libros de Lorenzo Lunar y Pedro Juan Gutiérrez? Esa literatura es reflejo de la mentalidad del cubano de fines e inicios de siglo. Se siente presente ahí entre esas páginas. El autor de este trabajo, que ha sido jurado en varios concursos, no precisamente de los "autorizados", da fe de la existencia de un importante movimiento literario. Esa literatura está ahí, esperando la oportunidad de mostrarse. Démosle esa oportunidad.

 


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