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CULTURA
La circunstancia de escribir en Cuba
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Los finales del siglo XX significaron un cambio
crucial para la sociedad cubana. El instante de
cierta estabilidad del régimen estalinista
en la Isla coincidió con el fin del estalinismo
como sistema en Europa del Este.
El cubano de finales del XX se enfrenta a una
paradoja. Ha visto derrumbarse un sistema y tiene
que seguir viviendo dentro de él (tiene
que sobrevivir dentro de él). El impacto
ideológico de esta caída del "ideal"
se hizo notar de inmediato en la vida nacional.
Los que llegamos a la literatura cubana a finales
de los 80, principios de los 90, nos encontramos
en un país que enfrenta una profunda crisis
económica, social e ideológica.
Muchas cosas comenzaban a cambiar a una velocidad
vertiginosa. Ha ocurrido una transformación
en la sensibilidad, regularidad de los finales
de siglo, de las épocas convulsas y de
fracasos de experiencias sociales y políticas.
Hay un evidente cambio en la mentalidad, pero
los patrones que rigen la literatura oficial siguen
siendo los mismos.
Cuba es tierra de escritores. Todo invita al
ejercicio de narrar, su historia, su épica
resistencia, sus absurdos antológicos,
la capacidad de los cubanos de reír de
sus defectos, de sus tristezas, de sus males.
Esa sensualidad, desenfado, liviandad, erotismo,
ingravidez y buen humor criollos, que han alterado
de alguna forma el orden político jerárquico,
autoritario y sombrío del estalinismo.
Luciano decía: "La buena literatura
sólo puede surgir de la tristeza o de la
risa".
Los últimos 15 años han sido escenario
de un cambio en el sentido de la escritura hacia
textos de mayor complejidad conceptual y estética,
superando nuestros 70, caracterizados por una
muy pobre representación de la vida, una
escritura sinflictiva (salvando muy honrosas excepciones)
hecha según los cánones de lo peor
del mal llamado realismo socialista. Estos últimos
15 años se enlazan con la literatura cubana
de todos los tiempos, y en especial con la literatura
escrita en los 60, rica en búsquedas formales.
Aparecen en la literatura cubana un grupo de
personajes bien diferentes de aquellos obreros
ejemplares, de aquellas mujeres heroicas de los
70. Desaparecen los policías buenos, las
viejecitas ejemplares de los CDR, los "buenos
ciudadanos" que denuncian "lo mal hecho".
Aparecen la Jinetera, el policía corrupto,
el chivato, el ladrón, el homosexual, los
roqueros, los drogadictos. Aparece la marginalidad
cubana, personajes e historias tomados de la más
cruda realidad.
Un hecho curioso es que casi ninguno de estos
escritores de los 90, nombrados por la crítica
como los Novísimos o los escritores del
Realismo Sucio Cubano tenía libros publicados,
ni pudo hacerlo hasta finales de los 90. Sus seguidores,
que fueron muchos, comenzaron a escribir imitando
la forma y el contenido de lo que se decía
estaban escribiendo estos Novísimos iniciales
sin haber leído nada de ellos, pues la
mayoría, reiteramos, no contaba con libros
publicados. Se nutrían de referencias,
de lecturas públicas en tertulias, encuentros,
peñas literarias. Decía un amigo,
en cierta ocasión, que la fórmula
era la siguiente: Se coge un caldero, se le echa
dentro una jinetera, un funcionario corrupto,
un homosexual, un balsero, un drogadicto, un proxeneta,
una pizca de literatura del realismo sucio norteamericano,
una gota de literatura cubana de los 60, una cucharada
de decepción. Se pone a fuego intenso durante
cinco minutos, y sale un Novísimo.
La crisis de los 90, esos duros años 91,
92, 93, 94, 95, marcaron profundamente esa literatura
y a los hombres y mujeres que la escribían
y la vivían. Apagones, desempleo, paralización
del transporte, convulsión social, crisis,
escasez de lo más elemental. Sobrevivir
o escribir, ésa era la cuestión.
Los 90 se caracterizaron además por un
sobrehumano esfuerzo de las editoriales y de los
escritores por sobrevivir. Ambos corrían
el riesgo de desaparecer tragados por la crisis
económica.
Se inventaron diversas variantes: publicaciones
en hojas sueltas, plaquets, etc. Con mucho esfuerzo,
en pequeñas imprentas, con máquinas
de más de un siglo.
En el interior del país se multiplicaban
esfuerzos y sabiduría. Nacían decenas
de pequeñas editoriales que realizaron
verdaderas maravillas con casi nada. Sed de Belleza,
Capiro, Mecenas, Reina del Mar, por sólo
citar algunas del centro del país, realizaron
obras de prodigio para hacer libros. Recortería
de papel, cartulinas de desecho, tintas caducas,
máquinas de museo y la maestría
de los hombres hicieron la magia. Gracias a este
esfuerzo se salvó algo de lo bueno que
se escribió en esos años.
Por desgracia, ese esfuerzo, que tuvo pocos grados
de independencia en función de la zona
del país, no escapó a eso que nuestro
Ministro de Cultura llama "canon literario
cubano", que no es otra cosa que una férrea
y brutal censura. Muchas buenas obras se dejaron
de publicar, y muchos buenos escritores en cierne
se frustraron. Algunos visitaron la ergástula,
a otros les enseñaron el garrote, y los
disuadieron, los "convencieron" para
que se portaran bien. Por suerte siempre hay quien
persiste, y ahí están, escribiendo
su obra.
Calles desoladas, rotas, llenas de basura. Delincuencia,
bolsa negra, drogas, asaltos, prostitución,
escasez de todo tipo. Un jabón, un tubo
de pasta dental, una botella de aceite de comer
se convirtieron en artículos de lujo. Conseguirlos
era una verdadera odisea.
En medio de esa hecatombe floreció la
literatura de los 90. ¿Cómo lo hicieron?
Bueno, reviste caracteres épicos. Algunos
autores comenzaron a abrirse camino en el difícil
mundo del mercado internacional del libro, mundo
que les era absolutamente desconocido. Hasta ese
momento, nadie pensaba en publicar fuera de la
Isla, y muy pocos lo habían hecho.
Quizás lo mejor de todo es que se escribía
(en los primeros tiempos) sin pensar en la posibilidad
de publicar. Esa idea era bien remota. Se escribió
sin prejuicios, casi sin autocensura, sin presiones
editoriales. Eran lectores de sus propias obras
en tertulias, talleres, encuentros literarios.
Después llegaron los premios, y a finales
de los 90, las editoriales extranjeras.
Las editoriales cubanas comenzaron a publicar.
Aparecieron colecciones como La Novela, de la
editorial Letras Cubanas, que publicó en
esos años lo mejor de la novelística
cubana de los 90. (Esta política estuvo
inscrita entre los breves aires de apertura que
se dieron en la sociedad cubana en los 90, léase
despenalización del dólar, trabajo
por cuenta propia, etc. Hoy no existe). Bajo su
sello aparecieron novelas como Naturaleza muerta
con abejas, de Atilio Caballero; La leve gracia
de los desnudos, de Alberto Garrido; Capricho
habanero, de Alberto Garrandez; El Caballero Ilustrado,
de Raúl A. Capote, por sólo citar
algunos libros. Libros todos censurados hoy.
Un grupo de escritores lograba salir al mercado
internacional. El impacto de ese mercado en la
literatura cubana de estos años es digno
de estudiarse.
Los 2000 con el nuevo siglo consolidaban esta
tendencia. Amir Valle, Lorenzo Lunar, Guillermo
Vidal, Pedro Juan Gutiérrez, publicaban
con cierto éxito fuera del país.
No obstante, la situación seguía
siendo difícil, la literatura de los 90
tocaba puntos nada gratos del acontecer cubano,
y esto dio lugar a francos casos de censura. Se
usaron -y se usan- dos estrategias: una, publicar
los libros "conflictivos", hacer una
presentación inicial sin ninguna promoción
de la obra y mucho menos del autor, y luego no
venderla nunca más, desaparecerla como
por arte de magia de las librerías. Y la
más abierta, no publicar nunca esas obras
y jamás darle espacio a esos autores. Los
afectados con ambas estrategias abundan.
Los escritores comenzaron a mirar esperanzados
hacia la otra orilla, pero la esperada ayuda nunca
llegó. Llegaban a la isla verdaderas oleadas
de buscadores de talento de todo tipo, la mayoría
estafadores, buscavidas, timadores de toda laya.
Muchos libros fueron publicados sin que los autores
recibieran un centavo, o les pagaron muy poco.
Escribir era bien difícil; vivir de la
literatura, imposible. Lo que se pagaba por un
libro era verdaderamente simbólico. El
país había cambiado, pero las estructuras
de edición, producción, distribución
y venta seguían siendo las mismas. Los
que lograban publicar fuera de la Isla recibían
y reciben un pago varias veces inferior a otros
escritores foráneos.
Llegó el momento en que los que se proponían
hacer buena literatura se vieron en una situación
muy compleja. Venderle el alma al diablo era una
posibilidad. Muchos prefirieron no hacerlo, aunque
era una opción bien difícil y hasta
peligrosa. El diablo, paradójicamente,
cree que vive en el paraíso. Algunos le
vendieron el alma, bien barato por cierto, otros
se marcharon. Ser o no ser, ésa era de
nuevo, y parece que es siempre, la pregunta. Hay
quien arribó a la conclusión de
que el Paraíso es el infierno visto desde
otra parte, y continuó escribiendo en franco
desafío a todos los demonios.
O le vendes el alma al susodicho o te mantienes
en tus trece y te niegas a entrar en su paraíso.
La primera significa algún que otro viaje
bien controlado a la Feria del Libro de Guadalajara,
alguna que otra publicación. ¿Qué
más? La segunda
bueno, los que eligen
la segunda pagan un alto precio. Censura, persecución,
silencio absoluto, y el silencio en la Isla es
algo muy pesado. Sencillamente te quedas solo
y, ¿quién puede ayudar lo que no
es? No te queda ni el famoso derecho al pataleo.
Quedas en el limbo, en la nada. Lo terrible es
que no existes ni dentro ni fuera de la Isla.
Eres el no-ser.
Mención aparte merece la colección
de Cultura Cubana (cuestionamientos, sospechas
y cizañas aparte) de la editorial Plaza
Mayor. Proyecto que ya es un hecho cultural capital
e insoslayable, dirigido por Patricia Gutiérrez
Menoyo. La colección recoge libros de autores
cubanos dentro y fuera de la Isla, y ha publicado
mucho de lo más destacado de la literatura
cubana de estos años. Será imposible
hablar en el futuro de la historia de la literatura
cubana sin mencionar a Plaza Mayor.
Esfuerzos como los de la Agencia Literaria Havanabooks,
la intención de romper el cerco, de brindar
la posibilidad a nuestros autores de promover
su obra, publicarla sin censura, proteger sus
derechos, merecen todo nuestro crédito
y apoyo.
El arte florece en épocas difíciles.
La literatura cubana, marcada por el agobio, la
censura, la irracionalidad, el odio, la intolerancia,
es un fiel reflejo de estos años duros.
Dentro de la Isla existen autores de calidad,
con toda una obra desconocida, escritores que
han sabido llevar con dignidad el peso de estos
años, y que tienen una obra que mostrar.
El lector cubano, cada vez que se descorre una
mampara, se le muestra una hendija en el muro,
queda profundamente identificado con esos libros
y autores desconocidos. Ejemplos sobran. Si no,
¿cómo es que circulan por el país,
de mano en mano, en copias de todo tipo, libros
tan prohibidos como Habana-Babilonia y Las Puertas
de la Noche, de Amir Valle o El Caballero Ilustrado
y El Adversario, de Raúl A. Capote o los
libros de Lorenzo Lunar y Pedro Juan Gutiérrez?
Esa literatura es reflejo de la mentalidad del
cubano de fines e inicios de siglo. Se siente
presente ahí entre esas páginas.
El autor de este trabajo, que ha sido jurado en
varios concursos, no precisamente de los "autorizados",
da fe de la existencia de un importante movimiento
literario. Esa literatura está ahí,
esperando la oportunidad de mostrarse. Démosle
esa oportunidad.
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