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HISTORIA
Veinte años después
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Octubra (www.cubanet.org) -
El estruendo dejó en suspenso la siesta.
Una espesa humareda envolvía nuestras vidas
de una manera poco grata. Estábamos en
el suelo forcejeando con unos vientos en ráfaga.
Habían franqueado el local con fiebre.
Quemaban. Su compresión era brutal. Nos
hacía saltar como pelotas en aquel espacio
a punto de desmoronarse con las sacudidas.
Sentíamos el adiós de la suerte,
los estertores de la calma, el corazón
con sus golpes de furia queriendo destrozar el
pecho. Otro estallido seguido de sus repercusiones
nos ponía en situación. Era un ataque
desde el aire. Una cuadrilla de aviones Mirage
pretendía borrarnos con metralla de aquella
geografía tan extraña como inhóspita.
Jamba con sus olores a madera quemada, su desolación
y el perfil medieval de sus pobladores se asomaba
a nuestras vidas con intenciones de crear el caos.
Provincia, Huíla; país, Angola.
Allí estaba con mi juventud aún
fresca, rodeado de mosquitos transmisores del
paludismo, frecuentemente visitado por serpientes
y a merced de las amebas muy prolíficas
en las aguas teñidas de carmelita que teníamos
en lagos y arroyuelos, casi extinguidos de esta
zona meridional del territorio angoleño.
Memorizo además a las ratas desprendiéndose
del techo para culminar su caída en mi
cuerpo en busca de un sueño, perdido en
pesadillas hechas de peligros con acentos y letras
mayúsculas.
Sobrevivíamos a más de dos metros
bajo tierra inmersos en una rutina, lista a sofocar
los nervios hasta su asfixia.
La tarde del 15 de mayo amenazaba con ser la
última. Las bombas, aparte del plomo y
las ondas expansivas, imponían el silencio.
Los ojos, casi fuera de sus órbitas, no
necesitaban traducción. El terror animado
por la sorpresa era tangible. La muerte lanzaba
un aviso, otro en ese universo regido por la tensión
y marcado por una catarata de incidencias con
la determinación de sepultar la materia
y el espíritu de cientos de hombres. Fue
en 1982, un año impregnado en la conciencia
para siempre.
No me movía el afán de libertador.
Es cierto que mis herramientas para el análisis
honraban la imperfección. Ese miedo que
muerde con pasión felina en Cuba, el adoctrinamiento
que causa abundantes destrozos y la inmadurez
heredada de la adolescencia, me impulsaron a embarcarme
en una aventura a más de 11 mil kilómetros
de mi casa, de mi familia, de mis amigos, y de
todo mi inventario de alegrías y tristezas
concebidos en esta isla que ya apenas conozco
por sus averías y por unos arreglos que
me recuerdan a aquel monstruo del celuloide llamado
Frankestein.
Por espacio de 26 meses (1982-1983) pude conocer
el silbido con que las cobras siembran el pánico,
el sigilo del guepardo, las alarmas de combate
ante la presunta incursión de combatientes
de la UNITA, la organización que lideraba
Jonas Savimbi, las alucinaciones de una fiebre
palúdica que intentó adelantarme
el certificado de defunción y el tronar
de las bombas escuchado a menos de 50 metros de
aquel albergue empotrado en el subsuelo.
Regresé un Día de las Madres. Las
construcciones sensoriales que me servían
de antídoto para la melancolía se
tornaban en realidades. De aquellos tributos nunca
he podido desprenderme. Permanecen anclados a
mi memoria.
Los besos, la frase anegada de sinceridad, las
muestras de cariño haciéndome planear
por esos ámbitos de la infancia con su
candidez y diafanidad, resisten la prueba del
almanaque.
Veinte años después, demostraron
su vigencia. Con esas pequeñas cosas pude
dotarme de un remedio para soportar el asedio
de las sombras y espantar el abatimiento que surge
con el encierro.
La cárcel me había tragado. Me
digería lenta e inexorablemente. Atrás
quedaban las imágenes de los Quimbos, esas
chozas antagonizando con la modernidad y los moradores
amarrados a sus códigos tribales, el sol
lamiéndonos con fuego la espalda y la noche
con frialdad de iceberg.
Ahora las detonaciones se apropiaban de nuevas
características. Su sonido era el de la
impunidad. La injusticia ensordecía, el
atropello ardía en el alma como una hoguera
en su plenitud.
El internacionalismo, sus medallas, las descargas
apologéticas se evaporaban. Detrás
yo, en una celda con mosquitos y escorpiones,
pagando mis disidencias.
En esos instantes repasaba aquellos besos, aquellos
abrazos que me habían hecho sentir un niño,
un esposo amado, un hijo querido, un hermano de
verdad, un padre en busca de la perfección.
Frente a mí, como cincelado en una de las
paredes y justamente a una cuarta de los barrotes,
resplandecía la noción de un país
en democracia, con elecciones libres y respeto
a la pluralidad de opiniones.
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