PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 3, 2005
 

HISTORIA
Veinte años después

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Octubra (www.cubanet.org) - El estruendo dejó en suspenso la siesta. Una espesa humareda envolvía nuestras vidas de una manera poco grata. Estábamos en el suelo forcejeando con unos vientos en ráfaga. Habían franqueado el local con fiebre. Quemaban. Su compresión era brutal. Nos hacía saltar como pelotas en aquel espacio a punto de desmoronarse con las sacudidas.

Sentíamos el adiós de la suerte, los estertores de la calma, el corazón con sus golpes de furia queriendo destrozar el pecho. Otro estallido seguido de sus repercusiones nos ponía en situación. Era un ataque desde el aire. Una cuadrilla de aviones Mirage pretendía borrarnos con metralla de aquella geografía tan extraña como inhóspita.

Jamba con sus olores a madera quemada, su desolación y el perfil medieval de sus pobladores se asomaba a nuestras vidas con intenciones de crear el caos. Provincia, Huíla; país, Angola. Allí estaba con mi juventud aún fresca, rodeado de mosquitos transmisores del paludismo, frecuentemente visitado por serpientes y a merced de las amebas muy prolíficas en las aguas teñidas de carmelita que teníamos en lagos y arroyuelos, casi extinguidos de esta zona meridional del territorio angoleño. Memorizo además a las ratas desprendiéndose del techo para culminar su caída en mi cuerpo en busca de un sueño, perdido en pesadillas hechas de peligros con acentos y letras mayúsculas.

Sobrevivíamos a más de dos metros bajo tierra inmersos en una rutina, lista a sofocar los nervios hasta su asfixia.

La tarde del 15 de mayo amenazaba con ser la última. Las bombas, aparte del plomo y las ondas expansivas, imponían el silencio. Los ojos, casi fuera de sus órbitas, no necesitaban traducción. El terror animado por la sorpresa era tangible. La muerte lanzaba un aviso, otro en ese universo regido por la tensión y marcado por una catarata de incidencias con la determinación de sepultar la materia y el espíritu de cientos de hombres. Fue en 1982, un año impregnado en la conciencia para siempre.

No me movía el afán de libertador. Es cierto que mis herramientas para el análisis honraban la imperfección. Ese miedo que muerde con pasión felina en Cuba, el adoctrinamiento que causa abundantes destrozos y la inmadurez heredada de la adolescencia, me impulsaron a embarcarme en una aventura a más de 11 mil kilómetros de mi casa, de mi familia, de mis amigos, y de todo mi inventario de alegrías y tristezas concebidos en esta isla que ya apenas conozco por sus averías y por unos arreglos que me recuerdan a aquel monstruo del celuloide llamado Frankestein.

Por espacio de 26 meses (1982-1983) pude conocer el silbido con que las cobras siembran el pánico, el sigilo del guepardo, las alarmas de combate ante la presunta incursión de combatientes de la UNITA, la organización que lideraba Jonas Savimbi, las alucinaciones de una fiebre palúdica que intentó adelantarme el certificado de defunción y el tronar de las bombas escuchado a menos de 50 metros de aquel albergue empotrado en el subsuelo.

Regresé un Día de las Madres. Las construcciones sensoriales que me servían de antídoto para la melancolía se tornaban en realidades. De aquellos tributos nunca he podido desprenderme. Permanecen anclados a mi memoria.

Los besos, la frase anegada de sinceridad, las muestras de cariño haciéndome planear por esos ámbitos de la infancia con su candidez y diafanidad, resisten la prueba del almanaque.

Veinte años después, demostraron su vigencia. Con esas pequeñas cosas pude dotarme de un remedio para soportar el asedio de las sombras y espantar el abatimiento que surge con el encierro.

La cárcel me había tragado. Me digería lenta e inexorablemente. Atrás quedaban las imágenes de los Quimbos, esas chozas antagonizando con la modernidad y los moradores amarrados a sus códigos tribales, el sol lamiéndonos con fuego la espalda y la noche con frialdad de iceberg.

Ahora las detonaciones se apropiaban de nuevas características. Su sonido era el de la impunidad. La injusticia ensordecía, el atropello ardía en el alma como una hoguera en su plenitud.

El internacionalismo, sus medallas, las descargas apologéticas se evaporaban. Detrás yo, en una celda con mosquitos y escorpiones, pagando mis disidencias.

En esos instantes repasaba aquellos besos, aquellos abrazos que me habían hecho sentir un niño, un esposo amado, un hijo querido, un hermano de verdad, un padre en busca de la perfección. Frente a mí, como cincelado en una de las paredes y justamente a una cuarta de los barrotes, resplandecía la noción de un país en democracia, con elecciones libres y respeto a la pluralidad de opiniones.


Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet.
CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente
.

IMPRIMIR



PERIODISTAS EN PRISION

PRENSAS
Independiente
Internacional
Gubernamental
IDIOMAS
Inglés
Francés
Español
SOCIEDAD CIVIL
Cooperativas Agrícolas
Movimiento Sindical
Bibliotecas
DEL LECTOR
Cartas
Opinión
BUSQUEDAS
Archivos
Documentos
Enlaces
CULTURA
Artes Plásticas
El Niño del Pífano
Octavillas sobre La Habana
Fotos de Cuba
CUBANET
Semanario
Quiénes Somos
Informe Anual
Correo Eléctronico

DONACIONES

In Association with Amazon.com
Busque:


CUBANET
145 Madeira Ave, Suite 207
Coral Gables, FL 33134
(305) 774-1887

CONTACTOS
Periodistas
Editores
Webmaster