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POLITICA
Hussein: la peor arma biológica
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
La prensa oficialista de Cuba jamás se
ha referido a los crímenes cometidos por
Sadam Hussein durante sus 24 años de dictadura.
Nunca se ha hecho mención, por ejemplo,
a que reprimió cruelmente a los kurdos
y a los chiitas, a que miles de presos políticos
fueron asesinados y enterrados en tumbas secretas,
descubiertas tras la derrota del tirano.
El hombre que atacó a Irán en 1980,
desatando una guerra que dejó un saldo
de 400 mil soldados irakíes muertos; que
invadió a Kuwait, desencadenando el conflicto
del Golfo; que ordenó las más espantosas
torturas contra disidentes y periodistas; que
huyó cobardemente cuando se vio derrotado
y se mantuvo durante meses en un hueco. Al ser
descubierto, lleno de piojos, maloliente y muerto
de miedo, exclamó: "Soy Sadam Hussein.
No disparen. Quiero negociar". Y se quejaba
de dolor de muelas.
Relató el jefe de noticias de la Agencia
CNN cómo la policía política
del gobernante irakí cometió todo
tipo de torturas con personas que él conocía.
Era de conocimiento público cómo
Udai, hijo de Sadam, se hizo famoso porque era
obsesivo a la hora de presenciar los actos de
tortura aplicados a los prisioneros políticos.
Persona violenta y cruel, gustaba de ver correr
la sangre cuando a 750 presos les cortaron sus
orejas. Una vez Udai lanzó desde el piso
14 de un edificio a un hombre que le servía.
Nunca hemos conocido a través de la prensa
oficial cubana cómo miles de mujeres vestidas
de negro, portando las fotografías de sus
esposos, hijos, hermanos, padres, detenidos en
las cárceles iraquíes durante veinte
años, reclaman los cadáveres de
sus seres queridos..
Un minucioso trabajo se ha realizado en los archivos
de la policía política, por lo que
se conoce que cientos de miles de presos políticos
fueron asesinados y desaparecidos.
De nada le valió a Sadam Hussein construir
en 1984 un búnker debajo de su palacio
principal, a un costo de 70 millones de dólares,
capaz de soportar una bomba atómica y donde
hubiera podido sobrevivir varios meses.
De nada le valió todo su poder, sus cientos
de estatuas de 25 pies de altura, los museos dedicados
a su vida y obra, sus discursos, su policía
política. Ponerle fin a la trayectoria
de un tirano no es tarea fácil.
Sadam Hussein no volverá a lanzar cohetes
contra la población civil de Tel Aviv y
Haifa; mandar a gasear a la población de
Halabjah, donde murieron por su culpa más
de cinco mil inocentes, y fueron mutilados otros
diez mil.
Mientras sus pocos amigos se lamentan de su final,
el mundo respira con tranquilidad porque nos libramos
de la peor arma biológica que se pudo haber
encontrado en Irak.
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