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CULTURA
Pesadilla de estado
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) -
Leí de un tirón "Secreto de
Estado", de Juan Benemelis y Eugenio Yánez.
Casi dos días de lluvia del ciclón
Rita me mantuvieron encerrado en casa. Contribuyeron
a la rapidez de mi lectura. Pero es cierto que
es uno de esos libros que cuando te atrapan no
puedes soltarlo. Sólo que al terminar de
leerlo deja un sabor amargo en la boca.
Benemelis y Yánez, además de mucho
"whisky thinking", parecen conocer a
fondo el entorno y los entresijos del poder en
Cuba. Pero sin dudas conocen mejor las novelas
de Frederick Forsyth, Yulian Semionov y John Le
Carre. Buen estreno de ambos en la literatura
de ficción. Por suerte, "Secreto de
Estado" no pasa de ser eso: ficción.
Por momentos resulta creíble. Demasiado
creíble. Tanto y tan penoso como puede
serlo una pesadilla con los destinos de la patria.
Una pesadilla donde el pueblo no cuenta. Todo
queda en manos de generales veteranos de las campañas
de África y Comandantes de la Revolución,
con mayúsculas. Con sus métodos.
A su manera.
En el libro no hay malos absolutos. Si acaso,
todas las culpas recaen en el Máximo Líder.
Sus opositores son los convidados de piedra en
la novela. Los perdedores son los cubanos sin
grados ni glorias militares. Los de Cuba y los
del exilio, que también son Cuba. Comunistas
y gusanos. Fidelistas y disidentes.
Unos al plan pijama. Otros a prisión.
Los demás, que son la mayoría, de
regreso a la charca. Todo como siempre. Más
de lo mismo. Aquí nunca pasa nada. ¿Olvidaron
que Cuba es una isla de corcho?
A fin de cuentas no estamos tan lejos de las
repúblicas bananeras. Tal vez no sea tanta
la diferencia que suponemos existe entre los generales
doblemente derrotados de Las Malvinas y los de
Cuito Cuanavale y el Ogaden.
Dicen que las pesadillas tienen un límite
que no se puede franquear. Cuando llegas a él,
despiertas o mueres. El mal sueño de Benemelis
y Yánez no llega a extremos. Se evita el
baño de sangre de una guerra civil, no
hay invasión norteamericana y se salva
la soberanía nacional.¡Menos mal!
Pero la dicha de los cubanos nunca es completa.
Los jerarcas logran la sucesión. Su fórmula
se limita al retiro de varios pejes gordos, la
rectificación de errores, hallar un modo
de convivir con los americanos y mejorar un poco
la economía del país. De libertades
políticas y derechos humanos, nada. Peligrosamente
cercano al límite letal de las pesadillas.
Los autores mantienen el suspenso durante todo
el libro. El final es abierto. Como en una buena
película de horror. En la última
página, el Ministro, el número 2
-ya para entonces número 1- le dice al
sensato, prudente y oportuno Comandante de la
Revolución: "Yo te llamo". El
Histórico queda en espera de la llamada
decisiva, entretenido en imaginar una canción
para el pentagrama.
La sucesión está segura: "¿Sin
mariconá'"?, inquirió el Histórico
antes de colgar el teléfono. "Sin
mariconá'", repuso el nuevo jefe.
Machistas y marciales, en el clan de los Mayimbes
Gordos no pasan jamás por encima de ciertas
palabras.
Todos lo sabemos. También Yánez
y Benemelis. La "mariconá'" es
siempre con el pueblo.
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