PRENSA INDEPENDIENTE
Octubre 3, 2005
 

CULTURA
Pesadilla de estado

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Leí de un tirón "Secreto de Estado", de Juan Benemelis y Eugenio Yánez. Casi dos días de lluvia del ciclón Rita me mantuvieron encerrado en casa. Contribuyeron a la rapidez de mi lectura. Pero es cierto que es uno de esos libros que cuando te atrapan no puedes soltarlo. Sólo que al terminar de leerlo deja un sabor amargo en la boca.

Benemelis y Yánez, además de mucho "whisky thinking", parecen conocer a fondo el entorno y los entresijos del poder en Cuba. Pero sin dudas conocen mejor las novelas de Frederick Forsyth, Yulian Semionov y John Le Carre. Buen estreno de ambos en la literatura de ficción. Por suerte, "Secreto de Estado" no pasa de ser eso: ficción.

Por momentos resulta creíble. Demasiado creíble. Tanto y tan penoso como puede serlo una pesadilla con los destinos de la patria. Una pesadilla donde el pueblo no cuenta. Todo queda en manos de generales veteranos de las campañas de África y Comandantes de la Revolución, con mayúsculas. Con sus métodos. A su manera.

En el libro no hay malos absolutos. Si acaso, todas las culpas recaen en el Máximo Líder. Sus opositores son los convidados de piedra en la novela. Los perdedores son los cubanos sin grados ni glorias militares. Los de Cuba y los del exilio, que también son Cuba. Comunistas y gusanos. Fidelistas y disidentes.

Unos al plan pijama. Otros a prisión. Los demás, que son la mayoría, de regreso a la charca. Todo como siempre. Más de lo mismo. Aquí nunca pasa nada. ¿Olvidaron que Cuba es una isla de corcho?

A fin de cuentas no estamos tan lejos de las repúblicas bananeras. Tal vez no sea tanta la diferencia que suponemos existe entre los generales doblemente derrotados de Las Malvinas y los de Cuito Cuanavale y el Ogaden.

Dicen que las pesadillas tienen un límite que no se puede franquear. Cuando llegas a él, despiertas o mueres. El mal sueño de Benemelis y Yánez no llega a extremos. Se evita el baño de sangre de una guerra civil, no hay invasión norteamericana y se salva la soberanía nacional.¡Menos mal!

Pero la dicha de los cubanos nunca es completa. Los jerarcas logran la sucesión. Su fórmula se limita al retiro de varios pejes gordos, la rectificación de errores, hallar un modo de convivir con los americanos y mejorar un poco la economía del país. De libertades políticas y derechos humanos, nada. Peligrosamente cercano al límite letal de las pesadillas.

Los autores mantienen el suspenso durante todo el libro. El final es abierto. Como en una buena película de horror. En la última página, el Ministro, el número 2 -ya para entonces número 1- le dice al sensato, prudente y oportuno Comandante de la Revolución: "Yo te llamo". El Histórico queda en espera de la llamada decisiva, entretenido en imaginar una canción para el pentagrama.

La sucesión está segura: "¿Sin mariconá'"?, inquirió el Histórico antes de colgar el teléfono. "Sin mariconá'", repuso el nuevo jefe. Machistas y marciales, en el clan de los Mayimbes Gordos no pasan jamás por encima de ciertas palabras.

Todos lo sabemos. También Yánez y Benemelis. La "mariconá'" es siempre con el pueblo.


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