PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 29, 2005
 

CULTURA
La decepción del reverendo Billy

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - A los 64 años, en un mundo donde los inteligentes pasaron de moda, todavía Bob Dylan causa fiebres.

No direction home, una película de más de tres horas de Martin Scorcese, trata de explicar por qué. Sumada a su película sobre el festival de Woodstock constituye la crónica de los más benditos momentos de la Contracultura de los 60.

Alguna vez, el cantante y compositor Bruce Springsteen describió certero el comienzo de Like a rolling stone, la más popular de las canciones de Bob Dylan. Según The Boss era "un golpe seco, como si alguien hubiera abierto de una patada la puerta de tu mente".

Nos ocurrió así a toda una generación arrullada por los oh, yeah baby de los Beatles y los Stones. De pronto descubrimos que había todavía más.

Un tipo de voz nasal y desafinada parecía cantarnos desde el centro del Averno. Mezcla de James Dean, Jack Kerouac y el Holden Caufield de Jerome David Salinger, metafísicamente se enfrentaba al mal. Armado de guitarra y armónica nos inundaba con un torbellino de versos apocalípticos y surrealistas.

También llegó a Cuba. Ni la revolución de Fidel Castro, celosa hasta la aberración de la pureza ideológica, logró librarnos del genio de Duluth.

Por desgracia, aún no sabía inglés. Recuerdo la cara atribulada de mi profesor de inglés de décimo grado. Horrorizado, había descubierto las canciones de Dylan copiadas con faltas ortográficas en hojas de cuaderno escolar. Eran Like a rolling stone, Sad eyed lady of the Lowlands y Just like a woman.

Me costó ir a la dirección. El pobre teacher apenas entendía una palabra. Sus conocimientos idiomáticos estaban en peligro. Para él, aquello no era inglés sino cosas de peludos. Sólo sabía que aquello era diversionismo ideológico… y grave.

Lo era. Presentíamos que Dylan decía exactamente lo que hubiéramos querido decir nosotros. Nos hacía sentir que no estábamos solos en el mundo. Que existía vida más allá de los círculos de estudio, los muros de la escuela, los cortes de caña y las consignas que hablaban de muerte.

En tiempos en que la era paría corazones y convidaban a creer en el futuro, sin que supiéramos mucho inglés, Dylan creó la paradoja de estar más cerca de nosotros que Atahualpa Yupanqui, Daniel Viglietti y otras prescripciones de los comisarios culturales.

Aún hoy, en circunstancias diversas y casi siempre adversas, dispersos por el planeta, aquellas canciones siguen siendo nuestras contraseñas entre amigos.

No sólo en Lawton y La Víbora adorábamos a Bob Dylan. La nueva izquierda americana y europea de los 60 creía haber hallado a su vocero.

Desde el comienzo, Dylan les advirtió de su error. El no era portavoz de nadie. Sólo quería cantar lo que sentía. Reflejar su visión del mundo. Hacer música con los sonidos que bullían en su mente como mercurio salvaje.

No lo entendieron. Los tiempos estaban cambiando. Los que no supieran nadar no flotarían. Se hundirían como piedras. No hicieron caso a sus avisos de que el Titanic zarpaba al amanecer.

Bob Dylan se ha pasado la vida escandalizando a la más rancia izquierda. Primero, cuando además de las canciones protesta, cantó baladas de amor. Luego, electrificó su guitarra y tocó rock y música country. Se convirtió al judaísmo de sus antepasados. Pese a los cantos de las langostas, aceptó doctorados universitarios y se convirtió en un estándar de la música norteamericana.

Ahora ha puesto la tapa al pomo de los zurdos. Ha vendido la distribución de los productos de la nueva fiebre Dylan a Starbuck, una empresa de café considerada uno de los símbolos de las grandes corporaciones transnacionales.

Por estos días, Starbuck gana miles de dólares distribuyendo la película sobre Dylan de Scorcese, su soundtrack y el disco Live at the Starlight, además de posters y camisetas.

Esto, en una era de ascenso de los movimientos anticapitalistas es visto por la izquierda como una herejía imperdonable. Dylan ha apuñaleado sus tiernos corazoncitos cuando más lo necesitaban de su lado.

Varios blogs de Internet han dado una tregua a Bush, la guerra de Irak y la globalización para enfilar sus baterías contra Dylan.

El reverendo Billy Tallen, predicador de secta neoyorquino y ferviente activista anticonsumo, comunicó a Dylan en una carta abierta, firmada entre otros por el escritor Kurt Vonegut: "Nos decepcionaste y debemos esperar ahora que alguien revolucionario venga a reemplazarte urgentemente".

Al reverendo Billy le propongo a Bruce Springsteen para cubrir la plaza. Es el eterno heredero al trono de Dylan. También está domesticado por el star system pero se muestra activo contra Bush. Sus canciones de sueños destrozados, vagabundos y amores obreros son un buen sucedáneo de Dylan.

En lo que espera al cantor revolucionario que sustituya a Dylan, el reverendo y los otros decepcionados, amén de protestar contra la sociedad de consumo, pueden sustituir a Scorcese por Michael Moore. En sus ratos de ocio, se pueden entretener leyendo las ocurrencias horripilantes y antisistema de Chuck Palahniuk.

También pueden apuntarse en la Brigada Venceremos y venir a Cuba. Apuesto que no están decepcionados con la revolución de Fidel Castro.

Puedo entender el desencanto del reverendo y sus acólitos. Suele ocurrir cuando uno pone demasiada fe a cantautores que nos abruman con su poesía. A veces no son lo que uno piensa.

En un tiempo, asistí a los conciertos de Silvio Rodríguez y compraba sus discos. Hoy, el cantante es un disciplinado diputado del parlamento de la dictadura. Me siguen gustando muchas de sus canciones pero prefiero que la banda sonora de mi vida como disidente la siga poniendo Bob Dylan.

Si el reverendo no logró entregar la carta a Dylan en persona, es probable que no se entere de ella. El más emblemático de los cantautores de los 60 continúa su exitosa gira de 30 conciertos por Europa.


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