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CULTURA
La decepción del reverendo Billy
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- A los 64 años, en un mundo donde los
inteligentes pasaron de moda, todavía Bob
Dylan causa fiebres.
No direction home, una película de más
de tres horas de Martin Scorcese, trata de explicar
por qué. Sumada a su película sobre
el festival de Woodstock constituye la crónica
de los más benditos momentos de la Contracultura
de los 60.
Alguna vez, el cantante y compositor Bruce Springsteen
describió certero el comienzo de Like a
rolling stone, la más popular de las canciones
de Bob Dylan. Según The Boss era "un
golpe seco, como si alguien hubiera abierto de
una patada la puerta de tu mente".
Nos ocurrió así a toda una generación
arrullada por los oh, yeah baby de los Beatles
y los Stones. De pronto descubrimos que había
todavía más.
Un tipo de voz nasal y desafinada parecía
cantarnos desde el centro del Averno. Mezcla de
James Dean, Jack Kerouac y el Holden Caufield
de Jerome David Salinger, metafísicamente
se enfrentaba al mal. Armado de guitarra y armónica
nos inundaba con un torbellino de versos apocalípticos
y surrealistas.
También llegó a Cuba. Ni la revolución
de Fidel Castro, celosa hasta la aberración
de la pureza ideológica, logró librarnos
del genio de Duluth.
Por desgracia, aún no sabía inglés.
Recuerdo la cara atribulada de mi profesor de
inglés de décimo grado. Horrorizado,
había descubierto las canciones de Dylan
copiadas con faltas ortográficas en hojas
de cuaderno escolar. Eran Like a rolling stone,
Sad eyed lady of the Lowlands y Just like a woman.
Me costó ir a la dirección. El
pobre teacher apenas entendía una palabra.
Sus conocimientos idiomáticos estaban en
peligro. Para él, aquello no era inglés
sino cosas de peludos. Sólo sabía
que aquello era diversionismo ideológico
y grave.
Lo era. Presentíamos que Dylan decía
exactamente lo que hubiéramos querido decir
nosotros. Nos hacía sentir que no estábamos
solos en el mundo. Que existía vida más
allá de los círculos de estudio,
los muros de la escuela, los cortes de caña
y las consignas que hablaban de muerte.
En tiempos en que la era paría corazones
y convidaban a creer en el futuro, sin que supiéramos
mucho inglés, Dylan creó la paradoja
de estar más cerca de nosotros que Atahualpa
Yupanqui, Daniel Viglietti y otras prescripciones
de los comisarios culturales.
Aún hoy, en circunstancias diversas y
casi siempre adversas, dispersos por el planeta,
aquellas canciones siguen siendo nuestras contraseñas
entre amigos.
No sólo en Lawton y La Víbora adorábamos
a Bob Dylan. La nueva izquierda americana y europea
de los 60 creía haber hallado a su vocero.
Desde el comienzo, Dylan les advirtió
de su error. El no era portavoz de nadie. Sólo
quería cantar lo que sentía. Reflejar
su visión del mundo. Hacer música
con los sonidos que bullían en su mente
como mercurio salvaje.
No lo entendieron. Los tiempos estaban cambiando.
Los que no supieran nadar no flotarían.
Se hundirían como piedras. No hicieron
caso a sus avisos de que el Titanic zarpaba al
amanecer.
Bob Dylan se ha pasado la vida escandalizando
a la más rancia izquierda. Primero, cuando
además de las canciones protesta, cantó
baladas de amor. Luego, electrificó su
guitarra y tocó rock y música country.
Se convirtió al judaísmo de sus
antepasados. Pese a los cantos de las langostas,
aceptó doctorados universitarios y se convirtió
en un estándar de la música norteamericana.
Ahora ha puesto la tapa al pomo de los zurdos.
Ha vendido la distribución de los productos
de la nueva fiebre Dylan a Starbuck, una empresa
de café considerada uno de los símbolos
de las grandes corporaciones transnacionales.
Por estos días, Starbuck gana miles de
dólares distribuyendo la película
sobre Dylan de Scorcese, su soundtrack y el disco
Live at the Starlight, además de posters
y camisetas.
Esto, en una era de ascenso de los movimientos
anticapitalistas es visto por la izquierda como
una herejía imperdonable. Dylan ha apuñaleado
sus tiernos corazoncitos cuando más lo
necesitaban de su lado.
Varios blogs de Internet han dado una tregua
a Bush, la guerra de Irak y la globalización
para enfilar sus baterías contra Dylan.
El reverendo Billy Tallen, predicador de secta
neoyorquino y ferviente activista anticonsumo,
comunicó a Dylan en una carta abierta,
firmada entre otros por el escritor Kurt Vonegut:
"Nos decepcionaste y debemos esperar ahora
que alguien revolucionario venga a reemplazarte
urgentemente".
Al reverendo Billy le propongo a Bruce Springsteen
para cubrir la plaza. Es el eterno heredero al
trono de Dylan. También está domesticado
por el star system pero se muestra activo contra
Bush. Sus canciones de sueños destrozados,
vagabundos y amores obreros son un buen sucedáneo
de Dylan.
En lo que espera al cantor revolucionario que
sustituya a Dylan, el reverendo y los otros decepcionados,
amén de protestar contra la sociedad de
consumo, pueden sustituir a Scorcese por Michael
Moore. En sus ratos de ocio, se pueden entretener
leyendo las ocurrencias horripilantes y antisistema
de Chuck Palahniuk.
También pueden apuntarse en la Brigada
Venceremos y venir a Cuba. Apuesto que no están
decepcionados con la revolución de Fidel
Castro.
Puedo entender el desencanto del reverendo y
sus acólitos. Suele ocurrir cuando uno
pone demasiada fe a cantautores que nos abruman
con su poesía. A veces no son lo que uno
piensa.
En un tiempo, asistí a los conciertos
de Silvio Rodríguez y compraba sus discos.
Hoy, el cantante es un disciplinado diputado del
parlamento de la dictadura. Me siguen gustando
muchas de sus canciones pero prefiero que la banda
sonora de mi vida como disidente la siga poniendo
Bob Dylan.
Si el reverendo no logró entregar la carta
a Dylan en persona, es probable que no se entere
de ella. El más emblemático de los
cantautores de los 60 continúa su exitosa
gira de 30 conciertos por Europa.
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