PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 25, 2005
 

SOCIEDAD
El juguete que nunca llegó a su destino

Amarilis Cortina Rey, Cuba-Verdad

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Aquel año de 1959, mis Reyes Magos me habían traído un jeep. Para ser más exactos, y al parecer en concordancia con los acontecimientos, era de color verde olivo y funcionaba con baterías. Recuerdo que encendía y apagaba las luces, abría sus pequeñas puertas y era un juguete que aparentaba fortaleza.

El porqué de aquel regalo a una niña no lo tengo muy claro. Lo que sí recuerdo perfectamente es que me duró muy poco. Era una época convulsa, de cambio, que me fastidió desde sus inicios.

A alguien, dentro del naciente sistema, se le ocurrió recoger juguetes para los niños pobres que vivían en la Sierra Maestra, y mi madre comenzó a hacer sus buenos oficios para que yo accediera a mandar mi jeep.

Lo último que recuerdo de aquella historia es un camión muy alto, un señor de barba y mis manos extendidas, tratando de llegar a aquel extraño para entregarle el juguete que, yo creía que un rey mago también con barba me había regalado.

Aquella ilusión de esperar el seis de enero e imaginar que alguien muy grande se convertiría al tamaño de una hormiga para dejar regalos a los niños, fue pasando como todas las demás ilusiones en la nueva Cuba, donde los niños repetirían hasta el cansancio: "Seremos como el Che".

Durante algunos años, los juguetes también entraron dentro de la canasta básica. Te tocaba uno básico (de más precio) y dos adicionales, por aquello de que todos los infantes tuvieran los mismos derechos.

Las colas por esos días de ventas resultaban interminables, y como es natural, la compartían toda la familia. El padre o abuelo marcaban el turno en la madrugada y luego el resto de la familia, incluyendo al pequeño, se encargaban de comprar los juguetes.
Pero ya de ese tiempo, hace muchos años, hoy los que quieran recordar a los Reyes Magos deben hacerlo en moneda convertible. Hay juguetes y están en tiendas bonitas con aire acondicionado, pero a unos precios a los que ni los niños de la Sierra Maestra, ni los del Cabo de San Antonio tienen acceso a ellos.

La escena de un chico llorando frente a una vidriera por algún juguete, y su familiar tratando a la fuerza de sacarlo del sitio, la he visto repetida en varias ocasiones. Como tampoco voy a olvidar el día que durante una tediosa espera de ómnibus, a un pequeño se le ocurrió sacar un carrito de control remoto. Mientras lo manejaba, la abundante fila de personas disfrutaba con la trayectoria del gracioso objeto, como a personas de un tiempo pasado a quienes la tecnología los sorprende y agrada.

Pero si algo no nos han podido ni quitar, ni racionar a los cubanos en todos estos años es la imaginación, y cada quien inventa la forma de resolver los inconvenientes del sistema.

Por estos días de amenaza de tormenta y fuertes vientos, un grupo de niños cerca de mi casa se divertían de lo lindo, inflando (a falta de globos) condones, y lanzándolos al aire, algunos podían rescatarlos, otros se explotan frente a algún obstáculo.

Me gustaría saber si hoy los niños de la Sierra Maestra también inflarán condones para lanzarlos al viento. También muchas veces me pregunté qué habrá sido de mi jeep: si habría llegado a manos de alguno de esos niños, que a lo mejor en aquella época tendrían globos para inflar.

Pero con lo que he visto, a través de todos estos años, con el creciente síndrome de la corrupción y con la experiencia que tengo, podría asegurar que mi jeep nunca llegó a su destino.


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