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SOCIEDAD
El juguete que nunca llegó a su destino
Amarilis Cortina Rey, Cuba-Verdad
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- Aquel año de 1959, mis Reyes Magos me
habían traído un jeep. Para ser
más exactos, y al parecer en concordancia
con los acontecimientos, era de color verde olivo
y funcionaba con baterías. Recuerdo que
encendía y apagaba las luces, abría
sus pequeñas puertas y era un juguete que
aparentaba fortaleza.
El porqué de aquel regalo a una niña
no lo tengo muy claro. Lo que sí recuerdo
perfectamente es que me duró muy poco.
Era una época convulsa, de cambio, que
me fastidió desde sus inicios.
A alguien, dentro del naciente sistema, se le
ocurrió recoger juguetes para los niños
pobres que vivían en la Sierra Maestra,
y mi madre comenzó a hacer sus buenos oficios
para que yo accediera a mandar mi jeep.
Lo último que recuerdo de aquella historia
es un camión muy alto, un señor
de barba y mis manos extendidas, tratando de llegar
a aquel extraño para entregarle el juguete
que, yo creía que un rey mago también
con barba me había regalado.
Aquella ilusión de esperar el seis de
enero e imaginar que alguien muy grande se convertiría
al tamaño de una hormiga para dejar regalos
a los niños, fue pasando como todas las
demás ilusiones en la nueva Cuba, donde
los niños repetirían hasta el cansancio:
"Seremos como el Che".
Durante algunos años, los juguetes también
entraron dentro de la canasta básica. Te
tocaba uno básico (de más precio)
y dos adicionales, por aquello de que todos los
infantes tuvieran los mismos derechos.
Las colas por esos días de ventas resultaban
interminables, y como es natural, la compartían
toda la familia. El padre o abuelo marcaban el
turno en la madrugada y luego el resto de la familia,
incluyendo al pequeño, se encargaban de
comprar los juguetes.
Pero ya de ese tiempo, hace muchos años,
hoy los que quieran recordar a los Reyes Magos
deben hacerlo en moneda convertible. Hay juguetes
y están en tiendas bonitas con aire acondicionado,
pero a unos precios a los que ni los niños
de la Sierra Maestra, ni los del Cabo de San Antonio
tienen acceso a ellos.
La escena de un chico llorando frente a una vidriera
por algún juguete, y su familiar tratando
a la fuerza de sacarlo del sitio, la he visto
repetida en varias ocasiones. Como tampoco voy
a olvidar el día que durante una tediosa
espera de ómnibus, a un pequeño
se le ocurrió sacar un carrito de control
remoto. Mientras lo manejaba, la abundante fila
de personas disfrutaba con la trayectoria del
gracioso objeto, como a personas de un tiempo
pasado a quienes la tecnología los sorprende
y agrada.
Pero si algo no nos han podido ni quitar, ni
racionar a los cubanos en todos estos años
es la imaginación, y cada quien inventa
la forma de resolver los inconvenientes del sistema.
Por estos días de amenaza de tormenta
y fuertes vientos, un grupo de niños cerca
de mi casa se divertían de lo lindo, inflando
(a falta de globos) condones, y lanzándolos
al aire, algunos podían rescatarlos, otros
se explotan frente a algún obstáculo.
Me gustaría saber si hoy los niños
de la Sierra Maestra también inflarán
condones para lanzarlos al viento. También
muchas veces me pregunté qué habrá
sido de mi jeep: si habría llegado a manos
de alguno de esos niños, que a lo mejor
en aquella época tendrían globos
para inflar.
Pero con lo que he visto, a través de
todos estos años, con el creciente síndrome
de la corrupción y con la experiencia que
tengo, podría asegurar que mi jeep nunca
llegó a su destino.
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