PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 23, 2005
 

CORRUPCION
La IV República

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Si algo está claro es que la Revolución cubana no tendrá un final parecido al que tuvo la ciudad de Numancia en el año 133 AJ. En aquel entonces sus habitantes prefirieron el holocausto por medio del fuego antes que aceptar la claudicación exigida por el general Escipión Emiliano.

Este pudiera ser el final deseado por el sector más ortodoxo del régimen que monopoliza el poder desde el 1 de enero de 1959.

El problema es que no existe la intencionalidad, en este caso de Estados Unidos, de invadir a la isla. Se insiste en el tema de mil maneras; sin embargo, basta con un análisis de los acontecimientos para desechar el concurso de tal agresión. Las palabras continuarán entre las municiones de mayor uso. A falta de tiro real, abundancia de bombardeos retóricos.

Hay quienes no desestiman un eventual combate entre ambas naciones, basados en la teoría de que exista un derrame incontenible de nacionalismo en las postrimerías de un régimen con ideas ajenas a la racionalidad y encerrado en un esquema de futuro basado en el mesianismo.

Al margen de tales características, no creo en una evolución que favorezca un desenlace donde se imponga el lenguaje de las armas.

De hecho, aunque persista la negativa en reconocerlo, el gobierno en Cuba cabecea en los entretelones de una derrota sin acreditación oficial, pero tan presente como las resonancias de los discursos.

Justamente detrás de la verborrea incendiaria se escamotea la legitimidad de una capitulación, que no por demorada pierde su relieve entre las fronteras de una nación a la espera de una catástrofe.

El patriotismo al que se pretende dar realce con exaltaciones estridentes es, si acaso, una caricatura de lo que se previó fuera el distintivo de un pueblo conminado a llevar la armadura , el casco y la orden de crucificar al capitalismo sin economía de medios.

Más de dos millones de compatriotas están listos para invadir la costa sur de Estados Unidos con un derroche de coraje que despertaría el asombro de los kamikazes del Japón. Aquéllos, en la segunda guerra mundial, se estrellaban dentro de sus aviones contra los objetivos, éstos se precipitan con un arrojo tremendo sobre sus presas.

Sueñan con guillotinarle el pescuezo a los pollos de Kentucky, tasajearle el lomo a una vaca Holstein en los potreros de Louisiana, tomar por sorpresa una Coca-Cola fría en un supermercado de Hialeah y partir a la mitad una McDonald, sin compasión, en una esquina de Houston.

Esa es la guerra que subyace en el pensamiento. La invasión más cercana a las hipótesis. Es, de seguro, el único perfil bélico que agiganta las emociones y las ansias de matar las penurias como buenos guerreros.

He aquí parte del fracaso, los agujeros por donde se divisan las agonías de un proyecto que perdió la noción y el rumbo.

Veo las glorias en la gradualidad de una caída. Después en el suelo, inermes o escondidas tras constatar una desnudez en toda su crudeza.

El escenario para una refriega se establece al calor de argumentos que han echado raíces en las tribunas y humos sobre el sentido común. Se abre otro frente en el campo de batalla, sin advertir que el enemigo conoce al dedillo el terreno, cuenta con experiencias tácticas y sabe manejar con sagacidad las estrategias.

Los corruptos están a la espera del ataque. Prevenidos por el discurso del presidente cubano, toman posiciones en lo que se prevé sea un choque definitorio.

Parece que, de acuerdo a las palabras del mandatario, los oponentes más peligrosos no viven en Miami ni en los interiores de la Casa Blanca. Los robos en las dependencias del estado, el fraude, los sobornos y el despilfarro son una plaga que sin hacer un disparo ha ocasionado peores daños que la misma Helms-Burton.

Con el ropaje de la doble moral, millones de hombres y mujeres, militantes del Partido y policías, civiles y militares han destruido un sistema político que parecía invulnerable.
Sin posibilidades de acudir a la fuga por la puerta trasera, a la nomenclatura y sus adláteres no les queda otro remedio que aceptar el combate con un fardo de desventajas lo suficientemente pesado como para poder anunciar, con antelación, un revés.

El espíritu insigne de los numantinos se diluyó en las lecciones de pragmática aprendidas en el forcejeo continuo y recio, con las necesidades, en los rincones menos insospechados de la ínsula.

Las hostilidades sólo han comenzado. Yo tomo nota de las bajas en un choque bizantino entre los presuntos paladines de la honestidad y las huestes de corruptos.

Creo que es una guerra de sálvese el que pueda, un detonante para que brote la flor y nata del verdadero país.

La corrupción es una república paralela a la que fundó el Partido Comunista. ¡Ah, y con bandera incluida!


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