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CORRUPCION
La IV República
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- Si algo está claro es que la Revolución
cubana no tendrá un final parecido al que
tuvo la ciudad de Numancia en el año 133
AJ. En aquel entonces sus habitantes prefirieron
el holocausto por medio del fuego antes que aceptar
la claudicación exigida por el general
Escipión Emiliano.
Este pudiera ser el final deseado por el sector
más ortodoxo del régimen que monopoliza
el poder desde el 1 de enero de 1959.
El problema es que no existe la intencionalidad,
en este caso de Estados Unidos, de invadir a la
isla. Se insiste en el tema de mil maneras; sin
embargo, basta con un análisis de los acontecimientos
para desechar el concurso de tal agresión.
Las palabras continuarán entre las municiones
de mayor uso. A falta de tiro real, abundancia
de bombardeos retóricos.
Hay quienes no desestiman un eventual combate
entre ambas naciones, basados en la teoría
de que exista un derrame incontenible de nacionalismo
en las postrimerías de un régimen
con ideas ajenas a la racionalidad y encerrado
en un esquema de futuro basado en el mesianismo.
Al margen de tales características, no
creo en una evolución que favorezca un
desenlace donde se imponga el lenguaje de las
armas.
De hecho, aunque persista la negativa en reconocerlo,
el gobierno en Cuba cabecea en los entretelones
de una derrota sin acreditación oficial,
pero tan presente como las resonancias de los
discursos.
Justamente detrás de la verborrea incendiaria
se escamotea la legitimidad de una capitulación,
que no por demorada pierde su relieve entre las
fronteras de una nación a la espera de
una catástrofe.
El patriotismo al que se pretende dar realce
con exaltaciones estridentes es, si acaso, una
caricatura de lo que se previó fuera el
distintivo de un pueblo conminado a llevar la
armadura , el casco y la orden de crucificar al
capitalismo sin economía de medios.
Más de dos millones de compatriotas están
listos para invadir la costa sur de Estados Unidos
con un derroche de coraje que despertaría
el asombro de los kamikazes del Japón.
Aquéllos, en la segunda guerra mundial,
se estrellaban dentro de sus aviones contra los
objetivos, éstos se precipitan con un arrojo
tremendo sobre sus presas.
Sueñan con guillotinarle el pescuezo a
los pollos de Kentucky, tasajearle el lomo a una
vaca Holstein en los potreros de Louisiana, tomar
por sorpresa una Coca-Cola fría en un supermercado
de Hialeah y partir a la mitad una McDonald, sin
compasión, en una esquina de Houston.
Esa es la guerra que subyace en el pensamiento.
La invasión más cercana a las hipótesis.
Es, de seguro, el único perfil bélico
que agiganta las emociones y las ansias de matar
las penurias como buenos guerreros.
He aquí parte del fracaso, los agujeros
por donde se divisan las agonías de un
proyecto que perdió la noción y
el rumbo.
Veo las glorias en la gradualidad de una caída.
Después en el suelo, inermes o escondidas
tras constatar una desnudez en toda su crudeza.
El escenario para una refriega se establece al
calor de argumentos que han echado raíces
en las tribunas y humos sobre el sentido común.
Se abre otro frente en el campo de batalla, sin
advertir que el enemigo conoce al dedillo el terreno,
cuenta con experiencias tácticas y sabe
manejar con sagacidad las estrategias.
Los corruptos están a la espera del ataque.
Prevenidos por el discurso del presidente cubano,
toman posiciones en lo que se prevé sea
un choque definitorio.
Parece que, de acuerdo a las palabras del mandatario,
los oponentes más peligrosos no viven en
Miami ni en los interiores de la Casa Blanca.
Los robos en las dependencias del estado, el fraude,
los sobornos y el despilfarro son una plaga que
sin hacer un disparo ha ocasionado peores daños
que la misma Helms-Burton.
Con el ropaje de la doble moral, millones de
hombres y mujeres, militantes del Partido y policías,
civiles y militares han destruido un sistema político
que parecía invulnerable.
Sin posibilidades de acudir a la fuga por la puerta
trasera, a la nomenclatura y sus adláteres
no les queda otro remedio que aceptar el combate
con un fardo de desventajas lo suficientemente
pesado como para poder anunciar, con antelación,
un revés.
El espíritu insigne de los numantinos
se diluyó en las lecciones de pragmática
aprendidas en el forcejeo continuo y recio, con
las necesidades, en los rincones menos insospechados
de la ínsula.
Las hostilidades sólo han comenzado. Yo
tomo nota de las bajas en un choque bizantino
entre los presuntos paladines de la honestidad
y las huestes de corruptos.
Creo que es una guerra de sálvese el que
pueda, un detonante para que brote la flor y nata
del verdadero país.
La corrupción es una república
paralela a la que fundó el Partido Comunista.
¡Ah, y con bandera incluida!
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