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ECONOMIA
INFORMAL
La Habana delirante
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- Junto al alza de los precios del agromercado
hay una avalancha de policías dispuestos
a poner el asedio en sintonía con la desmesura.
Han tomado por asalto los rincones de la capital.
A los "obreros" del mercado negro los
persigue la perplejidad y las tensiones. Temen
no poder cumplir con la jornada que le permite
garantizar el desayuno durante el mes, y con buena
suerte, la posibilidad de extirparle los signos
de interrogación a las dos comidas de los
más pequeños de la familia por igual
espacio de tiempo.
A María le impusieron por estos días
una multa de 200 pesos por obstinarse en la venta
de condimentos en la vía pública,
sin la licencia gubernamental. Afirma que le dolió
como si fuera un toletazo, sin embargo debe contender
con los riesgos, en un escenario que se torna
abrupto para los "luchadores".
Sí, ellos combaten con los pregones siempre
en el directo, por momentos reducidos al susurro
a instancias del aviso sobre una nueva ronda policial.
Ese es el ambiente que se respira en una Habana
donde la tirantez adquiere matices delirantes.
Es una guerra de baja intensidad entre el duro
oficio de la subsistencia y los portazos del inmovilismo.
En los arrestos de vendedores ambulantes se refleja
la huella del abuso, con una multa queda impregnado
en el ambiente el néctar amargo de los
excesos. Es el maltrato que el poder revive en
un giro con rumbo hacia su hábitat natural:
el jurásico.
Se confunden, ex profeso, las soluciones. Los
promotores del odio no se fijan en la escualidez
de los salarios que no escatiman en dar la voz
de alarma desde la profundidad del bolsillo. Simplemente
exponen su apego al garrote de factura estalinista.
Podríamos estar en medio de las turbulencias
de un sucesión, empeñada en remover
las piedras que amenazan entorpecer su desplazamiento.
Reducir al mínimo la economía subterránea,
liquidar la corrupción y por otro lado
mantener a raya a la disidencia con la legitimación
del acto de repudio, el reciclaje de la calumnia
y la cárcel rondando como un tigre en ayunas,
son apenas tres pilares del plan que mantiene
a la ciudadanía con los pelos de punta.
Los resultados pueden tornarse adversos para
los estrategas, incluso reproducir algunos de
los problemas que se pretenden eliminar o tan
siquiera reducir.
No se debe perder de vista que la violencia genera
violencia. La ola de crímenes y atracos
que suceden con regularidad son secuencias diarias
de una aproximación al caos.
Por otro lado, es visible que los militares se
definen como los elegidos para tomar las riendas
del poder.
Llevan la iniciativa en hacer posible un reacomodo
del totalitarismo. Sus intenciones a mediano plazo
pudieran estar en la traspolación del modelo
chino a la isla, quizás ralentizado o sujeto
a una depuración exhaustiva por temor a
la zozobra.
Precisión, lucidez, talento y sentido
común son factores que deberían
formar parte de las propuestas sobre un futuro
próximo. Volver a pegarle una patada a
la razón revela, más que un atropello,
una soberana falta de perspectivas.
Es preferible liberar los oídos de los
tapones y domesticar, de una vez, la cólera
con un sublime gesto de civilidad.
De persistir con los espadazos de la fuerza puede
ser que se haga demasiado tarde.
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