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El
puso el nombre Patria
Manuel Vázquez Portal,
El
Nuevo Herald, 20 de noviembre de 2005.
El puso el nombre Patria a su agencia de periodistas
independientes. Quería ser honrado, honrando.
Y si de honra se trata, todo cubano empieza por
Martí. Y recordé aquel periódico
que sirvió de tribuna al apóstol
de la independencia de Cuba. Y no podía
ser de otra manera. Adolfo Fernández Saíz
es un hombre de profunda cubanía, de honda
raíz martiana, de inquebrantable apego
a la verdad. Cuando lo conocí descubrí
también que era una persona decente, respetuosa,
civilizada, culta. No había en su actitud
razón alguna para que un tribunal lo condenara
a 15 años de prisión.
Pero en Cuba no hay tribunales justos, ni jueces
pundonorosos, ni leyes verdaderas. Sólo
un gobernante absoluto erigido sobre todos los
poderes del estado que, con irreflexivos bandos
militares, manda legitimar sus caprichos, testarudeces
y desvaríos. Si desea prohibir la desnudez
de las estrellas, allá van sus alabarderos
a vestirlas. Si desea el silencio de los ángeles,
allá van sus sicarios a zurcir cremalleras
a los labios. Si desea aplausos y alabanzas, allá
van sus genuflexos vasallos a romperse las manos,
las gargantas.
Y los administradores obedecen, y los legisladores
obedecen, y los alguaciles obedecen. Porque el
absoluto es quien nombra administradores, quien
ubica legisladores, quien ordena alguaciles. Y
si no le son leales --sabuecillos inútiles--
manda decapitarlos. Y un hombre como Adolfo Fernández
Saíz, que sabe contemplar la desnudez de
las estrellas, no permite le coloquen pestillos
en la boca, ni acepta arrodillarse ni aplaudir,
se queda sin defensa y va a pudrirse en los calabozos
de un país que de rejas tiene sus fronteras.
Más de 600 kilómetros deben recorrer
desde su hogar hasta la cárcel Julia y
Joana para llevarle un abrazo, alivio y golosinas.
Julia lo eligió para amarlo como esposo.
A Joana se lo regaló Julia para que lo
honrara como padre. A Cuba se le ofreció
él para servirla. Y es que Adolfo Fernández
Saíz no concibe vivir sin Dios, sin familia
y sin patria. Por la familia es que ha vivido
y por la Patria que ha sufrido.
Un día me lo presentaron y supe que iba
a ser mi amigo. Eran los días tropelosos,
inciertos en que los gérmenes de la prensa
independiente cubana mostraban sus primeros brotes.
No hablamos de la pobreza en que se hundía
el país. No hablamos de los presos que
se consumían en las cárceles cubanas.
No hablamos de la falta de libertades. Conversamos
sobre el modo en que podríamos evitar el
hambre, las cárceles, el totalitarismo.
Supe que existía otro al cual no le gustaba
refocilarse en los padeceres, sino enfrentarlos
y erradicarlos. Nos dimos la mano convencidos
de que marcharíamos juntos, y si era necesario,
padeceríamos juntos.
El tiempo nos unió. Marchamos juntos,
juntos padecimos la brutalidad de la conjura gubernamental.
Encontrarnos era un ágape. Soñábamos.
Reíamos. Planeábamos el futuro.
Julita y Yolanda comadreaban alegres. Elogiaban
los adelantos de Joana, su hija, y de Gabriel,
el nuestro. Nos miraban, quizás, con admiración.
Creían que podríamos. Y pudimos.
Y podremos. Pudimos porque fuimos libres a pesar
de las mordazas. Podremos porque hemos sido libres
a pesar de las cárceles. Una vez más
fracasó el odio. Tuvo que encerrarnos para
doblegarnos, y no lo ha conseguido.
Adolfo Fernández Saíz, aún
en la cárcel, es indomable. Allí
conserva su profunda cubanía, su honda
raíz martiana, su inquebrantable apego
a la verdad. La lobreguez de su celda no impide
que lea y se cultive, que alabe a Dios y ame a
su familia. La lobreguez en que vive la patria
no le impide luchar con decencia. El no acude
a la estulticia de que se vale el gobierno para
condenarlo. Aprendió con Martí a
ser honrado. Porque un hombre que dice lo que
piensa, lo defiende y sufre dignamente por ello,
es un hombre honrado. No le hacen falta trampas
y mentiras. El vencerá la cárcel,
la sombra, los embustes. Julita y Joana, Yolanda
y Gabriel lo mirarán admirados, ya sin
quizás. Habrá podido. Yo estaré
para abrazarlo.
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