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SOCIEDAD
Salir de Cuba
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org)
- La tolerancia no sabe convivir con el partido
comunista, muere en el instante o se queda en
el embrión tras un aborto establecido por
decreto oficial.
Lo he comprobado este fin de semana con las azoteas
erizadas de policías, prestos a retirarle
una transfusión mínima de felicidad
a cientos de telespectadores.
Con la sorpresa, muchas personas quedaron a merced
del operativo. No les dio tiempo desconectarse
de un mundo con sus imperfecciones, pero diferente.
Habían logrado escabullirse de los dominios
de la pesadilla y gravitar en las atmósferas
de un sueño diario y renovado.
Bastó un cable coaxial para escalar el
muro y saltar al otro lado, en una suerte de alpinismo
que cuenta con miles de practicantes en una Habana
estremecida por los miedos y los derrumbes, más
allá de los sustos, hubo multas, confiscaciones
y arrestos para los transgresores.
Esta vez fueron decenas de residentes en los
municipios de Centro Habana y Habana Vieja que
determinaron retirarle la confianza a los cuatro
canales de la televisión nacional y ofrecer,
sin mucho aspaviento, la categoría de huéspedes
ilustres a las señales en español
con sede en los Estados Unidos.
No sólo es el hecho de la conexión,
sino además, que las fricciones entre las
ansiedades y los bajos recursos de cientos de
candidatos, han detonado una ola de robos que
tienen como fin la obtención de al menos
un tramo de cable telefónico. Un componente
que proporciona un acceso de baja calidad a esas
zonas donde la censura pierde protagonismo y las
utopías toman una dimensionalidad tangible,
bien lejos de la retórica y la propaganda.
Con interferencia llegaban a estos hogares las
telenovelas de México, los folletines colombianos,
el noticiario sin las cicatrices de la manipulación
y los spots publicitarios fuera del alcance de
las consignas. Conformidad absoluta, alegrías
reflejadas en el iris de los que aprendieron a
ver sin los lentes graduados en una sucursal de
la mentira.
Ahora ha retornado la pesadumbre. Se nota en
las expresiones de los afectados, que extrañan
las últimas imágenes, atrapadas
en las fronteras de una ilegalidad que se convirtió
en una pasión irrefrenable.
Ellos habían encontrado la manera de salir
de la Cuba real. Eligieron el interruptor y desecharon
la balsa. Con 12 dólares en la mano les
era posible disolver la hipótesis de un
matrimonio arreglado para la escapatoria y hacer
realidad un viaje relámpago a través
del satélite.
La confusión salta a la vista y también
la esperanza de poder reanudar el vuelo por la
periferia de las fortificaciones. Es difícil
renunciar a esos espacios, abiertos a la diversidad,
a las ilusiones.
Por desgracia, parece ser que la orden es restaurar
la disciplina con la inmediatez como requisito
indispensable.
Las incursiones de la policía se multiplican
por los vecindarios. En el fragor del barullo
y las estampidas, surgen los ecos del aburrimiento,
el himno de la melancolía. Son los sitios
que proliferan en esta porción insular,
la música que no cambia de partituras.
Al fin y al cabo, alternativas. Las únicas,
en el vórtice de la intransigencia.
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