PRENSA INDEPENDIENTE
Noviembre 16, 2005
 

CULTURA
El otro descubridor

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Como una suerte de Colón o Humboldt, Louis Moreau Gottschalk (1829-1869) descubrió la música cubana a Norteamérica en la segunda mitad del siglo XIX.

El compositor creole y anónimos tamboreros santiagueros, aún esclavos, iniciaron más de siglo y medio de apasionado amor, fascinación mutua y feliz entrecruzamiento musical.

En 1860, en el teatro Tacón, en La Habana, Gottschalk estrenó Una noche en el Trópico. Para su interpretación, a una gigantesca orquesta filarmónica sumó los tambores de la tumba francesa, expresamente traídos de Santiago de Cuba para la ocasión.

Fue la primera vez que se emplearon tambores africanos en la música sinfónica.

Gottschalk, un virtuoso pianista, estaba fascinado por la riqueza de la música de los negros norteamericanos. Su folklore nutría su obra. Buscando material para sus composiciones rastreó los bosques y plantaciones de Louisiana y Alabama, cien años antes que Alan Lomax, grabadora en mano, se topara en los algodonales de Clarksdale con McKinley Morganfield, más conocido por Muddy Water.

En sus hallazgos, el joven pianista y compositor echaba de menos los tambores en la polirritmia vocal negra.

En Norteamérica, los esclavos no podían tocar tambores ni adorar a sus deidades. Las rígidas prohibiciones de sus amos puritanos se lo impedían. Tuvieron que recurrir al banjo, la guitarra, la armónica y sus voces para desahogar sus sentimientos y no reventar de tristeza. A esas prohibiciones debemos agradecer el nacimiento del blue.

No fue hasta la Guerra de Secesión que dispusieron de otros medios de expresión. Instrumentos de viento, madera y tambores empezaron a caer en manos afro americanas. Eran los albores del jazz.

Aventurero, romántico y ávido de exotismo, Gottschalk partió en busca del redoblar de los tambores africanos. Luego de viajar por las Antillas Menores y Haití, llegó a Cuba.

Sus oídos adaptados al tañer del banjo y los cantos de trabajo, se llenaron de insólitos toques de tambores. Halló por fin los timbres y colores orquestales que faltaban en su pluma. Fue el climax de las sonoridades que bullían en su cabeza y no lograba concretar. Murió de fiebres, joven y realizado profesionalmente.

Tal vez no presintió que había echado a andar un fenómeno que cambiaría la historia de la música mundial.

En los primeros rag time de Scout Joplin (1868-1917) no es raro encontrar rastros de patrones rítmicos y melodías afrocubanas que ya habían sido utilizadas, no sólo por Gottschalk, sino también por Manuel Saumell e Ignacio Cervantes.

Por entonces, músicos cubanos andaban por New Orleáns aportando el spanish tinge que decía Jelly Roll Morton a las bandas de Dixieland.

Aunque los esclavos para los cañaverales cubanos no procedían de los mismos puntos y etnias de África que los de las plantaciones del sur de los Estados Unidos, las similitudes en sus músicas eran superiores a las diferencias. Su tronco común las unificó.

Las raíces islámicas de algunos esclavos afro americanos aportaron a su canto melismas orientales. A los esclavos cubanos les llegó a través de la huella árabe en la música de sus amos españoles.

La interacción entre las músicas de Cuba y Norteamérica fue natural y coherente. Ambas sincopadas, en ellas los ostinatos, la polirritmia y las llamadas y respuestas antifonales son constantes. De todo ello y más hay tanto en el son como en el jazz o el rhythm and blue.

Después de todo, no son muy distintos los rumberos de los solares habaneros de los "indians" del Mardi Grass de New Orleáns.

No son ajenos los ring shouts a los ruedos de adoración a los orishas.

La Lupe, de no ser por la nostalgia, se hubiera sentido tan cómoda como reina del bugalú neoyorquino como en los clubes de las noches habaneras.

A Celia no le fue difícil vencer la timidez en la pista de los bailadores yanquis y ponerlos a guarachar.

Los boleros del Benny con su jazz band no distan galaxias del fraseo lleno de swing y sensualidad de Billie Holliday.

Suelen ubicar la fusión de la música cubana con la norteamericana en los años 1940. Tanga, de Mario Bauzá, en 1943 marcó pautas.

Las congas de Chano Pozo añadían picante al bebop de Dizzy Gillespie y Charlie Parker.

Machito and his Afro Cubans ponían a bailar a la Gran Manzana.

Aún no se había acuñado el término latin jazz ni se hablaba de fusión.

Los vaivenes de la política no han podido impedir un abrazo cada vez más íntimo y placentero.


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